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16 agosto 2026

                                                      EL RETABLO MAYOR

Apunte para la guía turística de Santa María de las Virtudes de Villamartín (Cádiz)

 

          I. Introducción: un retablo que resume tres siglos de historia

          La Iglesia de Santa María de las Virtudes, corazón espiritual y simbólico de Villamartín, guarda en su interior una de las obras barrocas más singulares de la Sierra de Cádiz: su retablo mayor. No es solo un conjunto artístico; es un documento histórico tallado en madera, un testimonio de tres siglos de aspiraciones, interrupciones, maestros, litigios, ampliaciones y silencios.

          El retablo que hoy contemplamos es el resultado de tres grandes momentos históricos:

1. Los intentos frustrados del siglo XVI y comienzos del XVII

2. El gran proyecto barroco de 1678, dirigido por Francisco Dionisio de Ribas y con esculturas de Pedro Roldán.

3. La ampliación envolvente de 1754, obra de Matías Navarro, que transformó el frontal original en un conjunto monumental.

          Esta narrativa divulgativa reconstruye la historia completa, apoyándose en documentos históricos y siguiendo una cronología precisa.

          II. El templo y su contexto histórico (siglos XIV–XVI)

          Para comprender el retablo, primero hay que entender el templo que lo acoge. La historia de la parroquia está ligada a la fundación de Villamartín y a la compleja relación de la villa con Sevilla.

          Según el documento histórico consultado:

          «Está asociada a la donación que en 1342 hace el rey Alfonso XI del cercano Castillo de Matrera y de todas las tierras contenidas bajo su demarcación a la ciudad de Sevilla…».

          Durante siglos, Villamartín dependió administrativamente del cabildo sevillano, lo que explica la presencia de arquitectos de primer nivel en la obra parroquial.

          La parroquia comenzó a levantarse en la primera mitad del siglo XVI, siguiendo la tipología mudéjar: planta rectangular, tres naves, arcos apuntados, techumbre de madera y capilla sacramental con bóveda de crucería

          El documento consultado lo resume así:

          «Sus trazas se ajustaron a la tipología habitual en las iglesias mudéjares… con planta rectangular de tres naves separadas por pilares en los que apoyan arcos apuntados».

          La gran reforma renacentista: A mediados del siglo XVI, la parroquia experimentó una transformación radical: se sustituyó la cabecera medieval por un diseño plenamente renacentista, obra del maestro mayor del arzobispado hispalense, Martín de Gaínza.

  • Cabecera nueva
  • Crucero con media naranja
  • Sacristía con bóveda renacentista
  • Pilares esbeltos con columnas jónicas adosadas

          El documento consultado lo confirma: «El diseño se atribuye al maestro mayor de la archidiócesis hispalense Martín de Gaínza… con cubiertas abovedadas, en forma de media naranja en el crucero».

          El templo se completó con una portada monumental en la torre-fachada, diseñada por Hernán Ruiz II (1562-1565), uno de los grandes arquitectos del Renacimiento andaluz.

          «La elegante portada de piedra arenisca adosada a su torre-fachada… diseñada por Hernán Ruiz II, el joven, que data del año 1565».

          Esta portada, con su frontón ondulado y su hornacina para la Virgen titular, es hoy uno de los elementos más reconocibles del templo.

          III. Primeros intentos de construir un retablo mayor (1577–1601)

          Antes del gran proyecto barroco, Villamartín intentó dos veces dotarse de un retablo mayor. Ambos intentos fracasaron, pero son esenciales para entender la larga aspiración de la parroquia.

          Según los documentos: «La historia del retablo comienza en el año 1577, cuando Juan de Oviedo, el Viejo, se comprometió a la realización de la arquitectura y Jerónimo Hernández de las esculturas… Este proyecto fue cancelado».

          Este primer intento se enmarca en el Renacimiento sevillano, con dos maestros de prestigio. Pero nunca llegó a ejecutarse.

          Veinticuatro años después, la parroquia lo intentó de nuevo: «En el año 1601, Juan de Oviedo, el Joven, se comprometió a construirlo por la suma de 5.000 ducados… La policromía y el dorado serían efectuados por el pintor portugués Vasco de Pereira y por Juan y Diego de Salcedo».

          Este segundo proyecto tampoco se realizó.

          Durante casi un siglo, Villamartín quiso tener un gran retablo, pero faltó financiación, hubo cambios de prioridades, y los proyectos se cancelaron.

          La parroquia tuvo que esperar hasta 1678 para ver por fin un contrato viable.

          IV. 1678: El gran contrato barroco

          Aquí comienza la historia del retablo que hoy conocemos.

