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19 mayo 2026

La casa fuerte de la memoria.


                                El Museo de Villamartín cumple 25 años

La casa fuerte de la memoria

 

          Cuando uno se detiene frente al edificio del actual Museo Histórico Municipal de Villamartín, con su piedra basáltica y su geometría escalonada, cuesta imaginar que durante décadas fue un organismo vivo en busca de identidad. Nació como Centro Cultural, fue Casa de la Cultura, albergó aulas, bibliotecas, exposiciones improvisadas, reuniones, proyectos que prendían y se apagaban… hasta que, hace 25 años, encontró por fin su destino natural: custodiar la memoria del pueblo.

          Hoy, un cuarto de siglo después, el Museo celebra su aniversario convertido en lo que siempre quiso ser: un refugio para la historia local, un espacio donde los objetos hablan y donde Villamartín se reconoce.

          Pero para entender este presente, hay que volver atrás. Mucho atrás.

      El edificio se inauguró en septiembre de 1968. Era entonces un Centro de Extensión Cultural, un proyecto del Ministerio de Educación y Ciencia que pretendía irradiar cultura en los municipios españoles. Su arquitecto, Pablo Fábrega Roca, lo concibió como un puente entre lo viejo y lo nuevo, entre la “calle cornisa del pueblo” y la carretera moderna. En su memoria de proyecto dejó escrito: «Se pretendió hacer un edificio duro, fuerte. Así son sus materiales. Así sus gentes.»

          Durante años, aquel edificio duro y fuerte buscó su función. Hubo exposiciones de cuadros y monedas en 1973, impulsadas por el maestro Antonio García Tellado. Hubo aulas, conferencias, actividades dispersas. En 1983 llegó la Biblioteca Pública, aunque solo permaneció tres años antes de mudarse a la Plaza de Abastos.

          Era un edificio con vocación cultural, sí, pero aún sin un corazón claro.

          El 21 de diciembre de 1982, en una sesión municipal que hoy parece premonitoria, el alcalde Antonio Pérez Vidal planteó una idea que llevaba tiempo rondando en la Corporación: crear un Museo Local.

          El acta capitular lo recoge con claridad: «Dado la cantidad de objetos de carácter histórico, artístico y arqueológico que existían diseminados en poder de particulares… se consideraba conveniente que estos objetos se conservasen en la localidad de origen.»

          Era una llamada de auxilio. Villamartín tenía patrimonio, pero lo tenía disperso, vulnerable, sin inventario, sin protección. El edificio —entonces Casa de la Cultura— ofrecía un salón idóneo para empezar.

          La Corporación aprobó por unanimidad: Crear un Museo Local y ofrecer un salón del edificio para instalarlo.

          El museo, sin embargo, tardaría aún en tomar forma. Faltaban fondos, estructura, personal, un proyecto museográfico. Pero la semilla estaba plantada.

          Entre 1983 y finales de los 90, el edificio vivió una etapa de usos múltiples. La Consejería de Educación instaló allí un Centro de Profesores (CERE y EPOE), ocupando algunas dependencias. El resto del inmueble seguía acogiendo actividades culturales, pero sin un proyecto unificador.

          Era como si el edificio —aquel “duro, fuerte”— esperara pacientemente a que Villamartín decidiera qué quería hacer con él.

          A finales de la década de 1990, el Ayuntamiento retoma la idea del museo con decisión. Se inicia la recopilación sistemática de piezas, se contacta con familias que conservaban objetos históricos, se catalogan hallazgos arqueológicos, se diseña un discurso expositivo coherente.

          El edificio, que había sido concebido para “aglutinar a las gentes y su actividad”, encuentra por fin su función definitiva: ser la casa de la memoria colectiva.

          Hace ahora 25 años, el Museo Histórico Municipal de Villamartín abrió sus puertas como tal, ocupando progresivamente la totalidad del edificio.

          Ahora el Museo Histórico Municipal de Villamartín celebra sus 25 años, y hay un nombre que aparece inevitablemente en cada conversación, en cada vitrina, en cada logro: José María Gutiérrez López, arqueólogo, investigador y director del museo desde 1998. Si el edificio —aquel Centro Cultural de piedra basáltica nacido en 1968— encontró por fin su destino como casa de la memoria, fue en gran parte porque él supo darle alma, método y horizonte.

          El museo cumple un cuarto de siglo. Él lleva exactamente el mismo tiempo sosteniéndolo.

