casa topete

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19 mayo 2026

La casa fuerte de la memoria.


                                El Museo de Villamartín cumple 25 años

La casa fuerte de la memoria

 

          Cuando uno se detiene frente al edificio del actual Museo Histórico Municipal de Villamartín, con su piedra basáltica y su geometría escalonada, cuesta imaginar que durante décadas fue un organismo vivo en busca de identidad. Nació como Centro Cultural, fue Casa de la Cultura, albergó aulas, bibliotecas, exposiciones improvisadas, reuniones, proyectos que prendían y se apagaban… hasta que, hace 25 años, encontró por fin su destino natural: custodiar la memoria del pueblo.

          Hoy, un cuarto de siglo después, el Museo celebra su aniversario convertido en lo que siempre quiso ser: un refugio para la historia local, un espacio donde los objetos hablan y donde Villamartín se reconoce.

          Pero para entender este presente, hay que volver atrás. Mucho atrás.

      El edificio se inauguró en septiembre de 1968. Era entonces un Centro de Extensión Cultural, un proyecto del Ministerio de Educación y Ciencia que pretendía irradiar cultura en los municipios españoles. Su arquitecto, Pablo Fábrega Roca, lo concibió como un puente entre lo viejo y lo nuevo, entre la “calle cornisa del pueblo” y la carretera moderna. En su memoria de proyecto dejó escrito: «Se pretendió hacer un edificio duro, fuerte. Así son sus materiales. Así sus gentes.»

          Durante años, aquel edificio duro y fuerte buscó su función. Hubo exposiciones de cuadros y monedas en 1973, impulsadas por el maestro Antonio García Tellado. Hubo aulas, conferencias, actividades dispersas. En 1983 llegó la Biblioteca Pública, aunque solo permaneció tres años antes de mudarse a la Plaza de Abastos.

          Era un edificio con vocación cultural, sí, pero aún sin un corazón claro.

          El 21 de diciembre de 1982, en una sesión municipal que hoy parece premonitoria, el alcalde Antonio Pérez Vidal planteó una idea que llevaba tiempo rondando en la Corporación: crear un Museo Local.

          El acta capitular lo recoge con claridad: «Dado la cantidad de objetos de carácter histórico, artístico y arqueológico que existían diseminados en poder de particulares… se consideraba conveniente que estos objetos se conservasen en la localidad de origen.»

          Era una llamada de auxilio. Villamartín tenía patrimonio, pero lo tenía disperso, vulnerable, sin inventario, sin protección. El edificio —entonces Casa de la Cultura— ofrecía un salón idóneo para empezar.

          La Corporación aprobó por unanimidad: Crear un Museo Local y ofrecer un salón del edificio para instalarlo.

          El museo, sin embargo, tardaría aún en tomar forma. Faltaban fondos, estructura, personal, un proyecto museográfico. Pero la semilla estaba plantada.

          Entre 1983 y finales de los 90, el edificio vivió una etapa de usos múltiples. La Consejería de Educación instaló allí un Centro de Profesores (CERE y EPOE), ocupando algunas dependencias. El resto del inmueble seguía acogiendo actividades culturales, pero sin un proyecto unificador.

          Era como si el edificio —aquel “duro, fuerte”— esperara pacientemente a que Villamartín decidiera qué quería hacer con él.

          A finales de la década de 1990, el Ayuntamiento retoma la idea del museo con decisión. Se inicia la recopilación sistemática de piezas, se contacta con familias que conservaban objetos históricos, se catalogan hallazgos arqueológicos, se diseña un discurso expositivo coherente.

          El edificio, que había sido concebido para “aglutinar a las gentes y su actividad”, encuentra por fin su función definitiva: ser la casa de la memoria colectiva.

          Hace ahora 25 años, el Museo Histórico Municipal de Villamartín abrió sus puertas como tal, ocupando progresivamente la totalidad del edificio.

          Ahora el Museo Histórico Municipal de Villamartín celebra sus 25 años, y hay un nombre que aparece inevitablemente en cada conversación, en cada vitrina, en cada logro: José María Gutiérrez López, arqueólogo, investigador y director del museo desde 1998. Si el edificio —aquel Centro Cultural de piedra basáltica nacido en 1968— encontró por fin su destino como casa de la memoria, fue en gran parte porque él supo darle alma, método y horizonte.

          El museo cumple un cuarto de siglo. Él lleva exactamente el mismo tiempo sosteniéndolo.

          Gutiérrez López no llegó al museo como un gestor administrativo, sino como un arqueólogo con una trayectoria ya consolidada. Desde los años noventa formaba parte del Gibraltar Cave Project, uno de los equipos internacionales más prestigiosos en el estudio de la prehistoria del Estrecho. Había dirigido excavaciones clave en la comarca, entre ellas la que marcaría para siempre la identidad patrimonial de Villamartín: el Dolmen de Alberite.

          Ese monumento neolítico —una galería de 20 metros, datada entre el 5100 y el 4900 a.C.— no solo es uno de los sepulcros más antiguos de la Península Ibérica; es también un símbolo de la profundidad histórica del territorio. Y nadie lo conoce mejor que él.

          Su biografía nos recuerda que: «Los hallazgos en el Dolmen de Alberite I representan uno de los descubrimientos más fascinantes del megalitismo europeo.»

          Ese conocimiento científico, acumulado en más de 120 artículos y cinco libros, fue el que llevó consigo cuando, en 1998, el Ayuntamiento aprobó por unanimidad la creación del Museo Histórico Municipal y lo nombró director.

          El edificio que hoy alberga el museo, del que ya he hablado, había sido muchas cosas: Centro Cultural, Casa de la Cultura, sede de exposiciones improvisadas, aulas, biblioteca, incluso dependencias del Centro de Profesores. Pero no tenía un proyecto estable, ni un discurso, ni una misión clara.

          Un documento estatal del Ministerio de Cultura, lo resume así: «El Ayuntamiento promovió la creación del Museo Histórico Municipal en 1998, destinándole como sede un edificio moderno… que había sufrido alteraciones debidas a los distintos usos a los que se destinó.»

          Era un edificio que esperaba una dirección. Y la encontró.

          Desde su llegada, José María Gutiérrez López hizo algo que muy pocos directores de museos municipales logran: construir un museo desde cero, sin colecciones institucionales previas, sin depósitos estatales, sin grandes presupuestos.