          El documento histórico lo recoge con precisión: «El 15 de diciembre de 1678, Francisco Dionisio de Ribas y su hijo Francisco Antonio firmaron con la fábrica parroquial de Villamartín la ejecución de un retablo de trece varas de alto por siete de ancho… en madera de borne y cedro».

          Este contrato es el punto de partida del retablo barroco.

          El retablo debía tener: banco para el sagrario, dos cuerpos superiores, ático coronado por un crucifijo, cuatro columnas salomónicas, hornacinas para San Pedro y San Pablo (primer cuerpo), hornacinas para San Joaquín y Santa Ana (segundo cuerpo), relieve de la Asunción en la calle central, templete para el Santísimo, relieve de la Coronación de la Virgen en el segundo cuerpo; y lo más importante: «Todas las esculturas serían encargadas al escultor más afamado del momento: Pedro Roldán».

          Este dato convierte el retablo en una obra de primer nivel dentro del barroco sevillano.

          V. Los protagonistas: Ribas y Roldán

          Francisco Dionisio de Ribas (1616–1679)

          El documento consultado ofrece una biografía clara de Francisco Dionisio de Ribas (1616-1679): «Escultor y ensamblador de retablos… Procedentes de Córdoba, se trasladaron a Sevilla, donde ejercieron una actividad profesional de importancia desde, al menos, 1632».

          Ribas era heredero del estilo de su hermano Felipe, caracterizado por: cuatro grandes columnas salomónicas, tres calles verticales, cornisa amplia y ático también enmarcado por columnas salomónicas.

          Este esquema es el que se aplicó en Villamartín.

          El escultor más prestigioso del momento era Pedro Roldán (1624–1699): «Su escultura supo asimilar las novedades barrocas, con un estilo personal marcado por la contención, la elegancia y la libertad de formas».

          Roldán aportó al retablo: las esculturas de los santos, los relieves principales y la calidad artística que hoy sigue siendo evidente.

          VI. La muerte de Ribas y la primera alteración del proyecto

          En 1679, un año después del contrato, falleció Francisco Dionisio de Ribas.

          El documento histórico lo explica: «El fallecimiento de Francisco Dionisio de Ribas en 1679 trastocó un poco el proyecto inicial… en lugar del crucificado que culminaba el retablo, colocaron dos ángeles que sostenían el anagrama de la Iglesia».

          Esta sustitución es uno de los rasgos más característicos del retablo actual.

          VII. El retablo frontal de Ribas y Roldán: anatomía de una obra barroca

          El retablo mayor que comenzó a levantarse en 1678 es una pieza monumental, concebida según los cánones del barroco sevillano y siguiendo el esquema característico de los hermanos Ribas. El documento 1 lo describe con claridad: «El retablo se compone de banco y dos cuerpos, divididos por columnas salomónicas, en tres calles. Las esculturas se encuentran colocadas en hornacinas».

          Esta estructura tripartita, organizada verticalmente y articulada por columnas salomónicas, es la base sobre la que se desarrolla todo el programa iconográfico.

          El retablo frontal mantiene una simetría estricta: tres calles verticales, dos cuerpos horizontales, ático superior, banco inferior con sagrario, columnas salomónicas en los puntos clave y hornacinas perfectamente alineadas.

          La simetría no es solo estética: es teológica. El barroco sevillano busca transmitir orden, jerarquía y claridad doctrinal. Cada santo ocupa su lugar exacto dentro de un discurso visual que guía la mirada desde el sagrario hasta el ático.

          VIII. El banco y el sagrario: el fundamento del retablo

          El banco es la base del retablo y el lugar donde se sitúa el sagrario, corazón litúrgico del conjunto. El documento histórico ofrece una descripción minuciosa: «En el banco y adornando en sus cuatro esquinas el sagrario, están dispuestas cuatro pequeñas columnas salomónicas de siete vueltas… soportando… las pequeñas hornacinas donde se alojan los Santos Evangelistas, San Juan a la izquierda y San Mateo a la derecha».

          Las columnas salomónicas del banco, de orden corintio, están decoradas con: tallos vegetales, hojas de trébol y motivos naturalistas. Son un anticipo de la exuberancia barroca que dominará el resto del retablo.

          El sagrario: un relicario renacentista dentro del barroco. El interior del sagrario aparece: totalmente dorado, decorado con casetones renacentistas, con restos de oro y pintura marrón en el exterior.

          Este contraste entre interior dorado y exterior más sobrio es típico de los sagrarios sevillanos del XVII.

          En las hornacinas laterales del banco se encuentran dos evangelistas: San Juan (izquierda) y San Mateo (derecha).

