1513: Villamartín alza la voz.
El Campo
de Matrera vuelve a ser disputa, y esta vez el pueblo exige lo suyo.
Hay documentos que parecen rutinarios,
simples notificaciones, piezas menores en el engranaje administrativo de una
ciudad poderosa como Sevilla. Pero basta leerlos con atención —y con memoria—
para descubrir que detrás de cada línea late un conflicto, una reivindicación y
una historia que no se resigna a ser olvidada. El texto fechado en Sevilla, 20
de abril de 1513, firmado por Diego Vázquez, lugarteniente del escribano mayor
del Cabildo, es uno de esos documentos.
En él se certifica algo que, leído
hoy, revela una tensión profunda entre Sevilla y Villamartín: el arrendamiento
del Campo de Matrera, revisado en 1511, no fue un asunto cerrado. Al contrario:
abrió una puerta que los vecinos de Villamartín aprovecharon para reclamar
derechos largamente negados.
“...consta
que el 8 de agosto de 1511 se vieron en el Cabildo las escrituras del
arrendamiento del Campo de Matrera… y que se decidió ordenar a Guillén de las
Casas… desplazarse a Villamartín y recabar información sobre las mismas”.
Ese viaje —el mismo que ya conocemos
por la cédula pregonada en Villamartín— no fue solo para anunciar la anulación
del arrendamiento. Fue también para escuchar. Y Villamartín habló.
El informe que Guillén de las Casas,
veinticuatro sevillano, presentó el 13 de octubre de 1511 ante el Cabildo es un
documento que debería estar grabado en la memoria histórica de Villamartín.
Porque en él aparecen, claras y contundentes, las demandas de un pueblo que
sabía que el Campo de Matrera no podía seguir siendo administrado sin tener en
cuenta a quienes vivían junto a él.
Los vecinos solicitaron tres cosas, y
las solicitaron con la fuerza de quien sabe que la justicia no se pide: se
reclama.
1.
Exención de impuestos
reales y concejiles durante diez años. Una petición que revela la carga fiscal
que sufría la villa y la necesidad de un respiro para poder crecer,
reconstruirse y sostenerse.
2.
La concesión de las
salinas de Monteracia para sus propios. Las salinas eran riqueza pura:
ingresos, recursos, autonomía. Pedirlas era un acto político.
3.
Que se les señalen
tierras para huertas, viñas y olivares. No era una petición menor: era exigir
tierra para producir, para vivir, para asegurar el futuro.
“...solicitando
del Cabildo una exención de tributos reales y concejiles durante 10 años, la
concesión de las salinas de Monteracia para sus propios y que se le señalen
tierras para huertas, viñas y olivares”.
El documento donde se plasman estas
peticiones carece de fecha, pero eso no les resta fuerza: Villamartín habló
cuando pudo, como pudo y con la claridad que la situación exigía.
Lo más sorprendente del documento no
es la petición, sino la respuesta. Guillén de las Casas, representante de
Sevilla, se declaró a favor de concederlas. Un gesto que, en el contexto del
siglo XVI, es casi insólito: un veinticuatro apoyando las demandas de un pueblo
rural frente a los intereses de la Ciudad.
El informe —también sin fecha— fue entregado
al Cabildo sevillano, y el Cabildo, lejos de rechazarlo, estuvo de acuerdo.
Y acordó conceder las peticiones.
Sí: concederlas.
En un tiempo en que los pueblos
pequeños solían ser ignorados, Villamartín logró que Sevilla reconociera sus
necesidades y aceptara sus demandas. No fue un regalo. Fue una victoria.
La notificación de Diego Vázquez no es
solo un registro administrativo. Es la prueba documental de que Villamartín, en
1511 y 1513, no fue un actor pasivo en la historia del Campo de Matrera. Fue
protagonista. Fue interlocutor. Fue reclamante.
Y lo más importante: fue escuchado.
El Cabildo sevillano, tantas veces
distante, tantas veces ajeno a la vida real del territorio, aceptó las
peticiones de un pueblo que llevaba demasiado tiempo soportando cargas sin
recibir beneficios.
Villamartín pidió tierra, pidió
recursos, pidió alivio fiscal. Y Sevilla dijo sí.
Estos documentos, breves pero
contundentes, nos recuerdan algo esencial: la historia del Campo de Matrera no
es solo una historia de decisiones tomadas desde Sevilla. Es también la
historia de un pueblo que supo defender sus intereses, que supo hablar cuando
era necesario y que supo convertir un conflicto en una oportunidad.
Villamartín no fue espectador. Fue
actor. Fue voz. Fue fuerza.
Y este episodio —1511 a 1513— debería
ocupar un lugar central en la memoria colectiva de la villa.
Porque demuestra que, incluso en
tiempos de poder centralizado, la palabra de un pueblo puede cambiar el rumbo
de un territorio.
(Copia de comentarios)
Notificación
dada en Sevilla el día 20 de abril de 1513 de Diego Vázquez, lugarteniente del
escribano mayor del Cabildo, haciendo saber que en los libros del Cabildo
consta que el 8 de agosto de 1511 se vieron en el Cabildo las escrituras del
arrendamiento del Campo de Matrera establecidas por los diputados de la Ciudad
y los vecinos de Villamartín, y que se decidió ordenar a Guillén de las Casas,
veinticuatro, desplazarse a Villamartín y recabar información sobre las mismas.
El
13 de octubre se presentó en el Cabildo un informe de Guillén de las Casas en
el que constan las peticiones y alegaciones de los vecinos de Villamartín, en
las que solicitan una exención de impuestos reales y concejiles durante 10 años
y las salinas de Monteracia para sus propios.
Guillén
de las Casa recibió las peticiones del Concejo de Villamartín solicitando del Cabildo
una exención de tributos reales y concejiles durante 10 años, la concesión de
las salinas de Monteracia para sus propios y que se le señalen tierras para
huertas, viñas y olivares. Dichas peticiones no tienen fecha.
El
informe dado por Guillén de las Casas, veinticuatro, respecto a las peticiones
y alegaciones de los vecinos de Villamartín, se entregó declarándose a favor de
concedérselas. Dicho informe carece de fecha.
Como
el Cabildo estuvo de acuerdo con el informe, acordó conceder las peticiones.