          Lo hizo con tres pilares: Recuperar el patrimonio disperso («piezas aportadas por vecinos de la localidad que mantenían en su poder diversos objetos y fragmentos.»), (Fue él quien organizó, catalogó y dio sentido a ese patrimonio doméstico, disperso y vulnerable.); Integrar los grandes yacimientos del término municipal (Bajo su dirección, el museo se convirtió en la institución responsable de: la necrópolis megalítica de Alberite, el yacimiento del casco urbano de Torrevieja, y el recinto fortificado medieval de Matrera. Tres pilares arqueológicos que hoy definen la identidad histórica de Villamartín.); y, Crear un discurso museográfico sólido (En dos plantas y 17 vitrinas, el museo ofrece un recorrido desde la prehistoria hasta el siglo XX. La maqueta del Dolmen de Alberite, los paneles del megalitismo, la arqueología medieval, las piezas romanas de Torrevieja… todo responde a una lógica científica y pedagógica.).

          Ese orden no estaba antes. Lo puso él.

          Mientras dirigía el museo, Gutiérrez López no dejó de investigar. Sus trabajos sobre megalitismo, arte rupestre, sepulcros de galería y territorios neolíticos son hoy referencia en Andalucía y el suroeste peninsular.

          Entre sus publicaciones destacan: Conservación, investigación y difusión del campo megalítico de Alberite (IAPH, 2008). Sepulcros megalíticos de galería en los piedemontes y Sierra de Grazalema-Ronda (Almajar, 2003). Estudios sobre El Juncal, Torrevieja y otros enclaves serranos.

          Su doble perfil —director y arqueólogo activo— ha sido clave para que el museo no sea solo un contenedor, sino un centro de conocimiento.

          Bajo su dirección, el museo ha organizado exposiciones temporales de gran nivel:

  • Muerte, ritos y creencias en la Janda Prehistórica
  • Centro Cultural de Villamartín (1965–68)
  • Conociendo la memoria

          Ha impulsado actividades escolares, conferencias, congresos, visitas guiadas y talleres. El museo aparece en el Directorio de Museos de España como una institución con:

  • archivo,
  • sala de investigadores,
  • taller de restauración,
  • biblioteca,
  • atención a investigadores,
  • accesibilidad completa.

          Todo eso no existía en 1998. Hoy es parte de su sello.

          Si el edificio del Centro Cultural —aquel que algunos criticaron en los años 60— se ha convertido en un símbolo querido, es porque el museo lo ha llenado de sentido. Y si el museo tiene hoy sentido, es porque su director ha sabido darle coherencia, rigor y continuidad.

          En 25 años, José María Gutiérrez López ha logrado algo que no se improvisa: que Villamartín se vea a sí misma a través de su historia.

          Los 25 años del Museo Histórico Municipal son también los 25 años de su director. Un cuarto de siglo en el que un arqueólogo convirtió un edificio errante en un museo sólido, respetado y necesario.

          Un museo que hoy es, como escribió el arquitecto Pablo Fábrega sobre el propio edificio: «Duro, fuerte. Así son sus materiales. Así sus gentes.»

          Y también así es la labor de quien lo dirige.

          Hoy, el Museo Histórico Municipal no es solo un contenedor de piezas. Es un espacio donde se cruzan: la arqueología del territorio, la historia social del pueblo, la memoria etnográfica, la identidad de generaciones enteras.

          Es también un símbolo: el triunfo de la constancia sobre el abandono, de la cultura sobre la desmemoria.

          Porque este museo no nació de un gran plan estatal ni de una inversión millonaria. Nació de la voluntad de un pueblo que no quiso perder su historia.

          El edificio de piedra basáltica, aquel que algunos criticaron en su día, se ha convertido en un icono. Su estética dura y su estructura escalonada —“lo viejo y lo nuevo”, como escribió Fábrega— encajan hoy con naturalidad en el paisaje urbano y emocional de Villamartín.

          Y el museo que alberga es, al fin, la respuesta a la pregunta que flotaba desde 1968: ¿Para qué sirve un edificio cultural si no es para guardar y compartir la memoria de su gente?

 

02 mayo 2026

Historia Nº 48 Torrevieja y Alberite, heridas abiertas en Villamartín

                              Torrevieja y Alberite, heridas abiertas en Villamartín

 

          Hay lugares que hablan incluso cuando nadie los escucha. Lugares que guardan siglos de memoria, de pasos, de manos, de vidas que estuvieron aquí antes que nosotros. Y luego está lo que hacemos con ellos. O, mejor dicho, lo que dejamos de hacer.

          Las imágenes que he tomado estos días en los yacimientos de Torrevieja y en el entorno del Dolmen de Alberite no son solo fotografías: son un diagnóstico. Un espejo. Una advertencia. Y, sobre todo, una vergüenza.

          En Torrevieja, el llamado “Parque de la Historia” recibe al visitante con muros desconchados, cristales rotos en el suelo, maleza creciendo sin control y un cartel informativo que parece más un recordatorio de lo que debería ser que de lo que realmente es. No hay cuidado. No hay presencia. No hay intención. Solo abandono.

          Más arriba, donde descansan los restos excavados, la escena es aún más dolorosa: estructuras expuestas, pavimentos antiguos devorados por la hierba, señales improvisadas que apenas explican nada. Un lugar que debería estar protegido como un tesoro se ha convertido en un espacio que parece sobrevivir por pura resistencia.

          Lo que podría ser un espacio de referencia para comprender el pasado griego y medieval de la zona se ha convertido en un símbolo incómodo de la desidia institucional. Los restos arqueológicos —que deberían estar protegidos, contextualizados y abiertos a la ciudadanía— aparecen rodeados de hierbas altas, muros a medio derruir y pasarelas que parecen más pensadas para impedir el paso que para facilitar la visita. La sensación dominante no es la de un enclave histórico, sino la de un lugar que ha sido abandonado a su suerte. 

                   Y luego está Alberite. El dolmen. El orgullo megalítico de Villamartín. El monumento que debería ser referente provincial, autonómico, nacional. Sí, tiene una estructura moderna que lo cubre. Sí, hay un intento de protección. Pero basta mirar alrededor para entender que no basta: vegetación sin controlar, accesos descuidados, un entorno que no transmite respeto, sino dejadez. Como si el monumento estuviera ahí por inercia, esperando a que alguien recuerde que existe.

          Lo más duro no es el deterioro físico. Lo más duro es la sensación de que nadie está mirando. De que nadie siente urgencia. De que el patrimonio se ha convertido en un trámite, en un decorado, en algo que se menciona en discursos, pero no se cuida en la realidad. 

          Villamartín tiene historia. Mucha. Y la está dejando caer.

