LA VIRGEN OCULTA EN LA ARENISCA
Una historia de silencios, piedra y memoria en la
iglesia de Santa María de las Virtudes de Villamartín.
Hay hallazgos que no necesitan fanfarrias para ser importantes. A veces basta una conversación en voz baja, un gesto de un párroco que señala un rincón de su despacho, una figura de arenisca que parece observar desde siglos atrás. Así comenzó esta historia.
El difunto párroco José Manuel, hombre de memoria fina y
sensibilidad hacia lo antiguo, relató que aquella pequeña escultura —una Virgen
con Niño tallada en arenisca, de porte humilde y arcaico— había sido encontrada dentro de la propia
iglesia de Santa María de las Virtudes. No recordaba un documento que
explicara su origen, ni una tradición que la mencionara. Simplemente “estaba
allí”, como si la piedra hubiese decidido sobrevivir por sí misma.
Durante años adornó su despacho,
discreta, silenciosa, sin reclamar protagonismo. Pero las piedras antiguas
nunca son mudas: solo esperan a que alguien sepa escucharlas.
Ese alguien, ahora, eres tú.
La iglesia actual de Santa María
de las Virtudes, tal como la conocemos, es fruto de una gran obra que se inicia
en 1522, vinculada a la
expansión renacentista en la Sierra de Cádiz. Sus portadas, su retablo mayor,
sus proporciones y su lenguaje artístico responden a ese mundo nuevo que Hernán
Ruiz II y otros maestros trajeron a Andalucía.
Pero la
imagen de arenisca no pertenece a ese
universo: su material es de arenisca
local, de grano medio, sin pulimento fino; su factura es de talla directa, sin indicios de herramientas de
precisión renacentistas, ausencia de
policromía (al menos conservada) y proporciones rígidas, con un hieratismo que recuerda más a la
escultura bajomedieval que al naturalismo del siglo XVI.
En cuanto a su iconografía, la Virgen
aparece de pie o sedente, sosteniendo
al Niño en el brazo izquierdo, en una postura frontal, sin dinamismo; con pliegues esquemáticos, casi
geométricos, que no buscan realismo sino simbolismo, con un Niño pequeño, compacto, más símbolo que infante.
Nada en ella habla de
Renacimiento. Todo en ella habla de tradición
medieval.
La escultura de arenisca,
observada con detenimiento, parecía reclamar una mirada más larga de lo
habitual, como si cada uno de sus pliegues y cada una de sus erosiones contara
una historia que había permanecido demasiado tiempo en silencio. No es una
imagen que se impone por su tamaño ni por su riqueza material; al contrario,
su humildad es su fuerza. La piedra, de un tono claro y áspero, conserva la
memoria de siglos de polvo, manos, humedad y abandono. Y, sin embargo, allí
está, intacta en lo esencial, como si hubiese esperado pacientemente a que
alguien la reconociera.
El rostro de la Virgen es lo
primero que llamaba la atención. No tiene la dulzura idealizada de las imágenes
renacentistas ni la expresividad barroca que llenaría los templos andaluces en
los siglos posteriores. Es un rostro ovalado, casi geométrico, donde los ojos
se insinúan apenas como dos almendras talladas con un gesto rápido, seguro,
sin intención de retrato. La nariz desciende recta, sin puente marcado, y la
boca es un trazo mínimo, una línea que no pretende hablar. Todo en ella
transmite una serenidad hierática, una quietud que no busca emocionar, sino
representar. Es la Virgen como símbolo, no como madre humana. Es la Virgen
medieval.
El velo cae rígido, sin
ondulaciones, como si la piedra hubiese decidido no imitar la tela, sino
sugerirla. La túnica, marcada por pliegues verticales y paralelos, parece más
un código que una prenda: un lenguaje de líneas que no responde a la anatomía,
sino a la tradición. No hay movimiento, no hay viento, no hay gesto.
Hay permanencia. Hay fe.
El Niño, sostenido en el brazo
izquierdo, es igualmente simbólico. Su cuerpo compacto, casi cilíndrico,
recuerda las iconografías románicas tardías, donde la infancia no se
representaba con ternura, sino con solemnidad. La cabeza, grande en proporción,
refuerza esa idea de figura teológica. No hay interacción entre madre e
hijo; no hay caricia ni inclinación. Hay frontalidad, hay mensaje. Es una
imagen para ser vista desde lejos, para presidir un pequeño altar, para
acompañar a una comunidad que aún no conocía el Renacimiento.