          Gutiérrez López no llegó al museo como un gestor administrativo, sino como un arqueólogo con una trayectoria ya consolidada. Desde los años noventa formaba parte del Gibraltar Cave Project, uno de los equipos internacionales más prestigiosos en el estudio de la prehistoria del Estrecho. Había dirigido excavaciones clave en la comarca, entre ellas la que marcaría para siempre la identidad patrimonial de Villamartín: el Dolmen de Alberite.

          Ese monumento neolítico —una galería de 20 metros, datada entre el 5100 y el 4900 a.C.— no solo es uno de los sepulcros más antiguos de la Península Ibérica; es también un símbolo de la profundidad histórica del territorio. Y nadie lo conoce mejor que él.

          Su biografía nos recuerda que: «Los hallazgos en el Dolmen de Alberite I representan uno de los descubrimientos más fascinantes del megalitismo europeo.»

          Ese conocimiento científico, acumulado en más de 120 artículos y cinco libros, fue el que llevó consigo cuando, en 1998, el Ayuntamiento aprobó por unanimidad la creación del Museo Histórico Municipal y lo nombró director.

          El edificio que hoy alberga el museo, del que ya he hablado, había sido muchas cosas: Centro Cultural, Casa de la Cultura, sede de exposiciones improvisadas, aulas, biblioteca, incluso dependencias del Centro de Profesores. Pero no tenía un proyecto estable, ni un discurso, ni una misión clara.

          Un documento estatal del Ministerio de Cultura, lo resume así: «El Ayuntamiento promovió la creación del Museo Histórico Municipal en 1998, destinándole como sede un edificio moderno… que había sufrido alteraciones debidas a los distintos usos a los que se destinó.»

          Era un edificio que esperaba una dirección. Y la encontró.

          Desde su llegada, José María Gutiérrez López hizo algo que muy pocos directores de museos municipales logran: construir un museo desde cero, sin colecciones institucionales previas, sin depósitos estatales, sin grandes presupuestos.

          Lo hizo con tres pilares: Recuperar el patrimonio disperso («piezas aportadas por vecinos de la localidad que mantenían en su poder diversos objetos y fragmentos.»), (Fue él quien organizó, catalogó y dio sentido a ese patrimonio doméstico, disperso y vulnerable.); Integrar los grandes yacimientos del término municipal (Bajo su dirección, el museo se convirtió en la institución responsable de: la necrópolis megalítica de Alberite, el yacimiento del casco urbano de Torrevieja, y el recinto fortificado medieval de Matrera. Tres pilares arqueológicos que hoy definen la identidad histórica de Villamartín.); y, Crear un discurso museográfico sólido (En dos plantas y 17 vitrinas, el museo ofrece un recorrido desde la prehistoria hasta el siglo XX. La maqueta del Dolmen de Alberite, los paneles del megalitismo, la arqueología medieval, las piezas romanas de Torrevieja… todo responde a una lógica científica y pedagógica.).

          Ese orden no estaba antes. Lo puso él.

          Mientras dirigía el museo, Gutiérrez López no dejó de investigar. Sus trabajos sobre megalitismo, arte rupestre, sepulcros de galería y territorios neolíticos son hoy referencia en Andalucía y el suroeste peninsular.

          Entre sus publicaciones destacan: Conservación, investigación y difusión del campo megalítico de Alberite (IAPH, 2008). Sepulcros megalíticos de galería en los piedemontes y Sierra de Grazalema-Ronda (Almajar, 2003). Estudios sobre El Juncal, Torrevieja y otros enclaves serranos.

          Su doble perfil —director y arqueólogo activo— ha sido clave para que el museo no sea solo un contenedor, sino un centro de conocimiento.

          Bajo su dirección, el museo ha organizado exposiciones temporales de gran nivel:

  • Muerte, ritos y creencias en la Janda Prehistórica
  • Centro Cultural de Villamartín (1965–68)
  • Conociendo la memoria

          Ha impulsado actividades escolares, conferencias, congresos, visitas guiadas y talleres. El museo aparece en el Directorio de Museos de España como una institución con:

  • archivo,
  • sala de investigadores,
  • taller de restauración,
  • biblioteca,
  • atención a investigadores,
  • accesibilidad completa.

          Todo eso no existía en 1998. Hoy es parte de su sello.

          Si el edificio del Centro Cultural —aquel que algunos criticaron en los años 60— se ha convertido en un símbolo querido, es porque el museo lo ha llenado de sentido. Y si el museo tiene hoy sentido, es porque su director ha sabido darle coherencia, rigor y continuidad.

          En 25 años, José María Gutiérrez López ha logrado algo que no se improvisa: que Villamartín se vea a sí misma a través de su historia.

          Los 25 años del Museo Histórico Municipal son también los 25 años de su director. Un cuarto de siglo en el que un arqueólogo convirtió un edificio errante en un museo sólido, respetado y necesario.