    No necesitamos grandes inversiones para empezar a cambiar esto. Necesitamos voluntad. Necesitamos presencia. Necesitamos que alguien diga “basta” y actúe. Que se limpie, que se vigile, que se mantenga, que se explique, que se cuide. Que se entienda que estos lugares no son piedras viejas: son la raíz de lo que somos.

          Cada día que pasa sin intervenir es un día que se pierde para siempre. Y no exagero. El patrimonio no espera. Se erosiona, se rompe, se olvida.

          Quizá este texto sirva para algo. Quizá no. Pero al menos quedará escrito que lo vi. Que lo fotografié. Que lo dije. Que algunos no miramos hacia otro lado.

          Porque si dejamos caer nuestra historia, ¿qué nos queda?

30 abril 2026

Historia Nº 47 La ceremonia que convirtió a San Francisco en templo de la nación.


                 La ceremonia que convirtió a San Francisco en templo de la nación.

            Hay días que no se olvidan, aunque pasen siglos. Días en los que un pueblo entero se reconoce en un mismo latido. El 6 de septiembre de 1812, Villamartín vivió uno de esos momentos irrepetibles: el juramento solemne de la Constitución de Cádiz, la primera carta de libertades modernas de España. Y lo hizo en un lugar que ya entonces era el corazón espiritual de la villa: la Iglesia de San Francisco.

          El acta del Cabildo lo deja claro desde la primera línea: “Llegada que fue la hora señalada pasó a la iglesia de San Francisco… y estando ya llena de cuasi todas las personas de distinción del pueblo, y otras muchas de todas clases…”. La escena es poderosa: la élite local, los vecinos, los campesinos, los artesanos, todos juntos bajo la misma bóveda, en un templo que había visto siglos de devoción, pero nunca un acto tan cargado de futuro.

          La ceremonia comenzó con una misa solemne. Tras el Evangelio, el presbítero Juan María del Río, cura interino, subió al púlpito para pronunciar un sermón que el documento describe con precisión: “reflexiones poderosas y enérgicas y claramente proporcionadas para el conocimiento de los concurrentes”. No era un sermón cualquiera. Era la explicación pública de que España renacía tras la guerra, de que la libertad y la independencia volvían a ser posibles gracias a la Constitución recién sancionada por las Cortes.

          En un pueblo devastado por la ocupación francesa —el acta recuerda que las tropas “han destruido y demolido la mitad de los edificios materiales y arbolados de la población”— aquel mensaje no era teoría política: era esperanza pura. 

          Terminada la misa, el Sacramento fue expuesto. En su presencia, el escribano Andrés de Zúñiga leyó la Constitución “bien despacio y de modo que todos la entendiesen”. Imaginar ese momento es estremecedor: un templo lleno, en silencio absoluto, escuchando artículo por artículo la ley que prometía igualdad ante la justicia, soberanía nacional, libertad civil y el fin de los abusos del Antiguo Régimen.

          La lectura duró lo que tuvo que durar. Nadie se movió. Nadie quiso perder una palabra.

          Cuando terminó la lectura, el presidente del Ayuntamiento, Alejandro de las Cuevas, lanzó la pregunta solemne: ¿Juraban defender y obedecer la Constitución, al Rey, a las leyes y a la Pura y Limpia Concepción de María Santísima? La respuesta fue unánime, rotunda, emocionante: “Se oyeron repetidas exclamaciones públicas que decían: sí juramos.”

          Ese “sí juramos” no fue un trámite. Fue un acto de afirmación colectiva. Fue Villamartín diciendo que quería ser parte de una España nueva, libre, moderna.

          Tras el juramento, estalló la celebración. El documento lo narra con una energía que casi se puede oír: “Dio principio el cántico del Tedeum con repique y salvas continuadas de fuego en señal del mayor placer que reina en los corazones de estos habitantes.”

          La villa, que venía de años de saqueos, destrucción y miedo, se permitió por fin un día de júbilo. El Ayuntamiento ordenó tres días de fiestas, misas solemnes, iluminación general y hasta toros “para acabar de enjugar las lágrimas y gemidos con que nos ha oprimido el tirano de la Europa”. Era la celebración de la libertad recuperada. Era el alivio de un pueblo que volvía a sentirse dueño de su destino.

          El Cabildo quiso que aquel acto no quedara encerrado entre las paredes del templo. Ordenó enviar testimonio oficial a las Cortes, a la Regencia y al propio Rey, para que supieran que Villamartín estaba con ellos, que apoyaba la Constitución y que reconocía su esfuerzo por “guiar la nave de la España en medio de la mayor borrasca”.

          No era un gesto menor. Era la voz de un pueblo pequeño que se sabía parte de algo grande. Hoy, cuando entramos en la Iglesia de San Francisco y vemos su bóveda policromada, su cúpula gallonada o el retablo del Cristo de la Veracruz, cuesta imaginar que en ese mismo espacio se vivió uno de los momentos más intensos de la historia local.

          Pero el documento lo confirma: fue allí, en ese templo del siglo XVI, donde Villamartín juró su libertad civil. Fue allí donde la villa dejó de ser solo súbdita para convertirse en ciudadanía.

          San Francisco no es solo un edificio histórico. Es el lugar donde Villamartín se reconoció como parte de una nación moderna. Es el corazón secreto donde la villa juró su historia.

28 abril 2026

Historia Nº 46 Cuando el Rey escribía a Villamartín

Cuando el rey escribía a Villamartín

El despacho real registrado el 3 de febrero de 1775

 

          El 3 de febrero de 1775, el cabildo de la Villa de Villamartín dejó asentado en su libro capitular un despacho procedente directamente de la Casa del Rey, un documento que condensaba no solo la burocracia del Antiguo Régimen, sino también la compleja red de mercedes, oficios hereditarios y prerrogativas locales que articulaban el poder municipal en la España del siglo XVIII. 

          El texto, fechado en Aranjuez el 23 de junio de 1774 y firmado con la solemne fórmula “Yo el Rey”, procedía de Carlos III, quien se presentaba con la larga enumeración de títulos que recordaban la vastedad de la Monarquía Hispánica: “Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén… Archiduque de Austria, Duque de Borgoña… Señor de Vizcaya y de Molina” .

          El despacho tenía un propósito claro: confirmar y transferir el oficio de alguacil mayor de Villamartín a D. Antonio Topete y Fuentes, en virtud de su matrimonio con Dña. María del Carmen Jiménez Venegas, legítima heredera del cargo. El Rey recordaba que su propio padre había otorgado en 1738 el título a D. Miguel Topete Venegas, y que posteriormente, en 1760, se permitió que D. Francisco Nicolás Jiménez del Canto ejerciera el oficio de manera interina mientras la heredera “tomaba estado” .

