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03 septiembre 2026

Historia nº 70 El arco que abrió una disputa en el convento concepcionista

 

El arco que abrió una disputa en el convento concepcionista

 

          Villamartín, 24 de enero de 1923. Una escena insólita, casi teatral, quedó registrada aquel día en el acta notarial que hoy vuelve a la luz: la abadesa de las religiosas franciscanas concepcionistas, sor María de la Caridad de San Ildefonso, compareció «de rejas adentro» ante el notario José María Gómez de León para exigir formalmente a un vecino de la localidad —el farmacéutico Adolfo Gómez Rodríguez— que rectificara una obra levantada sobre la pared que separaba su vivienda del convento. La propia acta lo recoge con precisión: «Construyó a sus expensas […] un estribo o arco de mampostería que une a ambos lienzos de pared […] resultando un hueco de grandes dimensiones, semejante a una gran ventana, sin reja ni voladizo».

          La construcción, realizada sin permiso, generó un vacío inquietante: una abertura directa entre el patio interior de la casa del farmacéutico y el torno y locutorio del convento. En una comunidad de clausura, donde cada frontera arquitectónica es también una frontera espiritual, aquel hueco era mucho más que una obra irregular: era una ruptura simbólica.

          La abadesa lo expresó con firmeza. Según el documento consultado, «se opone formalmente […] a la expresada construcción realizada en dicha pared». No se trataba solo de una cuestión de propiedad, sino de preservar la intimidad y el orden de la vida conventual.

          El acta consultada recoge cinco puntos que la Comunidad exigió al señor Gómez Rodríguez. El más contundente: que declarara ante notario que aquel hueco no constituía ni constituiría jamás una servidumbre de luces ni de vistas sobre el convento. Y, además, que se comprometiera a cerrarlo —o permitir que se cerrara— cuando la Comunidad lo estimara oportuno.

          En otras palabras: la obra debía quedar sin valor jurídico, sin derechos adquiridos y sin posibilidad de convertirse en una ventana perpetua hacia el interior del convento.

          Más allá del conflicto puntual, este documento ilumina el Villamartín de comienzos del siglo XX: una villa donde los notarios acudían a los locutorios conventuales para levantar actas; donde la clausura era una institución respetada y vigilada; donde las relaciones entre vecinos y comunidades religiosas se regían por un equilibrio delicado entre convivencia y límites.

          La escena, recogida con la sobriedad del lenguaje notarial, tiene sin embargo una carga humana evidente: una abadesa defendiendo la privacidad de sus religiosas, un vecino que actúa por su cuenta, un notario que certifica cada palabra, cada gesto, cada oposición.

          Hasta aquí, el acto notarial. Pero la historia no terminó ahí.

          El 25 de enero, a las once de la mañana, el notario volvió a actuar. Esta vez no en el locutorio del convento, sino en la farmacia del requerido, en la casa número nueve de la calle Álvarez Troya (hoy calle El Santo). La diligencia lo recoge con precisión: «El día siguiente, siendo las once horas, yo, el notario, me constituyo en la casa número nueve de la calle Álvarez Troya de esta villa, oficina de farmacia del requerido don Adolfo Gómez Rodríguez, y hallando presente su dependiente don Emilio G., manifiesta este señor que don Adolfo Gómez se halla ausente en este momento…».

          Ante la ausencia del farmacéutico, el notario procedió a leer íntegramente el acta y la diligencia al dependiente, Emilio G., entregándole además una copia simple. Emilio declaró que la haría llegar al señor Gómez Rodríguez.

          La diligencia se cerró con las firmas del dependiente, del notario y de dos testigos presentes: don Eduardo Á. P. y don Eduardo E. D., ambos vecinos de la villa.

          Cien años después, esta acta no es solo un registro jurídico: es un fragmento vivo de la historia local. Una ventana abierta donde no debía haber ninguna, un arco que unió dos paredes y dividió a dos mundos, una abadesa que reclamó su derecho a cerrar aquello que nunca debió abrirse.

          Villamartín conserva estas historias en sus archivos, pero también en su memoria colectiva. Y hoy, gracias a este documento, vuelve a escucharse la voz firme de sor María de la Caridad, defendiendo la clausura con la misma convicción con la que firmó aquel día: «De lo demás contenido en este instrumento público, doy fe».

          Y, sobre todo, nos recuerdan que la historia de Villamartín está hecha de estos episodios: pequeños, concretos, humanos, pero reveladores.