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12 octubre 2026

Historia nº 72 La Virgen oculta en la arenisca.

 LA VIRGEN OCULTA EN LA ARENISCA

Una historia de silencios, piedra y memoria en la iglesia de Santa María de las Virtudes de Villamartín.


    Hay hallazgos que no necesitan fanfarrias para ser importantes. A veces basta una conversación en voz baja, un gesto de un párroco que señala un rincón de su despacho, una figura de arenisca que parece observar desde siglos atrás. Así comenzó esta historia. 

    El difunto párroco José Manuel, hombre de memoria fina y sensibilidad hacia lo antiguo, relató que aquella pequeña escultura —una Virgen con Niño tallada en arenisca, de porte humilde y arcaico— había sido encontrada dentro de la propia iglesia de Santa María de las Virtudes. No recordaba un documento que explicara su origen, ni una tradición que la mencionara. Simplemente “estaba allí”, como si la piedra hubiese decidido sobrevivir por sí misma.

    Durante años adornó su despacho, discreta, silenciosa, sin reclamar protagonismo. Pero las piedras antiguas nunca son mudas: solo esperan a que alguien sepa escucharlas.

    Ese alguien, ahora, eres tú.

    La iglesia actual de Santa María de las Virtudes, tal como la conocemos, es fruto de una gran obra que se inicia en 1522, vinculada a la expansión renacentista en la Sierra de Cádiz. Sus portadas, su retablo mayor, sus proporciones y su lenguaje artístico responden a ese mundo nuevo que Hernán Ruiz II y otros maestros trajeron a Andalucía.

    Pero la imagen de arenisca no pertenece a ese universo: su material es de arenisca local, de grano medio, sin pulimento fino; su factura es de talla directa, sin indicios de herramientas de precisión renacentistas, ausencia de policromía (al menos conservada) y proporciones rígidas, con un hieratismo que recuerda más a la escultura bajomedieval que al naturalismo del siglo XVI.

    En cuanto a su iconografía, la Virgen aparece de pie o sedente, sosteniendo al Niño en el brazo izquierdo, en una postura frontal, sin dinamismo; con pliegues esquemáticos, casi geométricos, que no buscan realismo sino simbolismo, con un Niño pequeño, compacto, más símbolo que infante.

    Nada en ella habla de Renacimiento. Todo en ella habla de tradición medieval.

    La escultura de arenisca, observada con detenimiento, parecía reclamar una mirada más larga de lo habitual, como si cada uno de sus pliegues y cada una de sus erosiones contara una historia que había permanecido demasiado tiempo en silencio. No es una imagen que se impone por su tamaño ni por su riqueza material; al contrario, su humildad es su fuerza. La piedra, de un tono claro y áspero, conserva la memoria de siglos de polvo, manos, humedad y abandono. Y, sin embargo, allí está, intacta en lo esencial, como si hubiese esperado pacientemente a que alguien la reconociera.

    El rostro de la Virgen es lo primero que llamaba la atención. No tiene la dulzura idealizada de las imágenes renacentistas ni la expresividad barroca que llenaría los templos andaluces en los siglos posteriores. Es un rostro ovalado, casi geométrico, donde los ojos se insinúan apenas como dos almendras talladas con un gesto rápido, seguro, sin intención de retrato. La nariz desciende recta, sin puente marcado, y la boca es un trazo mínimo, una línea que no pretende hablar. Todo en ella transmite una serenidad hierática, una quietud que no busca emocionar, sino representar. Es la Virgen como símbolo, no como madre humana. Es la Virgen medieval.

    El velo cae rígido, sin ondulaciones, como si la piedra hubiese decidido no imitar la tela, sino sugerirla. La túnica, marcada por pliegues verticales y paralelos, parece más un código que una prenda: un lenguaje de líneas que no responde a la anatomía, sino a la tradición. No hay movimiento, no hay viento, no hay gesto. Hay permanencia. Hay fe.

    El Niño, sostenido en el brazo izquierdo, es igualmente simbólico. Su cuerpo compacto, casi cilíndrico, recuerda las iconografías románicas tardías, donde la infancia no se representaba con ternura, sino con solemnidad. La cabeza, grande en proporción, refuerza esa idea de figura teológica. No hay interacción entre madre e hijo; no hay caricia ni inclinación. Hay frontalidad, hay mensaje. Es una imagen para ser vista desde lejos, para presidir un pequeño altar, para acompañar a una comunidad que aún no conocía el Renacimiento.