          Ahora, consumado el matrimonio, Antonio Topete solicitaba que el oficio se le reconociera “en su cabeza”, como bien de su esposa. El Rey accedía: “Mi voluntad es que… vos, el dicho D. Antonio Topete y Fuentes, seáis mi Alguacil Mayor de la Villa de Villamartín… como bienes de la referida Dña. María del Carmen vuestra mujer… perpetuamente para siempre jamás” .

          El despacho detallaba con precisión las preeminencias del oficio, apoyándose en dos cédulas de Felipe IV (1730 y 1738) que habían otorgado privilegios a Juan Carrasco. Entre ellas destacaban: voz y voto en el Ayuntamiento; entrada con vara, espada y daga; primer asiento después de la Justicia; facultad de nombrar un teniente; y, derecho a ejecutar mandamientos, posesiones y diligencias.

          El Rey ordenaba expresamente al Consejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Escuderos, Oficiales y Hombres buenos de Villamartín que recibieran a Antonio Topete, le tomaran juramento y le dieran posesión del cargo sin dilación. El texto insistía en que se le guardaran todas las “honras, gracias, mercedes, franquezas, libertades, excepciones, preeminencias, prerrogativas e inmunidades” propias del oficio .

          El despacho incluía también una referencia fiscal clave: la media anata, un impuesto que gravaba la concesión de oficios y mercedes. El Rey aclaraba que Antonio Topete no debía pagarla, pues ya la había satisfecho su esposa cuando sucedió en el cargo. El documento añadía que la Contaduría General de Valores de la Real Hacienda había registrado el pago de 937 maravedíes de vellón por parte de Dña. María del Carmen en 1756.

          El despacho concluía con las firmas de los altos funcionarios que lo habían tramitado: José Ignacio de Goyeneche, secretario del Rey; Nicolás Verdugo, regidor y teniente de chanciller mayor; Manuel Vicente Figueroa; Francisco de la Mata Linares; y Pedro Rodríguez Campomanes, figura clave del reformismo borbónico.

          Finalmente, el 5 de julio de 1774, se certificaba en Madrid la toma de razón del título en la contaduría de la Real Hacienda.

          Este despacho, registrado en Villamartín en 1775, no es solo un trámite administrativo: es un retrato vivo de cómo se articulaba el poder municipal en la España borbónica. Muestra la continuidad de los oficios hereditarios, la importancia del matrimonio como mecanismo de transmisión del poder, la intervención directa del monarca en la vida local y la compleja red de privilegios que sostenía la estructura institucional del Antiguo Régimen.

 

Texto original

 (Documento original: Cabildo de 3 de febrero de 1.775) 

17 abril 2026

Historia Nº. 45: Adolfo Blanco Caballero y la modernización de Villamartín

 

Adolfo Blanco Caballero y la modernización de Villamartín

Una reconstrucción histórica ampliada

 

          Entre 1937 y 1963, Villamartín experimentó una transformación estructural, social y administrativa sin precedentes. En apenas veintiséis años, la localidad pasó de un estado de estancamiento a convertirse en un referente comarcal dentro de la Sierra de Cádiz. Este proceso de modernización estuvo estrechamente vinculado a la figura de Adolfo Blanco Caballero, administrador de correos de origen extremeño y alcalde de Villamartín durante dieciséis años consecutivos.

          Los documentos fuentes subrayan esta simbiosis histórica con una frase que sintetiza su relevancia: «La personalidad de D. Adolfo Blanco Caballero va tan íntimamente ligada a la historia contemporánea de Villamartín como las dos caras de una moneda.»

          Adolfo Blanco Caballero nació en Trujillo el 27 de junio de 1898 y fue bautizado ese mismo año en Romangordo (Cáceres). Su infancia transcurrió en este municipio, cuyo pasado árabe y medieval se menciona en el documento como parte del trasfondo cultural del protagonista. Allí vivió con sus padres, Manuel Blanco y Antonia Caballero Santibáñez, y sus hermanos Eliseo y Mezanio.

          Los textos señalan que la familia era «de familia suficiente», lo que se deduce del nivel educativo alcanzado por sus hijos. Adolfo estudió en Plasencia y Madrid, formación que marcaría su desvinculación definitiva del entorno rural de su infancia. La despedida de su pueblo queda recogida en una imagen de fuerte carga emocional: «Cuando marchaba por el “Camino del Palomar”, echó una última mirada a su pueblo… bajó por la “Cuesta de la Cabeza” con el alma encogida…»

          Su carrera profesional comenzó como cartero, con destinos sucesivos hasta coincidir con su hermano Eliseo en Sanlúcar de Barrameda. Desde allí, en 1937, fue designado Jefe Nacional de Correos de Villamartín, punto de inflexión que lo vincularía para siempre con la localidad gaditana.

          A su llegada a Villamartín, Adolfo asumió la administración de correos ubicada en la Plazoleta Calvo Sotelo (actual Plazoleta de la Encrucijada). Poco después contrajo matrimonio con Manolita Jiménez Vázquez, hija del industrial Manuel Jiménez Maza. En 1939 nació su hija Elisa Blanco Jiménez, pero la muerte prematura de Manolita marcó profundamente al nuevo administrador, quien afirmaba que en Villamartín reposaban «trozos de su corazón».

          En 1946 contrajo segundas nupcias con Adelaida Jarava Trujillo, hija del labrador Pedro Jarava Troncoso. Con ella tuvo dos hijas: Elisa y María del Carmen Blanco Jarava.

          La llegada de su madre, Antonia Caballero, en 1938, consolidó aún más su arraigo en la localidad.

          Desde sus primeros años en Villamartín, Adolfo se involucró en la vida pública: fue delegado sindical, primer teniente de alcalde y, finalmente, alcalde desde el 17 de diciembre de 1947 hasta 1963.

          Las fuentes documentales recogen la valoración de su colaborador José Bernal Cisuela, quien lo describe como un referente político y social: «…fue el centro de la vida social y política de esa época histórica…», «…no le tocó tiempos fáciles, se carecía de todo…».

          Su estilo de liderazgo se caracterizó por la constancia, la disciplina y una visión de progreso basada en la unidad vecinal; decía: «Mientras los pueblos unidos caminaban hacia la grandeza, los pueblos divididos marchaban hacia el caos.» 

          El periodo de gobierno de Adolfo Blanco Caballero constituye uno de los más fecundos de la historia contemporánea de Villamartín. La sesión municipal del 6 de febrero de 1963, celebrada durante la visita del gobernador civil, dejó constancia oficial de las principales realizaciones.

