Emplazamiento del retablo
En
el libro VILLAMARTIN, CUATROCIENTOS AÑOS DESPUÉS, al final de la página 44 y
principio de la 45 se dice que el retablo de Santa Ana: «… continúa
en la parte derecha del templo, en el emplazamiento que estuvo, antes de la
reforma del mismo en tiempo de Hernán Ruiz, si bien, a causa de esa reforma y
al desaparecer el antiguo crucero del templo, el altar de Santa Ana quedó un
tanto desplazado del muro actual; por lo que en una visita, en el siglo XVIII, se
manda, según consta en acta, que se lleve de nuevo al centro de la pared, cosa
que no se hizo y sigue igual hasta hoy».
Permítanme que empiece por lo
esencial, porque aquí conviene hablar claro y sin rodeos: atribuir a Hernán Ruiz II el «desplazamiento»
del altar de Santa Ana es históricamente insostenible. No solo
insostenible: es un error de base que se desmonta con dos fechas que cualquiera
puede comprobar en los archivos. La iglesia de Villamartín se concluyó en 1565, y Hernán Ruiz II murió en 1567. ¿Cómo podría él ser
responsable de un retablo que no se
ejecutó hasta casi un siglo después? ¿Cómo podría él prever, corregir o
«desplazar» un altar que sencillamente no
existía en su tiempo?
Lo diré sin rodeos: el altar de Santa Ana no quedó desplazado por
la reforma de Hernán Ruiz; quedó desplazado por lo que se hizo después, cuando
ya no estaba él para defender la coherencia de su obra.
Cuando Hernán Ruiz II concluye la
fábrica en 1565, el templo queda cerrado, articulado y coherente según el
lenguaje manierista que él introduce en Andalucía. La portada, los cuerpos, la
vertical mariana, la simetría de Pedro y Pablo: todo eso es suyo, y está
documentado. Pero el retablo de Santa
Ana no forma parte de ese proyecto. No existía. No estaba previsto. No
estaba diseñado. No estaba colocado.
Y a modo de hipótesis, pienso que lo
que sí existía era la puerta primitiva
de la iglesia anterior a 1522, una puerta que desembocaba directamente
en la actual calle Taller. Esa puerta era el acceso histórico del templo
medieval, y su hueco quedó integrado en el muro derecho cuando Hernán Ruiz
rehace la fábrica. Él no la usa como puerta o quizás sí, pero el hueco arquitectónico está ahí,
perfectamente reconocible en la lógica del muro.
Ese hueco, y no otro, es el que más
tarde se ocupará con el retablo de Santa Ana.
El retablo de Santa Ana se ejecuta mucho después, cuando Hernán Ruiz ya
llevaba décadas muerto. Y aquí está el punto que desmonta toda la
interpretación del párrafo citado: el
retablo se coloca en el hueco de la antigua puerta primitiva porque su
profundidad lo exigía.
Si se hubiera intentado alinearlo con
los demás altares de la nave de las epístolas, habría ocurrido algo absurdo: el retablo habría invadido literalmente la
mitad de la nave. Habría obstaculizado el tránsito, habría roto
la proporción del espacio y habría convertido la nave en un pasillo
impracticable.
Por eso se tomó la decisión —práctica,
aunque arquitectónicamente discutible— de encastrarlo en el hueco de la antigua puerta. Ese hueco era
profundo, permitía alojar el retablo sin invadir la nave y ofrecía un espacio
natural para una obra de ese tamaño, aunque por el exterior sobresalía
claramente del plano de la fachada lateral del templo, creando un volumen
añadido que aún hoy delata la intervención.
Pero esa decisión tuvo una
consecuencia inevitable: el retablo
quedó descentrado respecto al muro actual, porque el hueco de la puerta
primitiva no coincide con el eje de la nave renacentista.
Y aquí es donde el párrafo citado se
equivoca de raíz: el «desplazamiento» no se debe a Hernán Ruiz, sino a la
colocación tardía del retablo en un hueco anterior a él.
Cuando en el siglo XVIII llega la
visita pastoral, el visitador observa lo que cualquiera con ojos entrenados
habría visto: el retablo no está centrado
respecto al muro. No está alineado con la arquitectura renacentista. No
responde al eje de la nave.
Y entonces ordena lo que era lógico: «Que
se lleve de nuevo al centro de la pared».
Es decir: que se corrija el descuadre y se coloque el retablo donde debería
estar según la arquitectura del templo.
Pero esa orden, como tantas otras, no se ejecutó. El retablo siguió donde
estaba, encastrado en el hueco de la antigua puerta, y así ha llegado hasta
hoy.
Para completar el cuadro, conviene
recordar otro dato que el párrafo citado ignora: la puerta actual de la nave de las epístolas no es la primitiva.
Es una construcción posterior, abierta cuando el templo ya había cambiado su
dinámica interna y cuando el retablo de Santa Ana llevaba tiempo ocupando el
hueco antiguo.
Por todo lo anterior, la
interpretación del párrafo citado debe ser corregida con firmeza. No es aceptable
seguir repitiendo que «a causa de la reforma de Hernán Ruiz el altar quedó
desplazado». Eso es históricamente falso. La cronología lo desmiente. La
arquitectura lo desmiente. El análisis del muro lo desmiente. La existencia de
la puerta primitiva lo desmiente. La fecha del retablo lo desmiente. Y la
visita del siglo XVIII lo confirma.
Así de claro. Así de documentado. Así
de contundente.
Si alguien quiere seguir atribuyendo
el problema a Hernán Ruiz, tendrá que explicar cómo un arquitecto muerto en
1567 pudo ser responsable de un retablo colocado casi cien años después, en un
hueco medieval anterior a 1522, y en una nave cuya puerta actual ni siquiera
existía en su tiempo.
La historia es la que es, y los muros
del templo la cuentan sin necesidad de interpretaciones forzadas.