Molinos del Guadalete: de la harina al kilovatio.
Una
historia de ingenio, territorio y transformación.
Los
molinos de harina han sido, durante siglos, artefactos esenciales para la vida humana. No fueron simples
máquinas: fueron infraestructura, economía, subsistencia y símbolo de
autonomía. Allí donde se levantaba un molino, se afirmaba una comunidad. Allí
donde giraba una rueda, se garantizaba el pan. En la Baja Andalucía, estos
ingenios hidráulicos marcaron el ritmo de la vida rural desde la Edad Media
hasta bien entrado el siglo XX. Su presencia en los ríos no solo transformó el
paisaje: ordenó el territorio,
fijó caminos, creó dependencias económicas y, con el tiempo, se convirtió en la
base de nuevas formas de energía.
Entre todos los cursos fluviales de la región, el Guadalete fue uno de los más fecundos. Sus aguas, constantes y aprovechables, permitieron que Villamartín y su entorno desarrollaran una red de molinos que, con el paso de los siglos, evolucionó desde la molienda del pan hasta la producción de electricidad.
Molino El Baho de los Torneos actual
Los
documentos más antiguos conservados muestran cómo, ya en el siglo XV, el
Cabildo de Sevilla regulaba cuidadosamente la instalación de molinos en el
Guadalete. No se trataba de construcciones improvisadas: cada molino exigía licencia, inspección y tributo, porque
afectaba al río, al tránsito y a los intereses de la villa.
En
1492, el Cabildo sevillano otorgó
licencia a Alfonso Martín, carretero
y vecino de Utrera, para construir un molino entre Villamartín y Las
Gateras, “encima del Vado de las Ovejas”,
con la obligación de pagar 50
maravedíes anuales al almojarifazgo de la villa. El documento especifica
que: «...pudo certificar que su
construcción no perjudicará a nadie».
La
frase es reveladora: el molino era útil, pero también potencialmente
conflictivo. Su ubicación afectaba a pastos, pasos y derechos de agua. Por eso
el Cabildo exigía garantías.
Años
después, en 1508, se repite el
patrón. El Cabildo sevillano concede una carta de merced a Rodrigo
Ortiz, vecino de Villamartín, para levantar otro molino en el Guadalete,
«por encima del camino de Sevilla,
entre el término de El Coronil y el de la villa», con un tributo de 68 maravedíes. De nuevo, el río como
eje económico; de nuevo, la molienda como necesidad colectiva.
Estas
licencias muestran un Guadalete vivo, útil, disputado y ordenado por la
administración. Cada molino era una pieza más en la red de subsistencia de la
comarca.
Desde
entonces, la documentación consultada revela un crecimiento sostenido de
molinos harineros en la ribera del Guadalete. Cada solicitud refleja la tensión
entre necesidad económica y regulación administrativa. Así, como ejemplo,
detallamos molinos construidos en la ribera del Guadalete:
«1720,
1722, 1724: Molino en la Pasada de Bornos, propiedad de Sebastián García Barroso, quien pidió
licencia para moverlo “más arriba”. Se le rogó precaución para no perjudicar al
molinero Juan Ramos Blanco. 1730:
Petición de Jerónimo de Espinosa
para construir un molino en los baldíos del soto de la pasada de Morón. 1817:
Solicitud de Salvador del Castillo
para fabricar un molino en el Guadalete. Sin resolución. 1822:
Construcción de un molino de madera en la Vega de Sevilla».
Un
caso especial lo encontramos en 1833:
el Ayuntamiento de Villamartín estudió la solicitud de Pedro Rodríguez Casanueva para construir un molino harinero en Peña Parda, dentro del término
municipal.
El
informe técnico es extraordinariamente detallado: describe el trazado del cao (el canal de derivación), las
tierras afectadas, la anchura necesaria y la ubicación de la azuda. Los síndicos, junto al maestro
arquitecto Santiago del Valle,
inspeccionaron el lugar y concluyeron que: “...tanto
la fábrica del molino como el cao [...] en tierras de propiedad particular, y
por inútiles y arenales del río y sin perjuicios tampoco de las de propios...”