          En educación y cultura: construcción del Grupo Escolar “Elio Antonio de Nebrija”, creación del Grupo de Microescuelas, adaptación del edificio de San Francisco para convertirlo en el Grupo Escolar “Ntra. Sra. de las Montañas”, construcción de varias escuelas rurales, ampliación del número de escuelas nacionales de 8 a 29 y fundación del Colegio de Enseñanza Media “Menéndez Pelayo”, que democratizó el acceso a la educación secundaria.

          En vivienda y urbanismo: 8 casas baratas en Rodríguez de Valcárcel (hoy calle La Noria), 56 viviendas ultraeconómicas en La Tenería, barriadas San Sebastián y Santa Ana (100 viviendas), barriada Álvaro Domecq (50 viviendas). Centenares de viviendas privadas en la margen derecha de la Avenida Manuel Jiménez Maza y en La Noria; red general de alcantarillado, abastecimiento de agua potable, pavimentación de la mayoría de las calles, alumbrado público fluorescente y construcción del nuevo Matadero Municipal.

          El alcalde expuso dos desafíos estructurales aún sin resolver: El paro estacional agrícola, agravado por las lluvias; y el chabolismo en las barriadas de La Fuentezuela, Los Areniscos y El Barrero.

          El 31 de mayo de 1963, tras ser nombrado Administrador Principal de Correos de Cádiz, Adolfo intentó despedirse de la corporación municipal. La emoción le impidió pronunciar su discurso, dejando solo una frase recogida en acta: «Que, si a alguno había ofendido, le rogaba lo perdonara.»

          Siguió un silencio de más de dos minutos, descrito como «silencio expresivo de Iglesia», que simbolizó la unidad del Ayuntamiento y el reconocimiento a su labor.

          Villamartín lo nombró hijo adoptivo y le entregó un pergamino y una placa conmemorativa.

          El 1 de julio de 1963 tomó posesión como administrador principal de Correos de Cádiz, cargo anunciado por la prensa provincial. Desde la torre-mirador del edificio de Correos, construido en 1925, se dice que miraba hacia el Este, hacia Villamartín.

          Falleció en Cádiz el 5 de junio de 1980, a los 82 años, y fue enterrado en Villamartín, cumpliendo su deseo.

          Un poema local sintetiza su legado: «Para que la memoria quede siempre presente, es necesario escribir tu nombre, ADOLFO.»

          La figura de Adolfo Blanco Caballero constituye un caso paradigmático de liderazgo local en la España de posguerra: un funcionario que, desde la administración municipal, impulsó un proceso sostenido de modernización, ampliación de servicios públicos y cohesión social.

          Su legado, documentado en actas municipales, testimonios y memoria colectiva, sigue siendo un referente para la historia contemporánea de Villamartín.

13 abril 2026

Historia Nº 44: El Archivo Histórico Parroquial


 El Archivo Histórico Parroquial

Cuando un pueblo siente que le arrancan algo suyo

 

          Hay historias que no necesitan grandes gestos para doler. A veces basta una puerta cerrada, unas cajas apiladas y un silencio incómodo para que un pueblo entero sienta que algo esencial se ha perdido. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el Archivo Histórico Parroquial de Villamartín.

          No estamos hablando de un simple conjunto de documentos. Estamos hablando de un latido. De un hilo que une a generaciones enteras. De un lugar donde nuestros apellidos, nuestras casas, nuestras bodas, nuestros duelos y nuestras pequeñas victorias quedaron escritos para que nadie pudiera borrarlos.

              Y, sin embargo, un día desapareció de su sitio.

          Durante siglos, la parroquia de Santa María de las Virtudes guardó un tesoro que pocas localidades pueden siquiera imaginar:

  • Libros completos de bautismos desde 1525
  • Libros completos de matrimonios desde 1622
  • Libros completos de defunciones desde 1638
  • Todos los libros de Fábrica desde 1528
  • Y un sinfín de libros de visitas, protocolos, fundaciones, cabildos, patronatos y legajos varios que cuentan la vida del pueblo con una precisión que ningún historiador podría inventar. 

          Como dice el vecindario, «…cada legajo, cada acta y cada expediente constituye una pieza del relato cívico que ha dado forma al pueblo». Y es verdad. Quien ha consultado alguna vez un libro de bautismos sabe que no está leyendo tinta: está leyendo raíces.

          En 2015, tras la jubilación del párroco que durante décadas cuidó este archivo como quien cuida un jardín, llegó un relevo que no compartía esa sensibilidad. Y ante la petición de trasladar el archivo a Jerez, la decisión fue rápida: empaquetarlo y enviarlo lejos.

          Sin preguntar. Sin explicar. Sin pensar en lo que significaba para la gente.

          La gente lo resume con una frase que duele por su sencillez: «…los empaquetó y se los quitó de en medio».

          Y así, de un día para otro, Villamartín se quedó sin su memoria más íntima.

          No todo el mundo puede desplazarse a Jerez para resolver un trámite familiar, investigar su genealogía o simplemente reencontrarse con la historia de los suyos. Para muchos vecinos, ese archivo era un lugar cercano, accesible, casi cotidiano.  La distancia se ha convertido en una barrera. La burocracia, en un muro. Y la historia, en un privilegio para unos pocos.

           Un espacio donde uno podía entrar y sentir que pertenecía a algo más grande que su propia vida.

          Mientras tanto, Villamartín pierde un recurso cultural, educativo y turístico que debería estar generando actividad, conocimiento y orgullo local. Y un pueblo que pierde acceso a su memoria pierde también una parte de su identidad.

          Vivimos en una época en la que los archivos —municipales, eclesiásticos, públicos— se están transformando. Digitalización, transparencia, participación ciudadana. Como recuerda el que suscribe, «Su función se extiende más allá de la custodia: es un servicio activo, dinámico».

          Entonces, ¿cómo encaja esconder un archivo lejos de su comunidad? No encaja. Es un paso atrás. Un gesto que contradice todo lo que hoy entendemos por patrimonio vivo.

               Cuando un archivo se aleja, no solo se pierden documentos. Se pierde autonomía. Se pierde memoria. Se pierde voz.

          Por eso la reclamación es tan clara, tan legítima y tan necesaria: el Archivo Histórico Parroquial debe volver a Villamartín.

          No por capricho. No por romanticismo. Sino porque pertenece aquí. Porque nació aquí. Porque aquí lo necesita la gente que lo creó sin saberlo, generación tras generación.

          Un archivo no es un almacén. Es un espejo. Y un pueblo sin espejo corre el riesgo de no reconocerse.

