El Eco de Alá en Villamartín
Una Anomalía que Ya No Puede Ignorarse
Hay expresiones que sobreviven a los imperios, a las guerras, a los reyes y a los burócratas. Una de ellas —quizá la más obstinada de todo al‑Ándalus— es esa jaculatoria que se repite como un latido en los muros del Palacio de Comares: Wa lā gāliba illā‑llāh, No hay vencedor sino Alá. Ahí está, grabada una y otra vez, como si los nazaríes hubieran querido que el mensaje se escuchara incluso cuando ya no quedara nadie para pronunciarlo.
El
26 de marzo de 2009, Canal Sur Televisión lo recordó en su informativo La
noche al día. Javier Domínguez presentó un reportaje de Alicia Leiva donde
Juan Castilla, investigador del CSIC, y María del Mar Villafranca, directora
del Patronato de la Alhambra, anunciaban la publicación del Corpus Epigráfico de la Alhambra, el
primer libro y DVD que estudiaba de manera sistemática las inscripciones del
Palacio de Comares. Los arabistas y epigrafistas demostraban algo que muchos
sospechaban pero nadie había demostrado con rigor: la Alhambra no es sólo un palacio de poemas, sino un entramado de
símbolos, plegarias y proclamas políticas.
Entre
todas ellas, una destaca por encima de las demás: «Wa lā gāliba illā‑llāh»
La
frase más repetida en Comares. La más insistente. La más cargada de historia.
Según
las fuentes andalusíes, este lema ondeaba en la bandera blanca del tercer
califa almohade, Ya‘qūb al‑Manṣūr, en la batalla de Alarcos (1195). No era un adorno: era una declaración de poder,
una afirmación de destino. Con el tiempo, Muḥammad Ibn al‑Aḥmar, el
fundador de la dinastía nazarí, lo convirtió en emblema de su casa. Y cuando en
1238, tras la victoria en la
batalla de Arjona, entró
triunfal por la Puerta de Elvira, los granadinos lo recibieron como al elegido
de Dios. Él, lejos de atribuirse la gloria, respondió con la frase que ya era
su sello: «No hay vencedor sino Alá».
Era su forma de decir que la victoria no era suya, sino del designio divino.
Pero la historia nunca se conforma con una
sola versión. Lafuente Alcántara
recogió otra: en la víspera de Alarcos, un ángel montado en un caballo blanco
apareció en los cielos tremolando una bandera donde ya figuraba la jaculatoria.
Una visión sobrenatural que los granadinos adoptaron como emblema, convencidos
de que aquella frase venía directamente del cielo.
Y ahora, Villamartín: donde el «Eco de Alá» se
repite sesenta veces.
Hasta
aquí, historia grande, historia de reyes, batallas y palacios. Pero lo verdaderamente
jugoso —lo que nos toca, lo que nos pertenece— está a nueve kilómetros de
Villamartín, camino de Prado del Rey.
Allí, en una ermita chiquita, humilde pero cargada de devoción, veneramos a la Santísima Virgen de Las Montañas. Y en su alicatado interior, sin necesidad de viajar a Granada ni pagar entrada, pueden leerse cerca de sesenta veces las mismas palabras que decoran el Palacio de Comares: No hay vencedor sino Alá, Wa lā gāliba illā‑llāh.
Sesenta
veces. En Villamartín. En una ermita cristiana. Y sin que nadie se rasgue las
vestiduras… o casi.
Y digo
«o casi» porque ya sabemos cómo funciona esto: basta con que uno abra la boca o
pida algo para que algún vigilante del dogma se dé por ofendido o se crea dueño
de la cultura. Yo lo viví en carne propia: por comunicar que los archivos
históricos de la parroquia donde están las historias de nuestros antepasados estaban
empaquetados y listos para llevar a
Jerez, según me dijo el párroco emérito —el único cura presente aquel
día—, me acusaron de injurias y me condenaron a no entrar jamás en el recinto
donde se guardaban esos archivos.
«Espero que no me excomulguen con esto…».
Lo
dije con ironía, pero la amenaza estuvo ahí. Porque en Villamartín, como en
tantos sitios, hay quien confunde la custodia de la fe con la propiedad privada
de la historia y la cultura. Y cuando alguien señala una verdad incómoda,
siempre aparece algún inquisidor y se le castiga. No por mentir, sino por decir
lo que otros preferían callar.
Conclusión: que nadie venga a dar lecciones.
Así
que no, no tenemos que sentir envidia de Granada ni de la Alhambra. La frase
que resonó en Alarcos, que acompañó a Muḥammad I,
que se repite en Comares como un eco eterno, también está aquí, en nuestra ermita, repetida sesenta veces como
si quisiera recordarnos que la historia no es propiedad de nadie, y que los
símbolos viajan, se transforman y se mezclan sin pedir permiso.
Y
ahora, si de verdad creemos en la dignidad de nuestra historia y en el respeto
a nuestro propio patrimonio, la
Hermandad que custodia la Ermita de Las Montañas tiene una responsabilidad que
ya no puede seguir esquivando. Porque no es serio, no es coherente y no
es digno que en un templo cristiano —nuestro templo, nuestra devoción, nuestra
identidad— sigan repitiéndose sesenta
veces unos azulejos que proclaman Wa lā gāliba illā‑llāh, como si
nadie hubiera reparado en ello o como si fuera un detalle menor. No lo es. Es
una anomalía histórica, estética y religiosa que clama por una intervención
inmediata. Y si la Hermandad quiere presumir de custodiar la Ermita, entonces
que la custodie de verdad: que
sustituya esos azulejos, que actúe con responsabilidad, que deje de mirar hacia
otro lado y que demuestre que el patrimonio no se conserva con silencios, sino
con decisiones valientes. Porque en Villamartín ya hemos visto
demasiadas veces cómo se castiga al que dice la verdad y cómo se premia al que
calla. Y esta vez, lo siento, pero callarse no es una opción.
Y
si a alguien le molesta que lo digamos, que se aguante. Porque la historia es
la que es, y no hay vencedor sino la
verdad.