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08 abril 2026

Historia Nº 42: Historia de un Cenobio Persistente

 

El Convento de la Purísima Concepción de Villamartín

Historia de un cenobio persistente

 

          La historia del convento de la Purísima Concepción de Villamartín es, ante todo, la historia de una resistencia: resistencia al abandono, a la ruina, a las guerras, a las decisiones eclesiásticas y a los vaivenes económicos que marcaron la vida de la villa durante más de tres siglos. Los documentos históricos conservados permiten reconstruir un relato complejo, lleno de tensiones políticas, religiosas y sociales, que comienza a finales del siglo XVI y concluye, de forma definitiva, en 1926.

          El germen del convento se sitúa en los últimos veinticinco años del siglo XVI, cuando la poderosa familia formada por Antón Álvarez de Bohórquez y Marina de Sotomayor impulsa una obra pía destinada a fundar un cenobio femenino. Según el documento, Marina de Sotomayor, ya viuda, “empezó a crear antes de su fallecimiento” un patronato que entraría en vigor el 25 de abril de 1597.

          La fundación efectiva del convento no se materializó hasta mayo de 1635, cuando el Dr. Alonso Gómez de Rojas, canónigo de Sevilla y visitador general, llegó a Villamartín para erigir el convento de monjas “de la invocación de la Piedad y Concepción como había dispuesto Dña. Marina de Sotomayor”. Para ello trajo a tres religiosas profesas de la Concepción de Sevilla, estableció iglesia, altar, clausura y organizó el gobierno interno de la comunidad.

          Durante casi un siglo, la vida monacal transcurrió sin grandes sobresaltos. Sin embargo, en noviembre de 1726, el convento sufrió uno de los episodios más traumáticos de su historia: el arzobispo de Sevilla ordenó el traslado forzoso de las religiosas al convento de Arcos, sin previo aviso a las autoridades locales. Los documentos históricos describen la escena con viveza: “...el público que se acercó vio lo que pasaba y se alteró el orden público en pocos momentos”.

          La villa reaccionó con energía. Cabildos, representaciones, consultas jurídicas y súplicas al arzobispo y al nuncio se sucedieron durante años. El prelado justificó su decisión alegando que las monjas “pasaban muchas necesidades a causa de las pocas rentas que tenía el convento y estar éste muy mal tratado”.

          La restitución solo sería posible si Villamartín garantizaba manutención y reparaciones. Comenzó entonces un largo proceso de recaudación, arbitrios, mediciones de solares y obras que consumieron miles de reales. En 1736, tras una década de esfuerzos, las religiosas regresaron finalmente al convento.

          A pesar de la restitución, el convento nunca alcanzó una estabilidad económica sólida. Las obras continuaron durante décadas, y en 1757 la comunidad volvió a solicitar ayuda al Ayuntamiento, alegando que la fábrica del convento “se halla pasada por falta de medios, obrándose en él a expensas de la devoción y caridad de bienhechores”.

          Durante el siglo XIX, el número de religiosas osciló entre ocho y nueve. El claustro de 1822, detallado en el documento, muestra una comunidad diversa, con monjas procedentes de Puerto Real, Ubrique, Cádiz, San Fernando, Prado del Rey, Villamartín, Arcos y Morón.

          Sin embargo, la situación económica empeoró. En 1851 circuló el rumor de que, tras el Concordato, el convento sería suprimido. La villa reaccionó con tristeza y preocupación, pues consideraba a la comunidad “útil a la religión, necesaria a la sociedad y provechosa para el vecindario”.

          A finales del siglo XIX, la pobreza era evidente. Una inscripción hallada en la iglesia lo confirma: “SE REEDIFICÓ A EXPENSAS DE LOS SEÑORES DON JERÓNIMO Y DON JUAN ÁLVAREZ TROYA. AÑO 1898”. 

              En 1920, la Orden Franciscana decidió cerrar el convento debido a su estado ruinoso. Las monjas fueron trasladadas al convento de la Concepción del Puerto de Santa María, llevándose consigo la antigua imagen de la Virgen de las Angustias, que había presidido el templo desde el siglo XVI. Los documentos recuerdan que esta talla permaneció allí hasta 1982, cuando el obispo Rafael Bellido Caro solicitó su devolución.

          La comunidad permaneció en Villamartín hasta 1926, fecha en la que el arzobispo autorizó el traslado definitivo. La abadesa, consciente del clima hostil, escribió que algunos vecinos “las querían lanzar a escobazos y que todo lo de la comunidad quedara para ellos”.

          En 1936, el Ayuntamiento solicitó la cesión del edificio para construir viviendas sociales, aprovechando que el convento estaba ya desocupado.

          Hoy solo se conserva la iglesia de las Angustias, construida en el siglo XVII sobre la antigua capilla del cenobio. El Documento 1 la describe como un templo de una sola nave, con bóveda de cañón, decoración sobria y una espadaña lateral que rompe la uniformidad del conjunto.

          En su interior destacan: El retablo mayor barroco, presidido desde 1951 por la talla de la Virgen de las Angustias realizada por Juan Bernabé Britto, dos tallas procedentes de la capilla de la Virgen de los Reyes: un Nazareno y una Virgen, cuatro retablos menores y varias hornacinas añadidas en épocas posteriores y el coro alto, con ventanas al exterior, que permitía a las religiosas asistir a los oficios en clausura.

          La portada no es externa, sino que se abre a un vestíbulo interior, creando una peculiar callejuela que aún hoy sorprende a los visitantes.

          El convento de la Purísima Concepción de Villamartín fue durante más de tres siglos un espacio de espiritualidad, conflicto, pobreza, devoción y esfuerzo comunitario. Sobrevivió a guerras, desamortizaciones, traslados forzosos y crisis económicas. Finalmente, sucumbió no a la violencia, sino al desgaste del tiempo y a la falta de recursos.

          Hoy, la iglesia de las Angustias permanece como único testigo material de aquella larga historia. Un edificio que, como el propio convento, ha resistido siglos de transformaciones y que sigue recordando la presencia silenciosa de las mujeres que lo habitaron.