La portada que habla.
Lectura
narrativa de su mitad superior.
Aunque
la portada de Santa María de las Virtudes de Villamartín (Cádiz) se divide en
dos cuerpos, este artículo se adentra únicamente en el superior, ese tramo elevado donde la piedra deja de ser
arquitectura y se convierte en texto, en firma, en proclamación devocional.
Allí, en lo alto de la torre-fachada, Hernán Ruiz II “El Joven” dejó en 1565
una obra que no solo se contempla: se lee.
La
historia comienza en el Renacimiento sevillano, cuando el arzobispado impulsa
un ambicioso programa arquitectónico y convoca a los mejores maestros. Hernán
Ruiz II diseña la portada, pero quienes la tallan —quienes realmente dejan su
huella física en la piedra— son Jerónimo
Hernández, su yerno, y Miguel
Adán, dos canteros y escultores documentados que trabajaron codo con
codo en Villamartín. Sus manos, sus herramientas y sus marcas siguen ahí,
visibles, como si el tiempo no hubiera logrado borrarlas.
La parte superior de la portada se organiza como un pequeño retablo pétreo: molduras que se quiebran en curvas manieristas, columnas jónicas estriadas que sostienen el aire, una hornacina que parece esperar todavía a su figura y un frontón de triple curvatura que corona el conjunto con una elegancia casi musical. Pero lo más sorprendente no es la forma: es la palabra.
En
el segundo cuerpo, una cartela renacentista se despliega como un pergamino
abierto. Dos ángeles la sostienen con solemnidad, y un querubín la corona desde
arriba. En ella se lee —con la grafía comprimida y contraída propia del siglo
XVI— A SANCTA MARIA DE LAS VIRTUDES.
En la piedra aparece como A SANCTAMARIDLASVIRTUDS, pero el
sentido es claro: el templo proclama su advocación mariana en latín, elevando
el nombre de la Virgen a un título celeste. No procede de ningún archivo ni
documento municipal; es una creación epigráfica del propio programa
arquitectónico, una decisión estética y teológica que integra texto y escultura
en una sola respiración.
Un poco más arriba, coronando una hornacina con figura —la titular del templo— aparece el monograma IHS, el cristograma tradicional de Iesus. Es un detalle pequeño, pero decisivo: recuerda que, aunque la portada sea mariana, toda la fachada se inscribe en la confesión de Cristo. El uso del IHS enlaza con la espiritualidad contrarreformista del siglo XVI y con la difusión del cristograma en portadas y retablos de la época. Es una señal discreta, pero poderosa, que marca la hornacina como espacio cristológico.

Y
entonces, casi escondidas, pero perfectamente legibles, aparecen las rúbricas de los canteros. Dos piedras,
dos inscripciones, dos nombres que no son simbólicos ni teológicos: son
humanos.
En
una se lee I H 8 – 1565. «I H»
corresponde a Jerónimo Hernández,
y el «8» es una marca de taller, una señal de cuadrilla o pieza, típica de la
epigrafía de cantería renacentista. Es una firma auténtica, colocada en el
mismo año de conclusión de la portada.
En
la otra piedra aparece M A R – 1565.
«M A» identifica a Miguel Adán,
maestro cantero documentado en la obra. La «R» final funciona como marca
técnica, quizá de responsabilidad o de cuadrilla. Ambas inscripciones son
testimonio directo de quienes levantaron la portada bajo el diseño de Hernán
Ruiz II. No son añadidos posteriores: son la huella de los hombres que
trabajaron allí, en Villamartín, hace casi cinco siglos.
La
parte superior de la portada de Santa María de las Virtudes no es solo
“bonita”. Es un texto completo, un pequeño libro tallado en arenisca donde se
leen: «A SANCTA MARIA DE LAS VIRTUDES» «IHS» «I H 8 – 1565» «M A R – 1565»
El
nombre de la Virgen, el nombre de Cristo y los nombres de quienes la
levantaron. Una advocación, un cristograma y dos firmas. Devoción, teología y
técnica. Todo ello escrito en piedra, en la mitad superior de una portada que,
cuando se mira con atención, deja de ser arquitectura y se convierte en
memoria.
Así
que, cuando volvamos a pasar por la plaza y alcemos la vista hacia la portada
de Santa María de las Virtudes, conviene recordar que esa parte superior —esa
que muchos miran sin ver— no es un adorno ni una simple coronación
arquitectónica. Es un manuscrito de
piedra, un pequeño libro renacentista escrito hace casi cinco siglos por
manos que conocían el peso de la historia sin saber que estaban construyéndola.
Allí,
entre ángeles que sostienen el nombre de la Virgen, entre el cristograma que
afirma a Cristo y entre las rúbricas humildes de Jerónimo Hernández y Miguel
Adán, Villamartín conserva algo más que arte: conserva identidad. Porque en esas letras comprimidas, en esas fechas
grabadas con cincel, en esas marcas de taller que aún resisten el viento, se
lee la verdad más sencilla y más poderosa: que este pueblo siempre ha sido obra de quienes lo levantan con sus manos
y lo nombran con su fe.
La portada habla. Y nosotros, desde este blog, seguimos escuchando.

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