          Un museo que hoy es, como escribió el arquitecto Pablo Fábrega sobre el propio edificio: «Duro, fuerte. Así son sus materiales. Así sus gentes.»

          Y también así es la labor de quien lo dirige.

          Hoy, el Museo Histórico Municipal no es solo un contenedor de piezas. Es un espacio donde se cruzan: la arqueología del territorio, la historia social del pueblo, la memoria etnográfica, la identidad de generaciones enteras.

          Es también un símbolo: el triunfo de la constancia sobre el abandono, de la cultura sobre la desmemoria.

          Porque este museo no nació de un gran plan estatal ni de una inversión millonaria. Nació de la voluntad de un pueblo que no quiso perder su historia.

          El edificio de piedra basáltica, aquel que algunos criticaron en su día, se ha convertido en un icono. Su estética dura y su estructura escalonada —“lo viejo y lo nuevo”, como escribió Fábrega— encajan hoy con naturalidad en el paisaje urbano y emocional de Villamartín.

          Y el museo que alberga es, al fin, la respuesta a la pregunta que flotaba desde 1968: ¿Para qué sirve un edificio cultural si no es para guardar y compartir la memoria de su gente?

 

02 mayo 2026

Historia Nº 48 Torrevieja y Alberite, heridas abiertas en Villamartín

                              Torrevieja y Alberite, heridas abiertas en Villamartín

 

          Hay lugares que hablan incluso cuando nadie los escucha. Lugares que guardan siglos de memoria, de pasos, de manos, de vidas que estuvieron aquí antes que nosotros. Y luego está lo que hacemos con ellos. O, mejor dicho, lo que dejamos de hacer.

          Las imágenes que he tomado estos días en los yacimientos de Torrevieja y en el entorno del Dolmen de Alberite no son solo fotografías: son un diagnóstico. Un espejo. Una advertencia. Y, sobre todo, una vergüenza.

          En Torrevieja, el llamado “Parque de la Historia” recibe al visitante con muros desconchados, cristales rotos en el suelo, maleza creciendo sin control y un cartel informativo que parece más un recordatorio de lo que debería ser que de lo que realmente es. No hay cuidado. No hay presencia. No hay intención. Solo abandono.

          Más arriba, donde descansan los restos excavados, la escena es aún más dolorosa: estructuras expuestas, pavimentos antiguos devorados por la hierba, señales improvisadas que apenas explican nada. Un lugar que debería estar protegido como un tesoro se ha convertido en un espacio que parece sobrevivir por pura resistencia.

          Lo que podría ser un espacio de referencia para comprender el pasado griego y medieval de la zona se ha convertido en un símbolo incómodo de la desidia institucional. Los restos arqueológicos —que deberían estar protegidos, contextualizados y abiertos a la ciudadanía— aparecen rodeados de hierbas altas, muros a medio derruir y pasarelas que parecen más pensadas para impedir el paso que para facilitar la visita. La sensación dominante no es la de un enclave histórico, sino la de un lugar que ha sido abandonado a su suerte. 

                   Y luego está Alberite. El dolmen. El orgullo megalítico de Villamartín. El monumento que debería ser referente provincial, autonómico, nacional. Sí, tiene una estructura moderna que lo cubre. Sí, hay un intento de protección. Pero basta mirar alrededor para entender que no basta: vegetación sin controlar, accesos descuidados, un entorno que no transmite respeto, sino dejadez. Como si el monumento estuviera ahí por inercia, esperando a que alguien recuerde que existe.

          Lo más duro no es el deterioro físico. Lo más duro es la sensación de que nadie está mirando. De que nadie siente urgencia. De que el patrimonio se ha convertido en un trámite, en un decorado, en algo que se menciona en discursos, pero no se cuida en la realidad. 

          Villamartín tiene historia. Mucha. Y la está dejando caer.

    No necesitamos grandes inversiones para empezar a cambiar esto. Necesitamos voluntad. Necesitamos presencia. Necesitamos que alguien diga “basta” y actúe. Que se limpie, que se vigile, que se mantenga, que se explique, que se cuide. Que se entienda que estos lugares no son piedras viejas: son la raíz de lo que somos.

          Cada día que pasa sin intervenir es un día que se pierde para siempre. Y no exagero. El patrimonio no espera. Se erosiona, se rompe, se olvida.

          Quizá este texto sirva para algo. Quizá no. Pero al menos quedará escrito que lo vi. Que lo fotografié. Que lo dije. Que algunos no miramos hacia otro lado.

          Porque si dejamos caer nuestra historia, ¿qué nos queda?