La ceremonia que convirtió a San Francisco en templo de la nación.
Hay días que no se olvidan, aunque pasen siglos. Días en los que un pueblo entero se reconoce en un mismo latido. El 6 de septiembre de 1812, Villamartín vivió uno de esos momentos irrepetibles: el juramento solemne de la Constitución de Cádiz, la primera carta de libertades modernas de España. Y lo hizo en un lugar que ya entonces era el corazón espiritual de la villa: la Iglesia de San Francisco.
El
acta del Cabildo lo deja claro desde la primera línea: “Llegada que fue la
hora señalada pasó a la iglesia de San Francisco… y estando ya llena de cuasi
todas las personas de distinción del pueblo, y otras muchas de todas clases…”.
La escena es poderosa: la élite local, los vecinos, los campesinos, los
artesanos, todos juntos bajo la misma bóveda, en un templo que había visto
siglos de devoción, pero nunca un acto tan cargado de futuro.
La
ceremonia comenzó con una misa solemne. Tras el Evangelio, el presbítero Juan María del Río, cura interino,
subió al púlpito para pronunciar un sermón que el documento describe con
precisión: “reflexiones poderosas y enérgicas y claramente proporcionadas
para el conocimiento de los concurrentes”. No era un sermón cualquiera. Era
la explicación pública de que España renacía tras la guerra, de que la libertad
y la independencia volvían a ser posibles gracias a la Constitución recién
sancionada por las Cortes.
En un pueblo devastado por la ocupación francesa —el acta recuerda que las tropas “han destruido y demolido la mitad de los edificios materiales y arbolados de la población”— aquel mensaje no era teoría política: era esperanza pura.
Terminada
la misa, el Sacramento fue expuesto. En su presencia, el escribano Andrés de Zúñiga leyó la Constitución
“bien despacio y de modo que todos la entendiesen”. Imaginar ese momento
es estremecedor: un templo lleno, en silencio absoluto, escuchando artículo por
artículo la ley que prometía igualdad ante la justicia, soberanía nacional,
libertad civil y el fin de los abusos del Antiguo Régimen.
La
lectura duró lo que tuvo que durar. Nadie se movió. Nadie quiso perder una
palabra.
Cuando
terminó la lectura, el presidente del Ayuntamiento, Alejandro de las Cuevas, lanzó la pregunta solemne: ¿Juraban
defender y obedecer la Constitución, al Rey, a las leyes y a la Pura y Limpia
Concepción de María Santísima? La respuesta fue unánime, rotunda, emocionante: “Se
oyeron repetidas exclamaciones públicas que decían: sí juramos.”
Ese
“sí juramos” no fue un trámite. Fue un acto de afirmación colectiva. Fue
Villamartín diciendo que quería ser parte de una España nueva, libre, moderna.
Tras
el juramento, estalló la celebración. El documento lo narra con una energía que
casi se puede oír: “Dio principio el cántico del Tedeum con repique y salvas
continuadas de fuego en señal del mayor placer que reina en los corazones de
estos habitantes.”
La
villa, que venía de años de saqueos, destrucción y miedo, se permitió por fin
un día de júbilo. El Ayuntamiento ordenó tres días de fiestas, misas solemnes,
iluminación general y hasta toros “para acabar de enjugar las lágrimas y
gemidos con que nos ha oprimido el tirano de la Europa”. Era la celebración
de la libertad recuperada. Era el alivio de un pueblo que volvía a sentirse
dueño de su destino.
El
Cabildo quiso que aquel acto no quedara encerrado entre las paredes del templo.
Ordenó enviar testimonio oficial a las Cortes, a la Regencia y al propio Rey,
para que supieran que Villamartín estaba con ellos, que apoyaba la Constitución
y que reconocía su esfuerzo por “guiar la nave de la España en medio de la
mayor borrasca”.
No
era un gesto menor. Era la voz de un pueblo pequeño que se sabía parte de algo
grande. Hoy, cuando entramos en la Iglesia de San Francisco y vemos su bóveda
policromada, su cúpula gallonada o el retablo del Cristo de la Veracruz, cuesta
imaginar que en ese mismo espacio se vivió uno de los momentos más intensos de
la historia local.
Pero
el documento lo confirma: fue allí, en ese templo del siglo XVI, donde
Villamartín juró su libertad civil. Fue allí donde la villa dejó de ser solo
súbdita para convertirse en ciudadanía.
San
Francisco no es solo un edificio histórico. Es el lugar donde Villamartín se
reconoció como parte de una nación moderna. Es el corazón secreto donde la
villa juró su historia.