    La arenisca, con su textura rugosa y sus pequeñas fracturas, habla de antigüedad. No es una piedra noble, pero es una piedra cercana, local, de las que se usan en las primeras construcciones de la Sierra de Cádiz. Su erosión superficial sugiere que ha estado expuesta, quizá en un muro, quizá en una hornacina, quizá en un espacio que ya no existe. No hay restos de policromía, lo que puede significar que nunca la tuvo o que el tiempo la borró por completo. Pero incluso sin color, la imagen conserva una dignidad que no depende de adornos.

    Todo en ella apunta a una cronología entre los siglos XIII y XV. Es una pieza medieval, sin duda. Una pieza que no encaja en la estética del templo actual, levantado a partir de 1522 con un lenguaje renacentista que buscaba proporción, naturalismo y monumentalidad. Esta Virgen es anterior a ese mundo. Es anterior a esa iglesia. Es anterior a esa manera de entender la fe.

    Y ahí surge la teoría que Jerónimo A.M. ha defendido con convicción: la idea de que la iglesia primitiva de Villamartín —la que existía antes de la gran obra del siglo XVI— no desapareció, sino que fue absorbida por la construcción posterior. No sería la primera vez que ocurría. En Andalucía, muchas iglesias renacentistas y barrocas conservan en su interior muros medievales, capillas primitivas, restos de templos anteriores que quedaron integrados en la nueva planta arquitectónica. La historia no siempre borra: a veces superpone.

    Villamartín, con su compleja evolución desde la repoblación castellana, necesitó un templo temprano, modesto, funcional, que sirviera a una comunidad en crecimiento. Ese templo, probablemente pequeño y construido con materiales locales, habría tenido una imagen titular acorde a su época: una Virgen medieval de arenisca, como la que ahora reaparece.

    La cronología encaja. El estilo encaja. La tradición oral encaja. La ubicación del hallazgo encaja. Y el testimonio del párroco José Manuel, que recordaba haber encontrado la imagen dentro de la propia iglesia y haberla colocado en su despacho, añadía un elemento decisivo: la escultura no procedía de fuera, no era una donación moderna, no era un objeto decorativo. Era parte del templo. Parte de su historia.

    La pregunta inevitable es: ¿por qué se ocultó? ¿Por qué una imagen que había presidido la fe de la comunidad medieval terminó relegada a un rincón, olvidada, sin devoción ni memoria?

    La respuesta, aunque triste, era habitual. Con la llegada del Renacimiento, las antiguas imágenes medievales fueron desplazadas por nuevas advocaciones, nuevos retablos, nuevas estéticas. La rigidez románica y gótica dejó de ser apreciada. La arenisca, material humilde, perdió valor frente a la madera policromada y los retablos dorados. Muchas imágenes primitivas fueron desmontadas, guardadas en sacristías, escondidas en almacenes, integradas en muros o simplemente olvidadas. No por desprecio, sino por evolución. La fe cambia, y con ella cambian sus símbolos.

    La Virgen de arenisca pudo haber sido retirada del altar primitivo cuando se inició la gran obra de 1522. Pudo haber sido guardada por respeto, sin intención de destruirla. Pudo haber quedado en un hueco, en una dependencia secundaria, en un espacio que ya no se usa. Y allí, en ese silencio, esperó. Esperó siglos. Esperó hasta que el párroco José Manuel la encontró y la llevó a su despacho, quizá sin saber que estaba sosteniendo un fragmento esencial de la identidad religiosa de Villamartín.

    Porque eso es lo que esta imagen representa: un testigo. Un testigo de la primera comunidad cristiana del pueblo. Un testigo de la devoción medieval que precedió a la monumentalidad renacentista. Un testigo de la continuidad entre dos templos: el antiguo y el nuevo. Un testigo de la fe antes de que la historia se escribiera en documentos.

    Si la teoría de Jerónimo A.M. es correcta —y todo apunta a que lo es— esta Virgen sería la titular de la iglesia primitiva de Villamartín. La primera Virgen de las Virtudes. La que presidió la fe del pueblo antes de que el Renacimiento llegara. La que vio nacer la parroquia. La que acompañó a generaciones que ya no tienen nombre. La que ahora, por fin, vuelve a ser mirada.

    La arenisca, humilde y erosionada, ha sobrevivido a todo: a reformas, a modas, a olvidos, a silencios. Y hoy, gracias a una conversación, a una intuición y a una mirada atenta, vuelve a hablar. Vuelve a contar su historia. Vuelve a ocupar el lugar que nunca debió perder.

    Porque la historia, queridos vecinos, no siempre está en los grandes retablos ni en las portadas monumentales. A veces está en una pequeña escultura que alguien guardó sin saber que estaba protegiendo la raíz de un pueblo. A veces está en una virgen de arenisca que, después de siglos, decide que ya es hora de ser recordada.