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21 junio 2026

Historia nº. 50 Pedro Garrido Romero


El hijo predilecto que Villamartín elevó a la categoría de héroe

 

          La historia de Villamartín está hecha de nombres que se pierden en los padrones, en las actas municipales y en los silencios de las casas antiguas. Pero hay figuras que, por la fuerza de sus actos, rompen ese silencio y se convierten en símbolos. Pedro Garrido Romero, nacido en la calle Veracruz el 1 de noviembre de 1848, es uno de ellos: un soldado que se hizo comandante, un comandante que se hizo héroe y un héroe que su pueblo convirtió en hijo predilecto cuando aún estaba vivo.

          Su vida, reconstruida a partir de los archivos municipales, militares y familiares, es una de las trayectorias más intensas y documentadas de cuantos villamartinenses participaron en la Guerra de Cuba. Su nombre no es solo memoria: es un capítulo entero de la historia militar española del siglo XIX.

          La genealogía de Pedro Garrido Romero es una historia de movilidad social en la Andalucía rural. Su abuelo materno, Francisco Romero Ramos, llegó a Villamartín en 1812 desde Ubrique para trabajar como cerrajero. Su madre, Francisca Romero Gil, nació en 1823 y pertenecía a una familia numerosa asentada en la calle Veracruz.

          Su padre, Pedro Garrido y Garrido, era maestro de primeras letras, nacido en Bornos en 1810 y trasladado a Villamartín hacia 1845 para enseñar en las escuelas del exconvento de San Francisco. Allí vivió, enseñó y formó una familia.

          De ese matrimonio nacieron varios hijos, entre ellos Pedro Garrido Romero, cuya vida daría un giro radical al cumplir los 21 años.

          En 1869, con 21 años recién cumplidos, Pedro Garrido ingresó como soldado en el Batallón de Cádiz Expedicionario a Cuba. Era el inicio de la Guerra de los Diez Años, uno de los conflictos más duros del siglo XIX español.

          A su llegada a la isla entró en combate en la jurisdicción de Sancti Spíritus, y pronto fue trasladado al 2º Batallón de Voluntarios de Madrid, con el que combatió en 1870. Su carrera militar avanzó con rapidez: ascensos, destinos, méritos y una resistencia física y moral que lo acompañaría toda su vida.

          Entre 1870 y 1876 combatió bajo las órdenes del coronel Valeriano Weyler y Nicolau, uno de los mandos más duros y eficaces del Ejército español en Cuba. En esos años participó en acciones en Remedios, Cienfuegos, Trinidad y Puerto Príncipe, ganando dos Cruces Rojas al Mérito Militar.

          En 1876 fue ascendido a sargento segundo por antigüedad, y un año después recibió el empleo de alférez de movilizados, seguido del de teniente y, en 1880, el de teniente por méritos de guerra.

          Su hoja de servicios era ya la de un combatiente excepcional.

          Tras el fin del conflicto, sirvió en Guantánamo y Tiguabos, y entre 1883 y 1886 pasó por unidades como: Regimiento de la Reina, Batallón de Cazadores de Chiclana, Regimientos de España y de La Habana y Batallón de Cazadores de la Unión.

          En 1886 pasó a la situación de supernumerario sin sueldo, y en 1892 quedó retirado.

          Parecía el final de su carrera. Pero la historia le tenía reservado un regreso fulgurante.

          Cuando estalló la nueva insurrección cubana en 1895, Pedro Garrido no dudó: volvió voluntariamente al servicio activo. Tenía 47 años, una edad en la que muchos oficiales buscaban destinos tranquilos. Él pidió combate.

          En marzo de ese año salió al mando de una compañía de movilizados para perseguir a la partida de los hermanos Merceo Grajales. En mayo fue ascendido a comandante de movilizados y recibió el mando de las Escuadras de Santa Catalina de Guaso.

          El episodio más célebre de su carrera ocurrió el 13 de mayo de 1895, en Jovito, cuando la columna del teniente coronel Joaquín Bosch fue rodeada por más de dos mil insurgentes. El documento lo narra así:

          «Al oír el teniente Garrido los disparos, salió de Jiguabos con los noventa soldados de las escuadras que tenía a sus órdenes [...] arrolló al enemigo, consiguiendo arrojarlo al otro lado del río Jaibo».

          Por esta acción fue ascendido a capitán de Infantería y recibió la Cruz de San Fernando de 2ª Clase, laureada, la más alta condecoración militar española.

          Mientras combatía, su pueblo seguía cada noticia. En julio de 1897, 189 vecinos firmaron una petición al Ayuntamiento para declararlo hijo predilecto y rotular con su nombre la calle donde nació. La exposición decía: «Los pueblos se dignifican y ennoblecen perpetuando los nombres de sus hijos ilustres».

          El Ayuntamiento aprobó por unanimidad: declararlo hijo predilecto, dar su nombre a la calle Veracruz y enviarle certificación y felicitación oficial.

          Desde Sevilla, donde se recuperaba de enfermedad, Garrido respondió con una carta emocionada: «Abrumado por el peso de esas distinciones [...] ninguna más grata a mi corazón que la que me ofrece ese pueblo que me vio nacer».

          Incluyó una fotografía suya para que quedara en el archivo municipal.

          Tras su recuperación, volvió a Cuba y recibió el mando del Tercio de Escuadras y Guerrillas de Guantánamo nº 1. Continuó combatiendo hasta que la fiebre amarilla lo alcanzó.

          Murió en Palmar (Cuba) el 9 de febrero de 1898, a los 49 años. Fue enterrado en un panteón ofrecido por la población de Guantánamo.

          Su deseo de «dormir el sueño eterno junto a los restos de mi idolatrada madre» aún no se ha cumplido.

          En 1877 se había casado en Guantánamo con Matilde Mckormic Olazábal, con quien tuvo diez hijos. Tras su muerte, la familia regresó a España y se estableció en Sevilla, aunque Matilde volvería a Cuba años después.

          La saga de los Garrido Romero continuó tanto en Andalucía como en la isla.

          Pedro Garrido Romero fue más que un militar laureado. Fue un símbolo de su tiempo: un hombre nacido en una calle humilde que llegó a lo más alto del reconocimiento militar español; un combatiente incansable; un hijo que nunca olvidó a su pueblo; un héroe que Villamartín supo honrar en vida.

          Su historia, documentada con precisión en los archivos locales y militares, es una de las más completas y emocionantes del siglo XIX villamartinense. Y es, sobre todo, un recordatorio de que la grandeza también nace en las calles pequeñas.