1832 — La Cruz vuelve a caminar.
Villamartín
repara lo que los franceses quemaron y decide sobre su memoria.
El 25 de octubre de 1832, Villamartín no estaba en guerra. No ardían las casas, no corrían los vecinos, no se escuchaban disparos ni órdenes gritadas en francés. Pero la villa seguía viviendo con las cicatrices de lo que había ocurrido décadas antes, cuando las tropas napoleónicas entraron en la comarca y dejaron su marca de fuego en la ermita de San Sebastián.
La
ermita —pequeña, humilde, pero profundamente arraigada en la vida espiritual de
Villamartín— había sido saqueada,
destrozada y quemada por los franceses. No fue un daño accidental: fue
un acto deliberado, parte de esa política de devastación que tantas veces
acompañó el paso de las tropas imperiales por Andalucía. La ermita quedó
herida, su entorno alterado, su simbología quebrada.
Y
en 1832, Villamartín seguía reconstruyendo no solo muros, sino también lugares de sentido.
Ese
día, el Ayuntamiento se reunió en Cabildo para atender, entre otras, una
petición que, en apariencia, era sencilla, pero que en realidad tocaba un
nervio profundo: la Cruz de la ermita
de San Sebastián en la calle San Sebastián —hoy calle del Santo— debía
ser trasladada.
La
solicitud venía del administrador de
las rentas del convento de San Juan de Dios, institución que había
asumido parte de la vida asistencial y religiosa de la villa. El administrador
pedía permiso para mover la Cruz al
frente de la ermita del convento, «para los fines que indica su
exposición».
El
documento consultado no detalla esos fines, pero el contexto los ilumina: la
Cruz, que había quedado desplazada, descontextualizada y simbólicamente herida
tras los destrozos franceses, debía volver a ocupar un lugar digno, visible,
coherente con su función espiritual.
La
ermita había sido atacada. La Cruz debía ser restaurada.
La
petición en el acta es breve, pero decisiva: «El Ayuntamiento… concede su permiso para la traslación de la Cruz
calle de San Sebastián… al frente de su ermita para los fines que indica su
exposición…»
No
hubo oposición. No hubo demora. No hubo esa frialdad burocrática que tantas
veces aparece en otros documentos del siglo XIX.
El
Cabildo actuó con claridad: la Cruz
debía llevarse a la ermita del convento.
Y
además ordenó algo más: que se le franquease
testimonio del acta al administrador del convento, para que pudiera
usarlo «para los fines convenientes».
Es
decir: no solo se concedió el permiso, sino que se facilitó la documentación
necesaria para que el traslado fuese legítimo, oficial y ejecutable.
Mover una Cruz no es un gesto menor.
En un pueblo como Villamartín, una Cruz es: un punto de referencia, un lugar de
oración, un símbolo de protección, un marcador de identidad, un testigo de la
historia.
La
Cruz de la ermita de la calle San Sebastián había sobrevivido a la guerra, pero
no indemne. El entorno de la ermita había sido destrozado por las tropas francesas.
La Cruz, desplazada, había perdido parte de su sentido.
El
traslado de 1832 no fue un acto administrativo: fue un acto de reparación simbólica.
La
Cruz volvía a un nuevo sitio. Volvía a una ermita. Volvía a ocupar el lugar que
la guerra le había arrebatado.
Este documento, aunque breve, revela
algo esencial sobre Villamartín en 1832: que sus símbolos importaban, que sus
heridas no se ocultaban, que la guerra había dejado cicatrices que aún se
estaban cerrando, que la vida religiosa y la vida municipal seguían
entrelazadas, que la Cruz no era un objeto, sino un referente, y que moverla
requería consenso, permiso y acta.
La
Cruz pasó de las ruinas de la calle San Sebastián a la ermita del convento. De
un espacio ya cotidiano a un espacio sagrado. De un lugar de tránsito a un
lugar de memoria.
Y
ese movimiento, autorizado por el Cabildo, marcó un cambio en el paisaje
emocional de la villa.
No
hubo tragedia ese día. No hubo incendio. No hubo súplicas ni moratorias.
Pero
sí hubo algo que define a los pueblos: la
gestión de sus símbolos, de sus espacios, de su memoria.
En
1832, Villamartín decidió que la Cruz debía estar frente a la ermita del
convento. Que allí cumpliría mejor su función. Que allí tendría más sentido.
Que allí cerraría, al fin, una herida abierta desde la guerra.
Y
lo hizo con un acto administrativo que, leído hoy, nos recuerda que la historia
no solo se escribe en grandes tragedias o grandes gestas, sino también en estos
gestos silenciosos que cambian la fisonomía emocional de un pueblo.
(Copia
del documento original)
Cabildo
de 25 de octubre de 1832. El Ayuntamiento en vista de la solicitud que hace el
administrador de las rentas del convento de San Juan de Dios de esta villa
concede su permiso para la traslación de la Cruz calle de San Sebastián (hoy el
Santo), al frente de su ermita para los fines que indica su exposición, y
acordó que a continuación de ella se le franquee testimonio de esta acta para
los fines convenientes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.