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02 noviembre 2026

Historia nº 75 El gran tesoro oculto de Villamartín.


La Virgen del Buen Fin de la Casa de los Topete.

El gran tesoro oculto de Villamartín.

 

          Pocas personas saben que, durante siglos, Villamartín custodió una de las obras de arte más extraordinarias del siglo XV andaluz. Oculta entre los muros señoriales de la histórica Casa de los Topete, una imagen mariana sobrevivió al paso del tiempo, a los cambios de propietarios y al silencio de la historia. Se trata de la Virgen del Buen Fin, una magnífica escultura atribuida al maestro Lorenzo Mercadante de Bretaña, uno de los escultores más importantes de la Sevilla tardomedieval.

          La antigua Casa-Palacio de los Topete, situada en la calle San Francisco, ha sido durante generaciones uno de los edificios más singulares de Villamartín. Tras su noble portada, sus escudos heráldicos y sus patios señoriales, la vivienda conservó durante siglos una imagen que hoy es considerada una auténtica joya del patrimonio artístico andaluz.

          Aquella escultura era conocida por la familia propietaria, pero permaneció prácticamente fuera de los círculos académicos hasta finales del siglo XX. Cuando los especialistas comenzaron a estudiarla con detenimiento, descubrieron que no estaban ante una simple imagen devocional, sino posiblemente ante una obra salida de las manos de Lorenzo Mercadante de Bretaña. 

          Para comprender la importancia de la Virgen del Buen Fin es necesario conocer a su posible autor. Lorenzo Mercadante de Bretaña fue un escultor francés establecido en Sevilla en el siglo XV, donde trabajó para la Catedral hispalense y dejó algunas de las mejores obras de la escultura gótica andaluza. Especializado en el modelado de barro cocido, revolucionó el arte de su tiempo con figuras llenas de naturalismo, elegancia y humanidad.

          Sus imágenes marianas son escasas y muy valoradas por los historiadores. Por ello, la atribución de la Virgen del Buen Fin convierte a esta pieza vinculada a Villamartín en una obra de extraordinaria relevancia dentro del patrimonio artístico de Andalucía.

          Los estudios realizados sitúan la ejecución de la imagen en torno a la década de 1460, cuando Mercadante desarrollaba algunas de sus obras más destacadas. Estamos, por tanto, ante una escultura creada hace más de quinientos cincuenta años.

          La imagen fue modelada en terracota o barro cocido, un material que el escultor dominaba con extraordinaria maestría. Durante los trabajos de conservación y estudio aparecieron vestigios de su policromía original: tonos azules en el manto de la Virgen, colores jacinto en las vestiduras y detalles dorados y azules en la figura del Niño Jesús.

          Los expertos destacan la delicadeza de sus rasgos, la suave sonrisa de la Virgen, la armonía de los pliegues y la refinada ejecución técnica que caracteriza las mejores obras del maestro francés.

          A pesar de las investigaciones realizadas, sigue existiendo una pregunta sin respuesta definitiva: ¿cómo terminó una obra de semejante importancia en una casa particular de Villamartín?

          La documentación conocida indica que la imagen llevaba siglos vinculada a la familia propietaria de la casa. En el nicho donde estuvo colocada aparecía una inscripción fechada en 1769, dato que ha sido relacionado tradicionalmente con su presencia en el edificio o con algún acontecimiento significativo de su historia dentro del inmueble.

          Los investigadores consideran que una escultura de esta calidad debió de ser concebida originalmente para un espacio religioso destacado, quizá una iglesia o una capilla de relevancia. Sin embargo, los documentos conservados no permiten conocer con exactitud el recorrido que siguió hasta llegar a la Casa de los Topete.

          Ese enigma añade todavía más atractivo a la historia de la Virgen del Buen Fin, convertida en una de las grandes incógnitas del patrimonio histórico de la Sierra de Cádiz.

          Durante buena parte de su existencia, la imagen permaneció prácticamente desconocida fuera del ámbito local. Sin embargo, diversos estudios publicados desde finales del siglo XX llamaron la atención de los especialistas sobre la excepcional calidad de la obra.

          Entre los investigadores que profundizaron en su estudio destaca Teresa Laguna Paúl, reconocida especialista en la obra de Mercadante, quien situó la Virgen del Buen Fin dentro del reducido grupo de esculturas marianas atribuibles al maestro franco-bretón.

        Gracias a estas investigaciones, la pieza dejó de ser un tesoro prácticamente desconocido para ocupar un lugar destacado en la historiografía artística andaluza.

          La historia de la Virgen del Buen Fin vivió un nuevo capítulo cuando la obra apareció en una subasta celebrada en Sevilla en 2019. El catálogo identificaba expresamente su procedencia de la Casa-Palacio de los Topete de Villamartín, lo que despertó el interés de historiadores, coleccionistas y defensores del patrimonio cultural.

          Para muchos villamartinenses supuso descubrir que una de las obras de arte más importantes relacionadas con la localidad había permanecido durante generaciones en una vivienda señorial del municipio.