          Villamartín merece recuperar el suyo.

 

11 abril 2026

Historia Nº 43: El archivo municipal

 

El archivo municipal

Dos siglos de abandono, rescates urgentes y promesas de orden

 

          Durante más de ciento setenta años, el archivo municipal fue el termómetro silencioso del estado administrativo de la villa: cuando el pueblo prosperaba, alguien recordaba que los documentos merecían cuidado; cuando la precariedad o la desidia se imponían, los papeles quedaban a merced de goteras, ratas y el olvido. Las actas capitulares conservan, casi a regañadientes, la historia de este vaivén.

          El 12 de enero de 1764, el Cabildo abrió la sesión con una advertencia que hoy suena casi desesperada. Las “partes de las Escribanías Públicas y de Cabildo” estaban extraviadas, mojadas y roídas por ratas y ratones. El problema no era menor: los documentos se guardaban en un cuarto alto de las Casas Capitulares, un lugar tan inadecuado que ponía en riesgo “la pública” —la administración misma— y la conservación de los papeles.

          La solución fue inmediata: el escribano debía mudar el archivo a la sala baja, donde se celebraban los acuerdos, y construir allí “unos estantes decentes”. El gasto se cubriría con fondos de la villa, previa orden de la Junta. Era el primer intento documentado de rescatar un archivo que ya entonces mostraba signos de abandono crónico.

          Treinta y dos años después, el 8 de agosto de 1796, la situación era aún más grave. El Cabildo reconoció que los archivos estaban “enteramente destruidos”, hasta el punto de que no podía encontrarse “documento alguno”. La causa: la falta de pericia y cuidado de los antiguos responsables.

          En ese contexto apareció Manuel de Sousa, portugués, vecino de Sevilla, librero e “inteligente en letra antigua”. Sousa ofreció arreglar el archivo, encuadernar los libros en badana o pergamino, ponerles suscripciones con los años y los nombres de los escribanos, y cobrar veinte reales de vellón por libro.

          El Ayuntamiento aceptó, pero no tenía fondos. La solución fue tan creativa como reveladora: pagarían el trabajo con el dinero procedente de las tierras baldías sembradas por los vecinos desde 1790. Para ello se comisionó a Alonso Topete, teniente alguacil mayor, quien cobraría las cantidades y las depositaría en manos de Alonso Chacón, nombrado depositario. Topete recibiría un 6% por su trabajo. Una vez concluido el proceso, el expediente completo debía volver al Ayuntamiento para su aprobación.

          El 19 de junio de 1859, casi un siglo después del primer aviso de ratas, el Gobernador autorizó un gasto de dos mil reales para el arreglo del archivo. La urgencia era máxima: los papeles estaban en “completo desorden”.

          La corporación ordenó que la secretaría trabajara a horas extraordinarias, auxiliada por el escribiente Francisco Contreras, y que se adquirieran estantes y tablas. Además, se exigió que el secretario aplicara “toda su inteligencia y esmero” para formar un inventario general de los documentos y de los muebles de la corporación.

          Dos meses después, el 28 de agosto de 1859, la secretaría informó que trabajaba “sin levantar mano” y que el archivo mostraba ya un “estado satisfactorio de adelanto”. La corporación recibió la noticia “con complacencia”.

          El 14 de mayo de 1870, el Ayuntamiento reconoció el mal estado de su propia fachada y decidió recomponerla, incluyendo el local del archivo municipal, cuyos muros interiores debían ser recalzados y cuyos techos necesitaban reparación.

          Pero el verdadero golpe llegó semanas después. El 4 de junio de 1870, el alcalde primero describió el archivo como “deplorable”. Su estado impedía despachar asuntos pendientes, retrasaba resoluciones superiores, bloqueaba la expedición de certificados y hacía imposible tramitar asuntos importantes.

          La solución fue contratar a José María Jurado como oficial temporero, con un sueldo de 10 reales diarios, para organizar la dependencia, colocar documentos y abrir índices. El gasto se cargaría al capítulo de imprevistos.

          El 24 de diciembre de ese mismo año, el Cabildo acordó sufragar la colocación de la estantería del archivo y los gastos menores del arreglo de documentos, trabajos que “tocan ya a su terminación”.

          El 1 de julio de 1888, el secretario informó que el archivo volvía a estar en mal estado: libros de actas capitulares, presupuestos, gacetas y otros documentos permanecían sin encuadernar. El Cabildo aprobó su encuadernación, con un gasto máximo de 125 pesetas, nuevamente con cargo al capítulo de imprevistos.

          El 7 de febrero de 1936, meses antes del estallido de la Guerra Civil, el Ayuntamiento tomó una decisión significativa: trasladar los archivos desde los altos de la plaza de abastos a la Casa Ayuntamiento. Allí quedarían instalados en una dependencia frente a la secretaría municipal, que sería reparada y aislada del resto de las habitaciones para garantizar su conservación.

          Era un gesto de protección en un momento en que el país entero se encaminaba hacia la incertidumbre.

          Leído en conjunto, este recorrido revela un patrón persistente: el archivo municipal fue siempre un espacio vulnerable, expuesto a la humedad, a los animales, a la falta de recursos y a la negligencia. Pero también fue objeto de esfuerzos periódicos —a veces heroicos, a veces improvisados— por parte de escribanos, libreros, oficiales y secretarios que entendieron que la memoria administrativa de un pueblo es un bien común. 

          El Archivo Municipal no es únicamente un depósito de documentos antiguos: es, ante todo, un espacio donde la memoria colectiva se organiza, se protege y se vuelve legible para las generaciones futuras. Cada legajo, cada acta y cada expediente conservado en sus estanterías móviles constituye una pieza del relato cívico que ha dado forma al pueblo. En un tiempo en el que la información se consume con rapidez y se olvida con la misma facilidad, la existencia de un archivo sólido y bien gestionado actúa como un contrapeso necesario, recordándonos que la historia local no se improvisa: se construye, se documenta y se preserva.

          A lo largo de las últimas décadas, el Archivo Municipal ha tenido que adaptarse a transformaciones profundas: la digitalización de fondos, la incorporación de nuevas normativas de transparencia, la creciente demanda ciudadana de acceso a la información y la necesidad de garantizar la conservación física de documentos que, en algunos casos, superan los doscientos años de antigüedad. Esta evolución no ha sido un simple proceso técnico, sino una redefinición del papel del archivo dentro de la administración pública. Hoy, su función se extiende más allá de la custodia: es un servicio activo, dinámico, que facilita la investigación, respalda la gestión municipal y contribuye a la construcción de una ciudadanía informada.