La arenisca, con su textura
rugosa y sus pequeñas fracturas, habla de antigüedad. No es una piedra
noble, pero es una piedra cercana, local, de las que se usan en las primeras
construcciones de la Sierra de Cádiz. Su erosión superficial sugiere que ha estado expuesta, quizá en un muro, quizá en una hornacina, quizá en un espacio
que ya no existe. No hay restos de policromía, lo que puede significar que
nunca la tuvo o que el tiempo la borró por completo. Pero incluso sin color, la
imagen conserva una dignidad que no depende de adornos.
Todo en ella apunta a una
cronología entre los siglos XIII y XV. Es una pieza medieval, sin duda. Una
pieza que no encaja en la estética del templo actual, levantado a partir de
1522 con un lenguaje renacentista que buscaba proporción, naturalismo y
monumentalidad. Esta Virgen es anterior a ese mundo. Es anterior a esa iglesia.
Es anterior a esa manera de entender la fe.
Y ahí surge la teoría que Jerónimo
A.M. ha defendido con convicción: la idea de que la iglesia primitiva de
Villamartín —la que existía antes de la gran obra del siglo XVI— no
desapareció, sino que fue absorbida por la construcción posterior. No sería la
primera vez que ocurría. En Andalucía, muchas iglesias renacentistas y barrocas
conservan en su interior muros medievales, capillas primitivas, restos de
templos anteriores que quedaron integrados en la nueva planta arquitectónica.
La historia no siempre borra: a veces superpone.
Villamartín, con su compleja
evolución desde la repoblación castellana, necesitó un templo temprano,
modesto, funcional, que sirviera a una comunidad en crecimiento. Ese templo,
probablemente pequeño y construido con materiales locales, habría tenido una
imagen titular acorde a su época: una Virgen medieval de arenisca, como la que
ahora reaparece.
La cronología encaja. El estilo
encaja. La tradición oral encaja. La ubicación del hallazgo encaja. Y el
testimonio del párroco José Manuel, que recordaba haber encontrado la imagen
dentro de la propia iglesia y haberla colocado en su despacho, añadía un
elemento decisivo: la escultura no procedía de fuera, no era una donación moderna,
no era un objeto decorativo. Era parte del templo. Parte de su historia.
La pregunta inevitable es: ¿por
qué se ocultó? ¿Por qué una imagen que había presidido la fe de la comunidad
medieval terminó relegada a un rincón, olvidada, sin devoción ni memoria?
La respuesta, aunque triste, era
habitual. Con la llegada del Renacimiento, las antiguas imágenes medievales
fueron desplazadas por nuevas advocaciones, nuevos retablos, nuevas estéticas.
La rigidez románica y gótica dejó de ser apreciada. La arenisca, material
humilde, perdió valor frente a la madera policromada y los retablos dorados.
Muchas imágenes primitivas fueron desmontadas, guardadas en sacristías,
escondidas en almacenes, integradas en muros o simplemente olvidadas. No por
desprecio, sino por evolución. La fe cambia, y con ella cambian sus símbolos.
La Virgen de arenisca pudo haber
sido retirada del altar primitivo cuando se inició la gran obra de 1522. Pudo
haber sido guardada por respeto, sin intención de destruirla. Pudo haber
quedado en un hueco, en una dependencia secundaria, en un espacio que ya no se
usa. Y allí, en ese silencio, esperó. Esperó siglos. Esperó hasta que el
párroco José Manuel la encontró y la llevó a su despacho, quizá sin saber que
estaba sosteniendo un fragmento esencial de la identidad religiosa de
Villamartín.
Porque eso es lo que esta imagen
representa: un testigo. Un testigo de la primera comunidad cristiana del
pueblo. Un testigo de la devoción medieval que precedió a la monumentalidad
renacentista. Un testigo de la continuidad entre dos templos: el antiguo y el
nuevo. Un testigo de la fe antes de que la historia se escribiera en
documentos.
Si la teoría de Jerónimo A.M. es
correcta —y todo apunta a que lo es— esta Virgen sería la titular de la iglesia
primitiva de Villamartín. La primera Virgen de las Virtudes. La que presidió la
fe del pueblo antes de que el Renacimiento llegara. La que vio nacer la
parroquia. La que acompañó a generaciones que ya no tienen nombre. La que
ahora, por fin, vuelve a ser mirada.
La arenisca, humilde y erosionada,
ha sobrevivido a todo: a reformas, a modas, a olvidos, a silencios. Y hoy,
gracias a una conversación, a una intuición y a una mirada atenta, vuelve a
hablar. Vuelve a contar su historia. Vuelve a ocupar el lugar que nunca debió
perder.
Porque la historia, queridos
vecinos, no siempre está en los grandes retablos ni en las portadas
monumentales. A veces está en una pequeña escultura que alguien guardó sin
saber que estaba protegiendo la raíz de un pueblo. A veces está en una virgen
de arenisca que, después de siglos, decide que ya es hora de ser recordada.