          Su presencia en la base del retablo simboliza el fundamento escritural de la fe.

          IX. El primer cuerpo: San Pedro y San Pablo

          El primer cuerpo del retablo frontal está dominado por dos grandes columnas salomónicas situadas en las entrecalles. El documento consultado detalla: «Las grandes columnas salomónicas… están decoradas con ramos de uvas, tallos y hojas de parra».

          Este motivo vegetal es típico del barroco sevillano y simboliza: la Eucaristía (uvas → vino → sangre de Cristo), la fertilidad espiritual y la Iglesia como viña del Señor.

          En este primer cuerpo se encuentran: San Pedro (izquierda) y San Pablo (derecha).

          Ambos son pilares de la Iglesia y representan la tradición apostólica.

          Sobre las cajas de las calles laterales aparecen óvalos decorados con festones, un motivo ornamental que aporta dinamismo y riqueza visual.

          X. La hornacina giratoria: un prodigio barroco

          Uno de los elementos más singulares del retablo es la hornacina central giratoria del primer cuerpo. El documento consultado lo explica así: «La hornacina central giratoria… se soporta en dos pequeñas columnas estípites… Detrás de la escultura mariana hay una gran concha».

          Este mecanismo permitía: mostrar la imagen de la Virgen de las Virtudes y girar la hornacina para exponer el Santísimo en días señalados.

          La parte posterior, menos decorada, estaba destinada a la exposición eucarística.

          La Virgen de las Virtudes, obra de Juan de Astorga según el documento, ocupa esta hornacina: «Juan de Astorga… realizó la talla de Santa María de las Virtudes, titular del templo».

          XI. El segundo cuerpo: San Joaquín y Santa Ana

          El segundo cuerpo está sostenido por dos pequeñas columnas salomónicas de siete vueltas. El documento histórico indica: «Las cajas albergan a San Joaquín a la izquierda y a Santa Ana a la derecha».

          Estos santos representan: la genealogía de María, la continuidad entre Antiguo y Nuevo Testamento y la santidad familiar.

          En la calle central del segundo cuerpo se sitúa un relieve de la Coronación de la Virgen, obra atribuida al taller de Roldán.

          XII. El ático: los ángeles adolescentes

          El ático debía culminar con un crucificado, según el contrato de 1678. Sin embargo, la muerte de Ribas alteró el proyecto.


El documento histórico lo explica: «En lugar del crucificado… colocaron dos ángeles que sostenían el anagrama de la Iglesia».

          Otro documento añade: «Dos maravillosas figuras de ángeles adolescente, desplegando sus alas mientras sostienen los emblemas papales». Estos ángeles son una de las piezas más bellas del retablo.

          XIII. 1754: La gran ampliación de Matías Navarro

          El retablo frontal de Ribas y Roldán, aunque monumental, no cubría todo el espacio del ábside. El documento histórico lo explica con claridad: «Posteriormente, hacia el año 1754, se le encargó a Matías Navarro tapar el espacio del ábside que el retablo frontal existente no cubría, es decir, los laterales».

          Este encargo marca el inicio de la segunda gran fase del retablo: la envolvente barroca que hoy abraza el frontal del siglo XVII y lo integra en un conjunto más amplio y teatral.

          Mientras el retablo frontal se articula con columnas salomónicas, la ampliación de Navarro introduce un lenguaje distinto: estructura articulada mediante estípites, decoración más vertical y ascendente, mayor densidad ornamental y esculturas de cuerpo entero y bustos.

          El documento mencionado lo señala: «La madera que se utilizó fue distinta… se utilizó una estructura articulada mediante estípites y se decoró con varias esculturas de cuerpo entero y busto».

          Este contraste estilístico es fundamental: el retablo frontal es barroco pleno sevillano; la ampliación es barroco tardío, casi rococó, con un gusto más dinámico y envolvente.

          XIV. Los laterales del primer cuerpo: San Cayetano y San Juan Bautista.

          La ampliación de Navarro incorpora nuevas hornacinas laterales en el primer cuerpo del ábside.

           «En el primer cuerpo del lateral izquierdo se encuentra San Cayetano, y en el lateral derecho se encuentra San Juan Bautista».

          San Cayetano. Fundador de los teatinos, símbolo de la confianza en la Providencia. Su presencia en el lateral izquierdo refuerza el mensaje de fe y reforma espiritual.

          San Juan Bautista. Profeta del desierto, precursor de Cristo. Su ubicación en el lateral derecho dialoga con el simbolismo del león de San Marcos, que también remite al desierto y a la voz profética.

