Réplica a la nota de la Parroquia de Villamartín de 11 de abril de 2018
Al muro de Facebook de la Parroquia de
Villamartín entro de vez en cuando para ver los horarios de misas de la semana,
pero hoy me he adentrado un poco más en el citado muro y he llegado hasta el 11
de abril de 2018. Me encontré con una sorpresa que os la dejo para que la leáis
entre las comillas: «La Parroquia de Villamartín, como dueña y custodia del
archivo, da por zanjado el asunto de la dañina calumnia vertida sobre ella. Aún
así, los responsables de la misma agradecerían que, cuando alguien vaya a
divulgar cualquier información, la confirme con ellos. Asimismo, no estaría mal
que aquellos que comentaron la noticia ofendiendo directamente al párroco sean
igualmente rápidos a la hora de pedir disculpas». Como creo que afecta a este
blog, vemos la necesidad de redactar la siguiente réplica en honor a la verdad:
La
Parroquia de Villamartín afirma en su comunicado que «da por zanjado el asunto
de la dañina calumnia vertida sobre ella» y que quienes divulgaron la
información deberían haberla confirmado previamente con los responsables. Sin
embargo, esta versión omite un detalle esencial: la información sí fue
consultada, y fue precisamente el párroco emérito quien la confirmó
porque el párroco titular llevaba varios días ausente.
Por
tanto, hablar de «calumnia» es, como mínimo, una exageración interesada. Si la
propia institución reconoce que es «dueña y custodia del archivo», también debe
asumir que la custodia implica claridad, comunicación y responsabilidad,
no silencio, ni contradicciones internas.
La
nota pide que «cuando alguien vaya a divulgar cualquier información, la
confirme con ellos». Eso fue exactamente lo que se hizo. El problema no fue la
falta de consulta, sino la falta de coherencia entre lo que se dijo primero y
lo que se negó después. Y si hubo confusión dentro de la propia parroquia, no
puede trasladarse la culpa al ciudadano que actuó con diligencia.
También
se solicita que quienes «ofendieron directamente al párroco» pidan disculpas.
Pero aquí conviene recordar los hechos: El vecino acudió a consultar los libros
de fábrica para un trabajo histórico, pidió permiso, y la respuesta fue una
negativa acompañada de acusaciones de injuria. No hubo insulto, no hubo ataque
personal: hubo una reacción desproporcionada ante una información que,
en aquel momento, el propio párroco emérito había confirmado. La ofensa, si
existió, fue más bien en sentido contrario.
Y
cuando se intentó resolver el conflicto por la vía institucional —es decir,
acudiendo al Obispado—, la reacción fue reveladora: de repente sí se podía
consultar el archivo, aunque con una mesa de por medio «por si se lo
llevaba». Esa escena habla por sí sola. No describe a un investigador ofensivo,
sino a una autoridad local molesta porque alguien había cuestionado su gestión.
Finalmente,
la nota parroquial afirma que el asunto está «zanjado». Pero los hechos
posteriores demuestran lo contrario: El archivo terminó en Jerez,
empaquetado y trasladado sin aviso, pese a la promesa explícita de que se
comunicaría cualquier traslado para permitir sacar copias. Eso no es «zanjar»
nada. Eso es cerrar la puerta y apagar la luz.
Si
la Parroquia quiere hablar de calumnias, debería empezar por revisar sus
propias contradicciones. Si quiere hablar de confirmaciones, debería recordar
que la información se confirmó con quien estaba presente. Si quiere hablar de
disculpas, debería considerar las negativas injustificadas, las acusaciones sin
fundamento y el traslado silencioso del archivo.
La
historia completa demuestra que no hubo mala fe por parte del vecino,
sino interés histórico y transparencia. Lo que sí hubo fue opacidad,
susceptibilidad y un traslado del archivo que contradice la versión oficial.
Este
blog no busca conflicto, busca claridad.
La
historia documental de Villamartín no es propiedad emocional de nadie: es
patrimonio de todos. Y cuando se gestiona con opacidad, cuando se niega el
acceso a quien investiga, cuando se promete avisar y luego se traslada el
archivo en silencio, lo mínimo es contarlo.
Aquí
no se pide disculpas por hechos que ocurrieron tal cual fueron relatados. Aquí
se pide responsabilidad, coherencia y respeto por la memoria de nuestro
pueblo.