El
cao debía medir 570 varas, con
un ancho de dos varas en el centro,
más otras dos por cada lado para limpieza. La azuda se levantaría frente a las
tierras de Las Gateras. El camino de acceso se fijaba desde los Mesones,
pasando por el Sarracín y la Mediana.
El
Ayuntamiento aprobó la licencia por unanimidad, destacando que el proyecto era “benéfico para el común que carece de estos
artefactos”. La construcción debía completarse en seis meses, bajo
apercibimiento de reasignar la merced a otro solicitante.
Este
documento muestra cómo, ya en el siglo XIX, los molinos eran considerados infraestructura pública esencial,
aunque se levantaran en tierras privadas. El río seguía siendo un recurso
compartido, regulado y vigilado.
Otros molinos después de 1833: «1837: José Aldama reclamó el molino que su
bisabuelo Juan Ramos Blanco
poseía en 1722, en las Moreras. 1845: Permiso a José del Castillo para fabricar un
molino en la Vega de Sevilla. 1852: Solicitud de Pedro Frutoso para construir un molino
en los Sotos del Guadalete. Aprobado posteriormente. 1861: Molino
“El Pica”, propiedad de Francisco Camacho, en el camino de
Sevilla. Este molino sería crucial: acabó
convirtiéndose en molino de electricidad».
Con
la llegada de la modernidad, muchos molinos del Guadalete dejaron de moler
trigo. Pero no desaparecieron: se
transformaron. La fuerza del agua, que durante siglos movió piedras de
moler, comenzó a mover turbinas.
Algunos molinos fueron adaptados para generar electricidad, especialmente a finales del siglo XIX y principios
del XX, cuando la energía hidráulica se convirtió en una alternativa viable
para abastecer pequeñas poblaciones y explotaciones agrícolas.
El
principio era el mismo: aprovechar la caída del agua. Pero el resultado era
distinto: luz, motores, modernidad.
En
paralelo, la expansión de estos ingenios se extendió hacia el afluente más importante del Guadalete,
donde la topografía permitía pequeñas presas y canales. Arroyo, como el Sarracín,
vio levantar nuevos molinos, algunos tradicionales, otros ya concebidos desde
el inicio como minicentrales
hidroeléctricas.
Molinos en el arroyo Sarracín: «1772: Molino
de Diego Ramírez Montánchez. 1800:
Molino de María Báez, viuda, en
la cabezada baja de la suerte de los propios. 1844: Molino
construido por Salvador y Antonio
Castillo entre la pasada de Sevilla y el puentecillo. 1847:
Molino del Bao de los Torneos. 1868: El mismo molino, ya
propiedad de Jerónimo Nieto López,
convertido en instalación mixta: pan de día, electricidad de noche».
Así,
el Guadalete y su afluente el Sarracín se convirtieron en un sistema energético
rural antes de la llegada de las grandes compañías eléctricas. La memoria de
estos molinos es, por tanto, doble: alimentaron
a la comarca y, más tarde, la iluminaron.
Hoy,
muchos de estos molinos están en ruinas, otros restaurados, otros convertidos
en viviendas o alojamientos rurales. Pero todos forman parte de la historia
profunda de Villamartín y su entorno.
Desde 1492 hasta bien entrado el siglo
XX, los molinos del Guadalete y su afluente el Sarracín fueron motor económico, símbolo de progreso y
laboratorio de innovación. Primero dieron pan. Luego dieron luz. Y hoy,
aunque muchos estén en ruinas o desaparecidos, siguen siendo parte esencial de
la memoria hidráulica de Villamartín.
FUENTES CONSULTADAS:
— Archivos Históricos de Sevilla. (Papeles del Mayormazgo: Deborah Kirschberg Schenck 1489-1504/1505-1510).
— Archivos Históricos de Villamartín (Diversas actas capitulares).