casa topete

casa topete

23 julio 2026

Historia nº 57 Molinos del Guadalete: de la harina al kilovatio.


                            Molinos del Guadalete: de la harina al kilovatio.

Una historia de ingenio, territorio y transformación.

 

          Los molinos de harina han sido, durante siglos, artefactos esenciales para la vida humana. No fueron simples máquinas: fueron infraestructura, economía, subsistencia y símbolo de autonomía. Allí donde se levantaba un molino, se afirmaba una comunidad. Allí donde giraba una rueda, se garantizaba el pan. En la Baja Andalucía, estos ingenios hidráulicos marcaron el ritmo de la vida rural desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX. Su presencia en los ríos no solo transformó el paisaje: ordenó el territorio, fijó caminos, creó dependencias económicas y, con el tiempo, se convirtió en la base de nuevas formas de energía.

          Entre todos los cursos fluviales de la región, el Guadalete fue uno de los más fecundos. Sus aguas, constantes y aprovechables, permitieron que Villamartín y su entorno desarrollaran una red de molinos que, con el paso de los siglos, evolucionó desde la molienda del pan hasta la producción de electricidad. 

Molino El Baho de los Torneos actual

          Los documentos más antiguos conservados muestran cómo, ya en el siglo XV, el Cabildo de Sevilla regulaba cuidadosamente la instalación de molinos en el Guadalete. No se trataba de construcciones improvisadas: cada molino exigía licencia, inspección y tributo, porque afectaba al río, al tránsito y a los intereses de la villa.

          En 1492, el Cabildo sevillano otorgó licencia a Alfonso Martín, carretero y vecino de Utrera, para construir un molino entre Villamartín y Las Gateras, “encima del Vado de las Ovejas”, con la obligación de pagar 50 maravedíes anuales al almojarifazgo de la villa. El documento especifica que: «...pudo certificar que su construcción no perjudicará a nadie».

          La frase es reveladora: el molino era útil, pero también potencialmente conflictivo. Su ubicación afectaba a pastos, pasos y derechos de agua. Por eso el Cabildo exigía garantías.

          Años después, en 1508, se repite el patrón. El Cabildo sevillano concede una carta de merced a Rodrigo Ortiz, vecino de Villamartín, para levantar otro molino en el Guadalete, «por encima del camino de Sevilla, entre el término de El Coronil y el de la villa», con un tributo de 68 maravedíes. De nuevo, el río como eje económico; de nuevo, la molienda como necesidad colectiva.

          Estas licencias muestran un Guadalete vivo, útil, disputado y ordenado por la administración. Cada molino era una pieza más en la red de subsistencia de la comarca.

          Desde entonces, la documentación consultada revela un crecimiento sostenido de molinos harineros en la ribera del Guadalete. Cada solicitud refleja la tensión entre necesidad económica y regulación administrativa. Así, como ejemplo, detallamos molinos construidos en la ribera del Guadalete:

          «1720, 1722, 1724: Molino en la Pasada de Bornos, propiedad de Sebastián García Barroso, quien pidió licencia para moverlo “más arriba”. Se le rogó precaución para no perjudicar al molinero Juan Ramos Blanco. 1730: Petición de Jerónimo de Espinosa para construir un molino en los baldíos del soto de la pasada de Morón. 1817: Solicitud de Salvador del Castillo para fabricar un molino en el Guadalete. Sin resolución. 1822: Construcción de un molino de madera en la Vega de Sevilla».

          Un caso especial lo encontramos en 1833: el Ayuntamiento de Villamartín estudió la solicitud de Pedro Rodríguez Casanueva para construir un molino harinero en Peña Parda, dentro del término municipal.

          El informe técnico es extraordinariamente detallado: describe el trazado del cao (el canal de derivación), las tierras afectadas, la anchura necesaria y la ubicación de la azuda. Los síndicos, junto al maestro arquitecto Santiago del Valle, inspeccionaron el lugar y concluyeron que: “...tanto la fábrica del molino como el cao [...] en tierras de propiedad particular, y por inútiles y arenales del río y sin perjuicios tampoco de las de propios...”