          El archivo también se ha convertido en un punto de encuentro entre pasado y presente. Investigadores, estudiantes, genealogistas, periodistas y vecinos acuden a sus instalaciones en busca de respuestas que solo los documentos pueden ofrecer. En ese diálogo silencioso entre quien consulta y quien conserva, se revela la verdadera dimensión del archivo: un lugar donde la historia deja de ser una abstracción para convertirse en una herramienta viva, capaz de iluminar conflictos, decisiones y procesos que aún hoy repercuten en la vida cotidiana del municipio.

          En un contexto de creciente preocupación por la pérdida de patrimonio documental, el Archivo Municipal representa un ejemplo de resistencia institucional. Su labor diaria —a menudo discreta, casi invisible— sostiene la continuidad administrativa, garantiza la trazabilidad de las decisiones públicas y preserva la identidad de la comunidad. Sin archivos, los pueblos se vuelven amnésicos; con ellos, recuperan la capacidad de comprenderse a sí mismos y proyectarse hacia el futuro con mayor coherencia.

 

Textos íntegros citados

(Copias de los documentos originales)

 

Cabildo de 12 de enero de 1764.

En este cabildo se dijo por sus mercedes que en atención a el extravío que padecen las partes de las Escribanías Públicas y de Cabildo con el motivo de halarse éstas en un cuarto alto de estas Casas Capitulares en donde se mojan y corren ratas y ratones, y que esto (cede) en grave perjuicio de la (----) pública para (---) y que los papeles estén con la custodia y defensa correspondiente de los temporales, el presente escribano los mude, y ponga en la sala baja donde se celebra acuerdos, haciéndose para ello unos estantes decentes para colocarlos, y que su importe se costee de los efectos de esta Villa para lo que los señores de la Junta libren lo que importe y así se acordó.

Cabildo 8 de agosto de 1796

En este cabildo se tiene presente que D. Manuel de Sousa de nación portuguesa, vecino de la ciudad de Sevilla de ejercicio librero e inteligente en letra antigua, quiere arreglar los archivos de esta villa que se hallan enteramente destruidos y sin poderse buscar documento alguno dimanado de la falta de pericia y cuidado de los  (---) antiguos de que resulta un perjuicio tan considerable al común y a la causa pública, por el interés que le resulta en su composición, llevando veinte reales de vellón cada libro que haga, lo que ha de forrar con badana o pergamino, encuadernándolos y poniéndole las subscripciones de los años de que proceden y escribanos, ante quienes se han (----) los documentos que envuelven, de que instruido este Ayuntamiento acordó de conformidad el que se ejecute dicho arreglo en atención a la utilidad que resulta al común, bajo el pie de los veinte reales que ha pedido dicho maestro, y respecto a que esta villa no tiene fondos en que ejecutarlo se pague de las tierras baldías que han sembrado los vecinos de esta villa desde el año pasado de mil setecientos noventa hasta el presente, para cuya cobranza se da comisión, en forma con las formalidades, requisitos y circunstancias a D. Alonso Topete, teniente alguacil mayor de esta villa, para que ejecute dicha cobranza, depositando las cantidades que resulten, en Alonso Chacón a quien nombra esta villa por Depositario cobrador cuyo arreglo de tierras de individuos y precios a que se han de pagar se arreglarán por los Sres. Justicias según el mérito de cada una fanega, señalando así mismo a dicho comisionado por razón de su trabajo y diligencia un seis por ciento de lo que cobre. Y ejecutado todo se traiga el expediente que se forme a este Ayuntamiento para su inspección y aprobación, y así se acordó.

Cabildo del 19 de junio de 1859

Estado autorizado por el Sr. Gobernador el gasto de dos mil reales para el arreglo del archivo, y siendo éste de urgentísima necesidad por el estado de completo desorden en que se encuentran sus papeles, acordó la corporación que se proceda por la secretaría a horas extraordinarias a practicar el indicado arreglo, valiéndose para el efecto en calidad de auxiliar del escribiente D. Francisco Contreras, adquiriendo los estantes y tablas que fueren necesarios y notificando los demás gastos que resultaren de la cuenta rendida al Sr. Gobernador en 1º del mes corriente y que son los más indispensables y económicos que se puedan notificar exceptuando (------------------) de la secretaría para que sin  (---) mano en la obra y aplicando a ella toda su inteligencia y esmero, la (-------) le sea posible y forme un (-----) general expresivo y circunstanciada de los papeles que el archivo contenga, así como los demás muebles y enseres con que cuenta la corporación para que no se carezca por más tiempo de este útil y tan preciso documento.

Cabildo del 28 de agosto de 1859

Se dio cuenta por la secretaría de estar trabajando sin levanta mano en el arreglo del archivo y de encontrarse éste en un estado satisfactorio de adelanto, prometiendo quedar terminado antes de mucho. La corporación quedó enterada con complacencia.

Cabildo de 14 de mayo de 1870

En vista del mal estado de la fachada del Ayuntamiento se acordó la recomposición en la parte más necesaria y la del local del archivo municipal, recalzando los muros interiores y componer los techos de las dependencias situadas en la planta baja.

Cabildo de 4 de junio de 1870

El ciudadano alcalde primero hizo presente a la corporación el estado tan deplorable en que se encontraba el archivo municipal, cuyo estado daba origen enteramente a que no se pudieran despachar en la forma oportuna multitud de asuntos pendientes de la resolución de la superioridad, impidiendo también la expedición de certificados  de expedientes de años anteriores, imposibilitando manera absoluta la tramitación de asuntos importantes, hizo presente también la imprescindible necesidad de una persona competente que se ocupe de organizar la referida dependencia, procediendo brevemente a la colocación de documentos a la apertura de índices y demás trabajos que se consideren indispensables, proponiendo para verificar este importante servicio con clase de oficial temporero con el haber de 10 reales diarios que se abonarán a cargo al capítulo de imprevistos al ciudadano José María Jurado que por su larga práctica en la administración municipal reúne los conocimientos a que se destina.

Cabildo de 24 de diciembre de 1870

Así mismo se acordó sufragar con cargo al capítulo de improvistos, la suma a que ascienda la colocación de la estantería del archivo municipal como igualmente los gastos menores que origine el arreglo de los documentos pertenecientes al mismo, cuyo trabajo toca ya a su terminación.

Cabildo de 1 de julio de 1888

Es propuesta del secretario de la corporación que visto el mal estado en que se encuentra el archivo municipal que aparecen sin encuadernar libros de actas capitulares, presupuestos, gacetas y otros documentos de años anteriores, se acordó proceder a su encuadernación, abonando el gasto que ocasiones, que no podrá exceder de ciento veinte cinco pesetas, con cargo al capítulo de imprevistos.