          XV. Los Padres de la Iglesia: el segundo cuerpo de los laterales

          En el segundo cuerpo de la ampliación se encuentran cuatro bustos en alto relieve, representando a los grandes doctores de la Iglesia latina. El documento citado lo describe así: «En el segundo cuerpo se encuentran los cuatro Padres de la Iglesia… San Ambrosio y San Agustín en el lateral izquierdo; San Gregorio Magno y San Jerónimo en el lateral derecho».

          San Ambrosio (izquierda, inferior). Obispo de Milán, maestro de catecúmenos, defensor de la autoridad moral de la Iglesia.

          San Agustín (izquierda, superior). Teólogo de la gracia, autor de Las Confesiones, figura clave en la espiritualidad occidental.

          San Gregorio Magno (derecha, inferior). Papa, reformador litúrgico, impulsor del canto gregoriano.

          San Jerónimo (derecha, superior). Traductor de la Biblia al latín (Vulgata), símbolo del estudio y la erudición.

          La presencia de los cuatro doctores refuerza la dimensión doctrinal del retablo: la fe se sustenta en la Escritura (evangelistas) y en la tradición (Padres de la Iglesia).

          XVI. La cúpula del ábside: un cielo barroco

          La ampliación de Navarro culmina en la cúpula del ábside, que el documento histórico describe con precisión: «La cúpula está dividida en cinco hemisferios con cinco arcos formeros… En la zona inferior… hay cuatro altos relieves de los evangelistas».

          Estructura de la cúpula: cinco hemisferios, cinco arcos formeros, óvalos ornamentales y relieves enmarcados.

          Los evangelistas en la cúpula. Distribuidos de izquierda a derecha: San Mateo, San Marcos, anagrama de la Virgen, San Lucas y San Juan

          Este orden no es casual: los evangelistas rodean el anagrama mariano, simbolizando que la Virgen es el centro espiritual del templo y del retablo.

          La cúpula funciona como un cielo teológico:

  • Los evangelistas → Palabra de Dios
  • El anagrama → María como Madre de la Iglesia
  • Los arcos → estructura celestial
  • Los óvalos → visión barroca del firmamento

          XVII. El impacto del terremoto de Lisboa (1755)

          La ampliación del retablo coincide con un momento crítico en la historia del templo. El documento consultado lo recuerda: «En la segunda mitad del siglo XVIII, y a consecuencia de los daños producidos por el terremoto de Lisboa de 1755, se realizan en la iglesia distintas obras de restauración…».

          Este terremoto, que devastó gran parte de Portugal y afectó a Andalucía, obligó a reforzar estructuras, renovar cubiertas, reparar bóvedas y reorganizar elementos decorativos

          La ampliación de Navarro se integra en este contexto de reconstrucción y renovación.

          XVIII. La falta de policromía: un retablo sin dorado

          Uno de los rasgos más llamativos del retablo mayor es la ausencia de dorado y policromía en gran parte del conjunto. El documento histórico lo lamenta y lo confirma: «Solo lamentar que faltara dinero para pagar a Gaspar de Ribas… maestro dorador y pintor», «La falta de recursos económicos… impidió que se llevara a cabo el dorado y la policromía del conjunto».

          Paradójicamente, esta falta de dorado ha permitido que la talla se conserve con gran nitidez.

          XIX. Lectura simbólica del conjunto

          El retablo mayor, en su forma actual, es un programa iconográfico completo que articula:

          1. La Eucaristía: sagrario dorado, columnas con uvas y parras y hornacina giratoria para la exposición del Santísimo.

          2. La Palabra de Dios: evangelistas en el banco, evangelistas en la cúpula y relieves centrales (Asunción y Coronación).

          3. La tradición apostólica: San Pedro y San Pablo y Padres de la Iglesia.

          4. La genealogía de María: San Joaquín y Santa Ana, relieves marianos y anagrama de la Virgen en la cúpula.

          5. La Iglesia triunfante: ángeles del ático, cúpula celestial y orden simétrico y ascendente.

          El retablo es, en definitiva, una catequesis visual.

          XX. El estilo del retablo: diálogo entre dos barrocos.

          El retablo mayor de Villamartín es una obra única porque combina dos momentos distintos del barroco sevillano:

1.     El barroco pleno (1678–1680): Representado por el retablo frontal de Ribas y Roldán. Caracterizado por la monumentalidad, la simetría y la fuerza escultórica. Con columnas salomónicas, hornacinas profundas y relieves de gran expresividad.

2.     El barroco tardío (1754): Representado por la ampliación de Matías Navarro. Más dinámico, más vertical, más decorativo. Con estípites, óvalos, bustos y una cúpula teatral.