          El cao debía medir 570 varas, con un ancho de dos varas en el centro, más otras dos por cada lado para limpieza. La azuda se levantaría frente a las tierras de Las Gateras. El camino de acceso se fijaba desde los Mesones, pasando por el Sarracín y la Mediana.

          El Ayuntamiento aprobó la licencia por unanimidad, destacando que el proyecto era “benéfico para el común que carece de estos artefactos”. La construcción debía completarse en seis meses, bajo apercibimiento de reasignar la merced a otro solicitante.

          Este documento muestra cómo, ya en el siglo XIX, los molinos eran considerados infraestructura pública esencial, aunque se levantaran en tierras privadas. El río seguía siendo un recurso compartido, regulado y vigilado.

          Otros molinos después de 1833: «1837: José Aldama reclamó el molino que su bisabuelo Juan Ramos Blanco poseía en 1722, en las Moreras. 1845: Permiso a José del Castillo para fabricar un molino en la Vega de Sevilla. 1852: Solicitud de Pedro Frutoso para construir un molino en los Sotos del Guadalete. Aprobado posteriormente. 1861: Molino “El Pica”, propiedad de Francisco Camacho, en el camino de Sevilla. Este molino sería crucial: acabó convirtiéndose en molino de electricidad».

          Con la llegada de la modernidad, muchos molinos del Guadalete dejaron de moler trigo. Pero no desaparecieron: se transformaron. La fuerza del agua, que durante siglos movió piedras de moler, comenzó a mover turbinas. Algunos molinos fueron adaptados para generar electricidad, especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la energía hidráulica se convirtió en una alternativa viable para abastecer pequeñas poblaciones y explotaciones agrícolas.

          El principio era el mismo: aprovechar la caída del agua. Pero el resultado era distinto: luz, motores, modernidad.

          En paralelo, la expansión de estos ingenios se extendió hacia el afluente más importante del Guadalete, donde la topografía permitía pequeñas presas y canales. Arroyo, como el Sarracín, vio levantar nuevos molinos, algunos tradicionales, otros ya concebidos desde el inicio como minicentrales hidroeléctricas.

          Molinos en el arroyo Sarracín: «1772: Molino de Diego Ramírez Montánchez. 1800: Molino de María Báez, viuda, en la cabezada baja de la suerte de los propios. 1844: Molino construido por Salvador y Antonio Castillo entre la pasada de Sevilla y el puentecillo. 1847: Molino del Bao de los Torneos. 1868: El mismo molino, ya propiedad de Jerónimo Nieto López, convertido en instalación mixta: pan de día, electricidad de noche».

          Así, el Guadalete y su afluente el Sarracín se convirtieron en un sistema energético rural antes de la llegada de las grandes compañías eléctricas. La memoria de estos molinos es, por tanto, doble: alimentaron a la comarca y, más tarde, la iluminaron.

          Hoy, muchos de estos molinos están en ruinas, otros restaurados, otros convertidos en viviendas o alojamientos rurales. Pero todos forman parte de la historia profunda de Villamartín y su entorno.

          Desde 1492 hasta bien entrado el siglo XX, los molinos del Guadalete y su afluente el Sarracín fueron motor económico, símbolo de progreso y laboratorio de innovación. Primero dieron pan. Luego dieron luz. Y hoy, aunque muchos estén en ruinas o desaparecidos, siguen siendo parte esencial de la memoria hidráulica de Villamartín.


FUENTES CONSULTADAS:

— Archivos Históricos de Sevilla. (Papeles del Mayormazgo: Deborah Kirschberg Schenck  1489-1504/1505-1510).

— Archivos Históricos de Villamartín (Diversas actas capitulares).