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23 agosto 2026

Historia nº El retablo que respira

EL RETABLO QUE RESPIRA

 Historia, símbolos y vida del retablo de la Virgen del Rosario en la Iglesia de Santa María de las Virtudes de Villamartín.


          La historia del retablo de la Virgen del Rosario comienza en 1660, en un Villamartín que crecía, que se organizaba en cofradías, que buscaba embellecer sus espacios sagrados y que entendía el arte como un acto de fe. Ese año, la Cofradía del Rosario y la Hermandad de San Pedro Advíncula, formada por presbíteros de la parroquia, encargaron un retablo nuevo para la Virgen del Rosario, titular de la cofradía.

          El maestro elegido fue Matías Navarro, un tallista de prestigio, capaz de trabajar la madera de borne con una finura que hoy sigue sorprendiendo. El retablo que podemos admirar lo dice con claridad: el retablo fue tallado en madera de borne, en su color natural, y ocupa la cabecera de la nave lateral derecha, la nave de la epístola.

          Su tamaño —aproximadamente 5 x 15 metros— ya nos habla de la ambición del proyecto. No era un retablo menor. No era un adorno. Era una declaración: la Virgen del Rosario debía tener un espacio propio, solemne, equilibrado, digno de su devoción.

          Y así nació este retablo, que hoy sigue siendo uno de los más hermosos y mejor conservados de la iglesia.

          El retablo se compone de banco y dos cuerpos, divididos en tres calles por columnas estípites, esas columnas barrocas que parecen moverse, que se ensanchan y se estrechan, que dan dinamismo a la arquitectura.

          Si observamos el retablo con precisión, nos dice que: «El retablo guarda un orden rigurosamente simétrico en la disposición estructural y decorativa, como todos los de la iglesia».

      Esa simetría no es casual. Es la firma del barroco sevillano del siglo XVII: equilibrio, ritmo, verticalidad, teatralidad contenida.

          En las hornacinas y ménsulas se colocaron las esculturas que acompañan a la Virgen. Y aquí empieza la parte más fascinante de la historia: la iconografía, las imágenes, los símbolos que explican quién es quién y por qué están ahí.

      En el banco, notamos que nos revela un dato precioso: la hornacina central, hoy ocupada por un crucificado, albergó antiguamente al Niño Jesús, conocido como El Dulce Nombre.

          Ese cambio —del Niño al Crucificado— nos habla de reformas, de devociones cambiantes, de decisiones pastorales que han ido transformando el retablo sin romper su armonía.

          El altar barroco policromado en oro es una joya en sí mismo. Y además, tiene una inscripción que nos permite entrar en la vida privada de una familia del siglo XVIII: «A devoción de D. Manuel Jiménez, por una peligrosa enfermedad de Dña. Ana Mª Venegas, su mujer. Año 1763». 

          Ese texto es historia pura. Es la prueba de que el arte sacro no es solo estética: es agradecimiento, promesa, miedo, esperanza. Es la vida de Villamartín escrita en madera y oro.

          Primer cuerpo: San León Magno y San Juan Nepomuceno, los santos que hablan. Aquí entramos en la parte más delicada y más reveladora del retablo: la identificación correcta de las imágenes.

          Durante años, muchos creyeron que la imagen de la derecha era San Carlos Borromeo. Otros, que la de la izquierda era San Pedro Apóstol. Pero el mismo retablo desmonta esas interpretaciones y aporta pruebas iconográficas contundentes.

          1. San Juan Nepomuceno (derecha).

          El retablo lo explica con claridad: «Encima de la hornacina de San Juan Nepomuceno se encuentra una talla de ángel con el dedo índice puesto sobre los labios, señal inequívoca del sigilo sacramental de la confesión, motivo del martirio de Nepomuceno».

          Ese gesto —el dedo en los labios— es universal en la iconografía del santo. Es su atributo. Es su historia. Es su identidad. No hay duda: la imagen es San Juan Nepomuceno.

         2. San León I Magno (izquierda). 

          Durante años se dijo que era San Pedro. Pero el propio retablo corrige esa afirmación: «Se trata del papa San León I Magno con sus atributos de santo: tiara papal, ropas de papa, cruz patriarcal y llave, y encima de su hornacina se encuentra una talla de ángel con la tiara pontificia.

          La tiara. La cruz patriarcal. La llave. El ángel con la tiara.

          Todo encaja. Todo coincide con la iconografía del papa León Magno, el gran defensor de la primacía de Roma, el hombre que frenó a Atila, el pontífice cuya doctrina fue confirmada en el Concilio de Calcedonia.

          La hornacina central.

          La imagen central es la Virgen del Rosario, una talla de policromía exquisita, con el Niño integrado en la misma pieza. Hasta el tiempo presente se desconoce el autor, pero la imagen es una obra de altísima calidad: rostro sereno, manos finas, pliegues suaves, equilibrio perfecto entre solemnidad y ternura.

        El camarín actual está rematado con un arco angelado y coronado por el anagrama de María, símbolo barroco de devoción mariana.

          En el segundo cuerpo, el documento describe: cuatro pilastras, cuatro florones, una hornacina central con Dios Todopoderoso en alto relieve, y en las calles laterales, óvalos con Corazones de Jesús.

          Es un mensaje teológico claro: María conduce a Cristo, y Cristo conduce al Padre. El retablo es una catequesis vertical.

          De las visualizaciones antes citadas, dedicamos unas palabras para corregir errores difundidos durante años. Y lo hacemos con argumentos sólidos, con pruebas iconográficas, con citas de manuales especializados.

          La conclusión es clara: No es San Carlos Borromeo: es San Juan Nepomuceno. No es San Pedro: es San León Magno.

          Y las observaciones de las imágenes lo confirman: la tiara, la cruz patriarcal, el gesto del ángel, los atributos… todo coincide con la descripción de la iconografía.

          El retablo no es una pieza muerta. Es un organismo vivo. Ha cambiado, ha sido restaurado, ha sido reinterpretado, ha sido estudiado.

          Pero sigue siendo lo que fue en 1660: un espacio de devoción, de belleza, de identidad.

          Las imágenes que vemos en él —Dios Padre, San León Magno, San Juan Nepomuceno, la Virgen del Rosario— muestran un retablo que respira, que conserva su policromía, que mantiene su equilibrio barroco, que sigue siendo uno de los grandes tesoros de la iglesia de Santa María de las Virtudes.

          Conclusión:

          El retablo de la Virgen del Rosario es: una obra de 1660, tallada por Matías Navarro, encargada por la Cofradía del Rosario y la Hermandad de San Pedro Advíncula, compuesta por banco y dos cuerpos, con San León Magno y San Juan Nepomuceno como acompañantes, con un altar donado en 1763, con un camarín coronado por el anagrama de María, con Dios Padre y los Corazones de Jesús en el segundo cuerpo, y con una Virgen del Rosario de autor desconocido pero de calidad excepcional.

          Es un retablo que ha sobrevivido siglos. Es un retablo que ha sido interpretado, malinterpretado, corregido, estudiado. Es un retablo que sigue hablando.

          Y hoy, gracias a la conservación del retablo y a las imágenes que vemos en él, podemos escucharlo con claridad.