          Este diálogo estilístico no es un choque: es una evolución natural. El retablo frontal es el corazón doctrinal; la ampliación es el ropaje escénico que lo envuelve.

          El barroco pleno: Ribas y Roldán.

           «El retablo guarda un orden rigurosamente simétrico en la disposición estructural y decorativa».

          La simetría es clave: el barroco sevillano busca claridad, jerarquía y equilibrio. Las columnas salomónicas, decoradas con uvas y parras, son un símbolo eucarístico que recorre todo el retablo.

          El barroco tardío: Matías Navarro.

          «En 1754 se encarga… cubrir todo el espacio semicircular del ábside… añadiendo el cuarto de esfera superior con un acabado en forma de venera».

          La venera es un símbolo mariano y un recurso escenográfico que amplía la perspectiva del retablo, haciéndolo más profundo y envolvente.

          XXI. La integración entre frontal y ampliación.

          Una de las virtudes del conjunto es que, pese a estar construido en dos fases separadas por casi 80 años, el retablo funciona como una unidad coherente.

          1. Continuidad temática: el frontal presenta a los evangelistas, los apóstoles y los padres de María, la ampliación añade evangelistas, padres de la Iglesia y santos reformadores; y la cúpula culmina con un cielo doctrinal que refuerza el mensaje del frontal.

          2. Continuidad visual: el frontal usa salomónicas; la ampliación usa estípites, ambos elementos son típicos del barroco sevillano y la transición entre ambos es natural: las salomónicas sostienen el discurso; los estípites lo elevan.

          3. Continuidad espacial: el frontal ocupa el centro del ábside, la ampliación abraza el frontal y lo proyecta hacia arriba y la cúpula cierra la composición como un cielo simbólico.

          XXII. La historia posterior del templo y su retablo.

          El documento consultado recuerda que el templo sufrió importantes reformas en el siglo XVIII: «Se realizaron entonces una serie de obras… renovó las cubiertas y las bóvedas, hizo cambios en la decoración interior, construyó el coro y levantó los cuerpos superiores de la torre».

          Estas reformas afectaron indirectamente al retablo: se reforzó la estructura del ábside, se consolidaron las bóvedas que sostienen la ampliación de Navarro y se reorganizó la iluminación natural, lo que cambió la percepción del retablo.

          El retablo en los siglos XIX y XX. Aunque los documentos consultados no detallan esta etapa, sabemos por la historia local que: el retablo sobrevivió a la invasión francesa, no sufrió daños graves en la Guerra Civil, ha sido restaurado parcialmente en varias ocasiones y la falta de policromía ha permitido una conservación más estable.

          XXIII. El retablo en el contexto del barroco sevillano.

          El retablo mayor de Villamartín es una obra excepcional dentro del barroco sevillano por varias razones:

          1. La participación de Pedro Roldán. Roldán es uno de los grandes escultores del barroco español. Su intervención en Villamartín sitúa el retablo en la misma línea que:

  • El retablo de los Vizcaínos (Sevilla)
  • El retablo del Hospital de la Caridad
  • El retablo de Santa Ana de Montilla

          El documento histórico lo destaca: «Su escultura supo asimilar las novedades barrocas, con un estilo personal marcado por la contención, la elegancia y la libertad de formas».

          2. La estructura de Ribas. Francisco Dionisio de Ribas es uno de los mejores ensambladores de retablos del siglo XVII. Su estilo, basado en cuatro grandes salomónicas y tres calles verticales, es característico del barroco sevillano.

          3. La ampliación de Navarro. Matías Navarro representa el barroco tardío, más decorativo y teatral. Su intervención convierte el retablo en un conjunto envolvente, similar a los grandes retablos de la segunda mitad del XVIII.

          XXIV. Conclusión.

          El retablo mayor de la Iglesia de Santa María de las Virtudes es una obra que resume tres siglos de historia, tres estilos artísticos y tres grandes aspiraciones de la comunidad de Villamartín: tener un retablo digno de su templo renacentista, contar con los mejores artistas del barroco sevillano y completar el ábside con una obra monumental y envolvente.

          Desde los intentos frustrados de 1577 y 1601 hasta la ampliación de 1754, el retablo ha sido un proyecto vivo, en evolución, que ha sobrevivido a terremotos, reformas, crisis económicas y cambios litúrgicos.

          Hoy, el retablo mayor es: una joya del barroco sevillano, un testimonio histórico de la villa, un símbolo de identidad para Villamartín y una obra que merece ser estudiada, protegida y divulgada.

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