El hijo
predilecto que Villamartín elevó a la categoría de héroe
La historia de Villamartín está hecha de nombres que se pierden en los padrones, en las actas municipales y en los silencios de las casas antiguas. Pero hay figuras que, por la fuerza de sus actos, rompen ese silencio y se convierten en símbolos. Pedro Garrido Romero, nacido en la calle Veracruz el 1 de noviembre de 1848, es uno de ellos: un soldado que se hizo comandante, un comandante que se hizo héroe y un héroe que su pueblo convirtió en hijo predilecto cuando aún estaba vivo.
Su
vida, reconstruida a partir de los archivos municipales, militares y
familiares, es una de las trayectorias más intensas y documentadas de cuantos
villamartinenses participaron en la Guerra de Cuba. Su nombre no es solo
memoria: es un capítulo entero de la historia militar española del siglo XIX.
La
genealogía de Pedro Garrido Romero es una historia de movilidad social en la
Andalucía rural. Su abuelo materno, Francisco
Romero Ramos, llegó a Villamartín en 1812 desde Ubrique para trabajar
como cerrajero. Su madre, Francisca
Romero Gil, nació en 1823 y pertenecía a una familia numerosa asentada
en la calle Veracruz.
Su
padre, Pedro Garrido y Garrido,
era maestro de primeras letras, nacido en Bornos en 1810 y trasladado a
Villamartín hacia 1845 para enseñar en las escuelas del exconvento de San
Francisco. Allí vivió, enseñó y formó una familia.
De
ese matrimonio nacieron varios hijos, entre ellos Pedro Garrido Romero, cuya vida daría un giro radical al cumplir
los 21 años.
En
1869, con 21 años recién
cumplidos, Pedro Garrido ingresó como soldado en el Batallón de Cádiz Expedicionario a Cuba. Era el inicio de la
Guerra de los Diez Años, uno de los conflictos más duros del siglo XIX español.
A
su llegada a la isla entró en combate en la jurisdicción de Sancti Spíritus, y pronto fue
trasladado al 2º Batallón de
Voluntarios de Madrid, con el que combatió en 1870. Su carrera militar
avanzó con rapidez: ascensos, destinos, méritos y una resistencia física y
moral que lo acompañaría toda su vida.
Entre 1870 y 1876 combatió bajo las órdenes del coronel Valeriano Weyler y Nicolau, uno de los mandos más duros y eficaces del Ejército español en Cuba. En esos años participó en acciones en Remedios, Cienfuegos, Trinidad y Puerto Príncipe, ganando dos Cruces Rojas al Mérito Militar.
En
1876 fue ascendido a sargento segundo
por antigüedad, y un año después recibió el empleo de alférez de movilizados, seguido del de
teniente y, en 1880, el de teniente por méritos de guerra.
Su
hoja de servicios era ya la de un combatiente excepcional.
Tras el fin del conflicto, sirvió en Guantánamo y Tiguabos, y entre 1883 y 1886 pasó por unidades como: Regimiento
de la Reina, Batallón de Cazadores de Chiclana, Regimientos de España y de La
Habana y Batallón de Cazadores de la Unión.
En
1886 pasó a la situación de supernumerario
sin sueldo, y en 1892 quedó retirado.
Parecía
el final de su carrera. Pero la historia le tenía reservado un regreso
fulgurante.
Cuando
estalló la nueva insurrección cubana en 1895, Pedro Garrido no dudó: volvió voluntariamente al servicio activo.
Tenía 47 años, una edad en la que muchos oficiales buscaban destinos
tranquilos. Él pidió combate.
En
marzo de ese año salió al mando de una compañía de movilizados para perseguir a
la partida de los hermanos Merceo
Grajales. En mayo fue ascendido a comandante de movilizados y recibió el mando de las Escuadras de Santa Catalina de Guaso.
El
episodio más célebre de su carrera ocurrió el 13 de mayo de 1895, en Jovito,
cuando la columna del teniente coronel Joaquín Bosch fue rodeada por más de dos
mil insurgentes. El documento lo narra así:
«Al
oír el teniente Garrido los disparos, salió de Jiguabos con los noventa
soldados de las escuadras que tenía a sus órdenes [...] arrolló al enemigo,
consiguiendo arrojarlo al otro lado del río Jaibo».
Por
esta acción fue ascendido a capitán de
Infantería y recibió la Cruz de
San Fernando de 2ª Clase, laureada, la más alta condecoración militar
española.
Mientras
combatía, su pueblo seguía cada noticia. En julio de 1897, 189 vecinos firmaron
una petición al Ayuntamiento para declararlo hijo predilecto y rotular con su nombre la calle donde nació. La
exposición decía: «Los pueblos se dignifican y ennoblecen perpetuando los
nombres de sus hijos ilustres».
El Ayuntamiento aprobó por unanimidad:
declararlo hijo predilecto, dar su nombre a la calle Veracruz y enviarle
certificación y felicitación oficial.
Desde
Sevilla, donde se recuperaba de enfermedad, Garrido respondió con una carta
emocionada: «Abrumado por el peso de esas
distinciones [...] ninguna más grata a mi corazón que la que me ofrece ese
pueblo que me vio nacer».
Incluyó
una fotografía suya para que quedara en el archivo municipal.
Tras su recuperación, volvió a Cuba y recibió el mando del Tercio de Escuadras y Guerrillas de Guantánamo nº 1. Continuó combatiendo hasta que la fiebre amarilla lo alcanzó.
Murió
en Palmar (Cuba) el 9 de febrero de
1898, a los 49 años. Fue enterrado en un panteón ofrecido por la
población de Guantánamo.
Su
deseo de «dormir el sueño eterno junto a
los restos de mi idolatrada madre» aún no se ha cumplido.
En
1877 se había casado en Guantánamo con Matilde
Mckormic Olazábal, con quien tuvo diez hijos. Tras su muerte, la familia regresó a España y se
estableció en Sevilla, aunque Matilde volvería a Cuba años después.
La
saga de los Garrido Romero
continuó tanto en Andalucía como en la isla.
Pedro
Garrido Romero fue más que un militar laureado. Fue un símbolo de su tiempo: un
hombre nacido en una calle humilde que llegó a lo más alto del reconocimiento
militar español; un combatiente incansable; un hijo que nunca olvidó a su
pueblo; un héroe que Villamartín supo honrar en vida.
Su
historia, documentada con precisión en los archivos locales y militares, es una
de las más completas y emocionantes del siglo XIX villamartinense. Y es, sobre
todo, un recordatorio de que la
grandeza también nace en las calles pequeñas.