El arco que abrió una disputa en el convento concepcionista
Villamartín,
24 de enero de 1923. Una escena insólita, casi teatral, quedó registrada aquel
día en el acta notarial que hoy vuelve a la luz: la abadesa de las religiosas
franciscanas concepcionistas, sor María de la Caridad de San Ildefonso,
compareció «de rejas adentro» ante el notario José María Gómez de León para
exigir formalmente a un vecino de la localidad —el farmacéutico Adolfo Gómez
Rodríguez— que rectificara una obra levantada sobre la pared que separaba su
vivienda del convento. La propia acta lo recoge con precisión: «Construyó
a sus expensas […] un estribo o arco de mampostería que une a ambos lienzos de
pared […] resultando un hueco de grandes dimensiones, semejante a una gran
ventana, sin reja ni voladizo».
La
construcción, realizada sin permiso, generó un vacío inquietante: una abertura
directa entre el patio interior de la casa del farmacéutico y el torno y
locutorio del convento. En una comunidad de clausura, donde cada frontera
arquitectónica es también una frontera espiritual, aquel hueco era mucho más
que una obra irregular: era una ruptura simbólica.
La
abadesa lo expresó con firmeza. Según el documento consultado, «se opone
formalmente […] a la expresada construcción realizada en dicha pared». No
se trataba solo de una cuestión de propiedad, sino de preservar la intimidad y
el orden de la vida conventual.
El
acta consultada recoge cinco puntos que la Comunidad exigió al señor Gómez
Rodríguez. El más contundente: que declarara ante notario que aquel hueco no
constituía ni constituiría jamás una servidumbre de luces ni de vistas sobre el
convento. Y, además, que se comprometiera a cerrarlo —o permitir que se
cerrara— cuando la Comunidad lo estimara oportuno.
En
otras palabras: la obra debía quedar sin valor jurídico, sin derechos adquiridos
y sin posibilidad de convertirse en una ventana perpetua hacia el interior del
convento.
Más
allá del conflicto puntual, este documento ilumina el Villamartín de comienzos
del siglo XX: una villa donde los notarios acudían a los locutorios conventuales
para levantar actas; donde la clausura era una institución respetada y
vigilada; donde las relaciones entre vecinos y comunidades religiosas se regían
por un equilibrio delicado entre convivencia y límites.
La
escena, recogida con la sobriedad del lenguaje notarial, tiene sin embargo una
carga humana evidente: una abadesa defendiendo la privacidad de sus religiosas,
un vecino que actúa por su cuenta, un notario que certifica cada palabra, cada
gesto, cada oposición.
Hasta
aquí, el acto notarial. Pero la historia no terminó ahí.
El
25 de enero, a las once de la mañana, el notario volvió a actuar. Esta vez no
en el locutorio del convento, sino en la farmacia del requerido, en la casa
número nueve de la calle Álvarez Troya (hoy calle El Santo). La diligencia lo
recoge con precisión: «El día siguiente, siendo las once horas, yo, el
notario, me constituyo en la casa número nueve de la calle Álvarez Troya de esta
villa, oficina de farmacia del requerido don Adolfo Gómez Rodríguez, y hallando
presente su dependiente don Emilio G., manifiesta este señor que don Adolfo
Gómez se halla ausente en este momento…».
Ante
la ausencia del farmacéutico, el notario procedió a leer íntegramente el acta y
la diligencia al dependiente, Emilio G., entregándole además una copia simple. Emilio
declaró que la haría llegar al señor Gómez Rodríguez.
La
diligencia se cerró con las firmas del dependiente, del notario y de dos
testigos presentes: don Eduardo Á. P.
y don Eduardo E. D., ambos
vecinos de la villa.
Cien
años después, esta acta no es solo un registro jurídico: es un fragmento vivo
de la historia local. Una ventana abierta donde no debía haber ninguna, un arco
que unió dos paredes y dividió a dos mundos, una abadesa que reclamó su derecho
a cerrar aquello que nunca debió abrirse.
Villamartín
conserva estas historias en sus archivos, pero también en su memoria colectiva.
Y hoy, gracias a este documento, vuelve a escucharse la voz firme de sor María
de la Caridad, defendiendo la clausura con la misma convicción con la que firmó
aquel día: «De lo demás contenido en este instrumento público, doy fe».
Y,
sobre todo, nos recuerdan que la historia de Villamartín está hecha de estos
episodios: pequeños, concretos, humanos, pero reveladores.