          La Virgen del Buen Fin no es solamente una magnífica escultura del siglo XV. Es también un fragmento de la memoria histórica de Villamartín. Durante siglos estuvo ligada a una de las casas más emblemáticas de la localidad y formó parte silenciosa de la vida cotidiana de quienes habitaron aquellos salones y escaleras.

          Hoy, su historia nos recuerda que el patrimonio artístico no siempre se encuentra en grandes museos o catedrales. A veces permanece oculto durante generaciones en rincones inesperados, aguardando el momento en que alguien vuelva a descubrirlo.

          Y pocas historias representan mejor esa realidad que la de la Virgen del Buen Fin: una obra maestra nacida en la Sevilla del siglo XV, custodiada durante siglos en la Casa de los Topete y convertida, por derecho propio, en uno de los tesoros más fascinantes vinculados a la historia de Villamartín.

Fuentes y bibliografía

  • Jennings, Nicola y Laguna Paúl, Teresa (eds.) (2016). Lorenzo Mercadante de Bretaña: Virgen del Buen Fin. Madrid-Londres: Coll & Cortés.
  • Laguna Paúl, Teresa (2016). «The Virgen del Buen Fin in the context of the sculptural oeuvre of Lorenzo Mercadante de Bretaña», en Lorenzo Mercadante de Bretaña: Virgen del Buen Fin, pp. 46-79.
  • Catálogo de Isbilya Subastas, Sevilla, 18 de diciembre de 2019, lote correspondiente a la Virgen del Buen Fin, donde se recoge la procedencia de la imagen de la Casa-Palacio de los Topete de Villamartín y su atribución a Lorenzo Mercadante de Bretaña.
  • Estudios sobre la escultura gótica sevillana del siglo XV y la producción artística de Lorenzo Mercadante de Bretaña, escultor documentado en la Catedral de Sevilla entre 1454 y 1468.
  • Documentación histórica de la Casa-Palacio de los Topete (Villamartín), conservada en publicaciones sobre patrimonio histórico y arquitectura señorial de la Sierra de Cádiz.
  • Inventarios y estudios sobre patrimonio artístico de Villamartín y del antiguo Reino de Sevilla.

Nota del autor: La Virgen del Buen Fin, conservada durante siglos en la Casa-Palacio de los Topete de Villamartín, es considerada por la historiografía reciente una de las obras más destacadas atribuidas a Lorenzo Mercadante de Bretaña. Aunque diversas publicaciones posteriores señalan que la escultura fue dada a conocer académicamente en 1997, la referencia bibliográfica completa de aquella primera publicación no ha podido ser verificada de forma concluyente en esta investigación. Por ello, las referencias fundamentales utilizadas en este artículo son las actualmente identificadas y contrastadas. La investigación sobre su origen, autoría y trayectoria continúa abierta, por lo que futuras aportaciones documentales podrían arrojar nueva luz sobre una obra que, durante siglos, permaneció custodiada entre los muros de la histórica Casa de los Topete.

01 noviembre 2026

Historia nº 74 El jabón, el aceite y la crisis de subsistencia en Villamartín.


El jabón, el aceite y la crisis de subsistencia en Villamartín.

Una decisión municipal en 1772.

 

          La historia de los pueblos no se construye únicamente a través de grandes acontecimientos o de personajes ilustres. También queda escrita en los acuerdos cotidianos de sus ayuntamientos, en las preocupaciones de sus vecinos y en las decisiones tomadas para afrontar las dificultades económicas de cada época. Un ejemplo de ello lo encontramos en un cabildo celebrado en Villamartín en el año 1772, donde quedó registrado un asunto que, a simple vista, podría parecer menor: el precio de una libra de jabón. Sin embargo, tras aquella decisión se escondía una realidad mucho más compleja relacionada con la economía local, la escasez de productos básicos y las malas cosechas que afectaban a la comarca. 

          En aquel año compareció ante el cabildo un memorial presentado por D. Martín de Labiano, administrador de la venta del jabón de la villa de Bornos y de toda su demarcación, territorio en el que estaba incluida la localidad de Villamartín. El documento tenía una petición concreta: solicitar que se aumentase el precio de la libra de jabón en dos cuartos. Aquella petición no respondía a un simple interés comercial, sino a una situación económica que el propio administrador justificaba ampliamente en su escrito.

     Según exponía D. Martín de Labiano, la fabricación del jabón se había encarecido considerablemente debido a la subida del precio del aceite, materia prima fundamental para su elaboración. La causa de este incremento se encontraba en la escasez de las cosechas registradas tanto en los años anteriores como en el propio año de 1772. A esta circunstancia se sumaba otro problema importante: la falta de cenizas, un elemento igualmente necesario en el proceso de fabricación del jabón. La combinación de ambos factores había provocado un aumento de los costes de producción que, según el administrador, hacía necesario revisar el precio de venta al público.

