Torrevieja y Alberite, heridas abiertas en Villamartín
Hay
lugares que hablan incluso cuando nadie los escucha. Lugares que guardan siglos
de memoria, de pasos, de manos, de vidas que estuvieron aquí antes que
nosotros. Y luego está lo que hacemos con ellos. O, mejor dicho, lo que dejamos
de hacer.
Las
imágenes que he tomado estos días en los yacimientos de Torrevieja y en el
entorno del Dolmen de Alberite no son solo fotografías: son un diagnóstico. Un
espejo. Una advertencia. Y, sobre todo, una vergüenza.
En
Torrevieja, el llamado “Parque de la Historia” recibe al visitante con muros
desconchados, cristales rotos en el suelo, maleza creciendo sin control y un
cartel informativo que parece más un recordatorio de lo que debería ser
que de lo que realmente es. No hay cuidado. No hay presencia. No hay intención.
Solo abandono.
Más
arriba, donde descansan los restos excavados, la escena es aún más dolorosa:
estructuras expuestas, pavimentos antiguos devorados por la hierba, señales
improvisadas que apenas explican nada. Un lugar que debería estar protegido
como un tesoro se ha convertido en un espacio que parece sobrevivir por pura
resistencia.
Lo que podría ser un espacio de referencia para comprender el pasado griego y medieval de la zona se ha convertido en un símbolo incómodo de la desidia institucional. Los restos arqueológicos —que deberían estar protegidos, contextualizados y abiertos a la ciudadanía— aparecen rodeados de hierbas altas, muros a medio derruir y pasarelas que parecen más pensadas para impedir el paso que para facilitar la visita. La sensación dominante no es la de un enclave histórico, sino la de un lugar que ha sido abandonado a su suerte.
Y luego está Alberite. El dolmen. El orgullo megalítico de Villamartín. El monumento que debería ser referente provincial, autonómico, nacional. Sí, tiene una estructura moderna que lo cubre. Sí, hay un intento de protección. Pero basta mirar alrededor para entender que no basta: vegetación sin controlar, accesos descuidados, un entorno que no transmite respeto, sino dejadez. Como si el monumento estuviera ahí por inercia, esperando a que alguien recuerde que existe.
Lo más duro no es el deterioro físico. Lo más duro es la sensación de que nadie está mirando. De que nadie siente urgencia. De que el patrimonio se ha convertido en un trámite, en un decorado, en algo que se menciona en discursos, pero no se cuida en la realidad.
Villamartín
tiene historia. Mucha. Y la está dejando caer.
No
necesitamos grandes inversiones para empezar a cambiar esto. Necesitamos
voluntad. Necesitamos presencia. Necesitamos que alguien diga “basta” y actúe.
Que se limpie, que se vigile, que se mantenga, que se explique, que se cuide.
Que se entienda que estos lugares no son piedras viejas: son la raíz de lo que
somos.
Cada
día que pasa sin intervenir es un día que se pierde para siempre. Y no exagero.
El patrimonio no espera. Se erosiona, se rompe, se olvida.
Quizá
este texto sirva para algo. Quizá no. Pero al menos quedará escrito que lo vi.
Que lo fotografié. Que lo dije. Que algunos no miramos hacia otro lado.
Porque
si dejamos caer nuestra historia, ¿qué nos queda?
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