Cabildo de 7 de febrero de 1936

Se acordó trasladar los archivos actualmente existentes e los altos de la plaza de abastos a la casa Ayuntamiento que quedarán instalados en la dependencia frontera con la secretaría municipal a cuya dependencia se le hará las obras de reparación que sean necesarias para aislarla del resto de las demás habitaciones y darle entrada a la mencionada oficina de la secretaría.

 

08 abril 2026

Historia Nº 42: Historia de un Cenobio Persistente

 

El Convento de la Purísima Concepción de Villamartín

Historia de un cenobio persistente

 

          La historia del convento de la Purísima Concepción de Villamartín es, ante todo, la historia de una resistencia: resistencia al abandono, a la ruina, a las guerras, a las decisiones eclesiásticas y a los vaivenes económicos que marcaron la vida de la villa durante más de tres siglos. Los documentos históricos conservados permiten reconstruir un relato complejo, lleno de tensiones políticas, religiosas y sociales, que comienza a finales del siglo XVI y concluye, de forma definitiva, en 1926.

          El germen del convento se sitúa en los últimos veinticinco años del siglo XVI, cuando la poderosa familia formada por Antón Álvarez de Bohórquez y Marina de Sotomayor impulsa una obra pía destinada a fundar un cenobio femenino. Según el documento, Marina de Sotomayor, ya viuda, “empezó a crear antes de su fallecimiento” un patronato que entraría en vigor el 25 de abril de 1597.

          La fundación efectiva del convento no se materializó hasta mayo de 1635, cuando el Dr. Alonso Gómez de Rojas, canónigo de Sevilla y visitador general, llegó a Villamartín para erigir el convento de monjas “de la invocación de la Piedad y Concepción como había dispuesto Dña. Marina de Sotomayor”. Para ello trajo a tres religiosas profesas de la Concepción de Sevilla, estableció iglesia, altar, clausura y organizó el gobierno interno de la comunidad.

          Durante casi un siglo, la vida monacal transcurrió sin grandes sobresaltos. Sin embargo, en noviembre de 1726, el convento sufrió uno de los episodios más traumáticos de su historia: el arzobispo de Sevilla ordenó el traslado forzoso de las religiosas al convento de Arcos, sin previo aviso a las autoridades locales. Los documentos históricos describen la escena con viveza: “...el público que se acercó vio lo que pasaba y se alteró el orden público en pocos momentos”.

          La villa reaccionó con energía. Cabildos, representaciones, consultas jurídicas y súplicas al arzobispo y al nuncio se sucedieron durante años. El prelado justificó su decisión alegando que las monjas “pasaban muchas necesidades a causa de las pocas rentas que tenía el convento y estar éste muy mal tratado”.

          La restitución solo sería posible si Villamartín garantizaba manutención y reparaciones. Comenzó entonces un largo proceso de recaudación, arbitrios, mediciones de solares y obras que consumieron miles de reales. En 1736, tras una década de esfuerzos, las religiosas regresaron finalmente al convento.

          A pesar de la restitución, el convento nunca alcanzó una estabilidad económica sólida. Las obras continuaron durante décadas, y en 1757 la comunidad volvió a solicitar ayuda al Ayuntamiento, alegando que la fábrica del convento “se halla pasada por falta de medios, obrándose en él a expensas de la devoción y caridad de bienhechores”.

          Durante el siglo XIX, el número de religiosas osciló entre ocho y nueve. El claustro de 1822, detallado en el documento, muestra una comunidad diversa, con monjas procedentes de Puerto Real, Ubrique, Cádiz, San Fernando, Prado del Rey, Villamartín, Arcos y Morón.

          Sin embargo, la situación económica empeoró. En 1851 circuló el rumor de que, tras el Concordato, el convento sería suprimido. La villa reaccionó con tristeza y preocupación, pues consideraba a la comunidad “útil a la religión, necesaria a la sociedad y provechosa para el vecindario”.

          A finales del siglo XIX, la pobreza era evidente. Una inscripción hallada en la iglesia lo confirma: “SE REEDIFICÓ A EXPENSAS DE LOS SEÑORES DON JERÓNIMO Y DON JUAN ÁLVAREZ TROYA. AÑO 1898”. 

              En 1920, la Orden Franciscana decidió cerrar el convento debido a su estado ruinoso. Las monjas fueron trasladadas al convento de la Concepción del Puerto de Santa María, llevándose consigo la antigua imagen de la Virgen de las Angustias, que había presidido el templo desde el siglo XVI. Los documentos recuerdan que esta talla permaneció allí hasta 1982, cuando el obispo Rafael Bellido Caro solicitó su devolución.

          La comunidad permaneció en Villamartín hasta 1926, fecha en la que el arzobispo autorizó el traslado definitivo. La abadesa, consciente del clima hostil, escribió que algunos vecinos “las querían lanzar a escobazos y que todo lo de la comunidad quedara para ellos”.

          En 1936, el Ayuntamiento solicitó la cesión del edificio para construir viviendas sociales, aprovechando que el convento estaba ya desocupado.

          Hoy solo se conserva la iglesia de las Angustias, construida en el siglo XVII sobre la antigua capilla del cenobio. El Documento 1 la describe como un templo de una sola nave, con bóveda de cañón, decoración sobria y una espadaña lateral que rompe la uniformidad del conjunto.

          En su interior destacan: El retablo mayor barroco, presidido desde 1951 por la talla de la Virgen de las Angustias realizada por Juan Bernabé Britto, dos tallas procedentes de la capilla de la Virgen de los Reyes: un Nazareno y una Virgen, cuatro retablos menores y varias hornacinas añadidas en épocas posteriores y el coro alto, con ventanas al exterior, que permitía a las religiosas asistir a los oficios en clausura.

          La portada no es externa, sino que se abre a un vestíbulo interior, creando una peculiar callejuela que aún hoy sorprende a los visitantes.

          El convento de la Purísima Concepción de Villamartín fue durante más de tres siglos un espacio de espiritualidad, conflicto, pobreza, devoción y esfuerzo comunitario. Sobrevivió a guerras, desamortizaciones, traslados forzosos y crisis económicas. Finalmente, sucumbió no a la violencia, sino al desgaste del tiempo y a la falta de recursos.

          Hoy, la iglesia de las Angustias permanece como único testigo material de aquella larga historia. Un edificio que, como el propio convento, ha resistido siglos de transformaciones y que sigue recordando la presencia silenciosa de las mujeres que lo habitaron.