          El memorial fue leído públicamente durante la sesión del cabildo por el escribano de la villa. Una vez escuchado y comprendido su contenido, los miembros del Consejo procedieron a valorar la petición. La cuestión no era sencilla, ya que existía una contrata previa entre el administrador y el cabildo que regulaba el precio del producto. En el momento de formalizarse dicho acuerdo, el aceite tenía un valor de treinta reales la arroba, circunstancia que llevó al Consejo a aceptar que la libra de jabón se vendiera a diez cuartos. Aquel precio debía mantenerse independientemente de que el aceite subiera o bajara, según se había estipulado originalmente.

          Sin embargo, la realidad económica había cambiado de forma notable desde la firma de aquel contrato. Los miembros del cabildo reconocieron que el aceite había experimentado una subida considerable, pasando de treinta y seis a cuarenta reales. Este incremento suponía una carga importante para quienes dependían de esta materia prima para mantener su actividad. Por ello, y teniendo en cuenta la situación de carestía que se estaba experimentando, los capitulares consideraron razonable acceder a la solicitud presentada por el administrador.

          La resolución adoptada fue autorizar el aumento de dos cuartos en cada libra de jabón vendida en Villamartín. De esta manera, el precio del producto quedaba oficialmente incrementado para compensar el encarecimiento de los costes de fabricación. No obstante, la decisión incluía una condición muy significativa. El cabildo dejó expresamente establecido que la subida tendría carácter temporal y estaría vinculada a la evolución del precio del aceite. En el momento en que la arroba de aceite volviese a venderse a treinta reales o por debajo de esa cantidad, el jabón tendría que recuperar automáticamente su precio anterior de diez cuartos por libra. Asimismo, deberían restablecerse íntegramente las condiciones recogidas en la primera contrata firmada entre el administrador y el Ayuntamiento.

          Esta cláusula demuestra la preocupación de las autoridades locales por mantener un equilibrio entre los intereses económicos del proveedor y la protección de los consumidores. El cabildo comprendía las dificultades que atravesaba la producción de jabón, pero al mismo tiempo procuraba evitar que una subida coyuntural se convirtiera en una carga permanente para los vecinos. El acuerdo buscaba, por tanto, adaptarse a una situación excepcional sin alterar definitivamente las normas establecidas. 

          El documento constituye además un valioso testimonio de la estrecha relación existente entre los mercados agrarios y la vida cotidiana de las poblaciones de la sierra gaditana durante el siglo XVIII. Una mala cosecha no solo encarecía los alimentos, sino que afectaba a numerosos productos derivados. El aceite, imprescindible tanto para la alimentación como para la fabricación del jabón, era un elemento fundamental de la economía doméstica y artesanal. Cuando su precio se disparaba, las consecuencias se dejaban sentir en múltiples ámbitos de la vida diaria.

          La referencia a la escasez de cenizas resulta igualmente reveladora. En una época en la que los procesos industriales dependían casi exclusivamente de recursos naturales y técnicas tradicionales, la falta de una materia aparentemente sencilla podía alterar la producción de bienes esenciales. El jabón era uno de esos productos indispensables para la higiene de hogares, instituciones y establecimientos, por lo que cualquier dificultad en su fabricación terminaba repercutiendo directamente sobre la población.

          La decisión adoptada en Villamartín refleja también el funcionamiento de los gobiernos municipales del Antiguo Régimen. Los cabildos actuaban como órganos de regulación económica y supervisaban aspectos tan diversos como el abastecimiento, los precios y el comercio de productos básicos. Lejos de limitarse a tareas administrativas, intervenían activamente para garantizar el suministro de bienes y tratar de amortiguar los efectos de las crisis económicas locales.

          Una vez acordada la medida, el cabildo dispuso que se expidiera testimonio oficial del acuerdo para entregarlo a D. Martín de Labiano, de modo que pudiera acreditar legalmente la autorización concedida. Con ello quedaba formalizada la decisión y se aseguraba su cumplimiento dentro del territorio afectado por la demarcación de Bornos y Villamartín.

          El cabildo concluyó entonces sus trabajos, quedando constancia de la resolución en el acta correspondiente. Firmaron quienes sabían hacerlo: los señores D. Manuel de Celis y Cossio, D. Fernando Holgado, Miguel Díaz, D. Juan de Armario Sevillano, Tomás Guzmán de Reina y Andrés Jigato. También aparece la señal de Fernando Buzom, que utilizó la cruz habitual para quienes no firmaban de puño y letra, además de la rúbrica del escribano que certificó cuanto allí se había tratado.

          Más de dos siglos después, este sencillo acuerdo sobre el precio del jabón nos permite asomarnos a las preocupaciones reales de los habitantes de Villamartín en 1772. Detrás de unos pocos renglones de archivo aparecen las malas cosechas, la escasez de recursos, las tensiones del mercado y los esfuerzos de las autoridades locales por encontrar soluciones prácticas. Son pequeñas historias como esta las que, reunidas, terminan componiendo el gran relato histórico de un pueblo.

 

Fuentes utilizadas: Cabildo, año 1772. Villamartín.