EL RETABLO QUE RESPIRA
Historia, símbolos y vida del retablo de la Virgen del Rosario en la Iglesia de Santa María de las Virtudes de Villamartín.
La
historia del retablo de la Virgen del Rosario comienza en 1660, en un Villamartín que crecía,
que se organizaba en cofradías, que buscaba embellecer sus espacios sagrados y
que entendía el arte como un acto de fe. Ese año, la Cofradía del Rosario y la Hermandad
de San Pedro Advíncula, formada por presbíteros de la parroquia,
encargaron un retablo nuevo para la Virgen del Rosario, titular de la cofradía.
El
maestro elegido fue Matías Navarro,
un tallista de prestigio, capaz de trabajar la madera de borne con una finura
que hoy sigue sorprendiendo. El retablo que podemos admirar lo dice con
claridad: el retablo fue tallado en madera
de borne, en su color natural, y ocupa la cabecera de la nave lateral derecha, la nave de la epístola.
Su
tamaño —aproximadamente 5 x 15 metros—
ya nos habla de la ambición del proyecto. No era un retablo menor. No era un
adorno. Era una declaración: la Virgen
del Rosario debía tener un espacio propio, solemne, equilibrado, digno de su
devoción.
Y
así nació este retablo, que hoy sigue siendo uno de los más hermosos y mejor
conservados de la iglesia.
El
retablo se compone de banco y dos
cuerpos, divididos en tres
calles por columnas estípites,
esas columnas barrocas que parecen moverse, que se ensanchan y se estrechan,
que dan dinamismo a la arquitectura.
Si
observamos el retablo con precisión, nos dice que: «El retablo guarda un orden
rigurosamente simétrico en la disposición estructural y decorativa, como todos
los de la iglesia».
Esa
simetría no es casual. Es la firma del barroco sevillano del siglo XVII:
equilibrio, ritmo, verticalidad, teatralidad contenida.
En las hornacinas y ménsulas se colocaron las esculturas que acompañan a la Virgen. Y aquí empieza la parte más fascinante de la historia: la iconografía, las imágenes, los símbolos que explican quién es quién y por qué están ahí.
En el banco, notamos que nos revela un dato
precioso: la hornacina central, hoy ocupada por un crucificado, albergó antiguamente al Niño Jesús,
conocido como El Dulce Nombre.
Ese
cambio —del Niño al Crucificado— nos habla de reformas, de devociones
cambiantes, de decisiones pastorales que han ido transformando el retablo sin
romper su armonía.
El altar barroco policromado en oro es una joya en sí mismo. Y además, tiene una inscripción que nos permite entrar en la vida privada de una familia del siglo XVIII: «A devoción de D. Manuel Jiménez, por una peligrosa enfermedad de Dña. Ana Mª Venegas, su mujer. Año 1763».
Ese
texto es historia pura. Es la prueba de que el arte sacro no es solo estética:
es agradecimiento, promesa, miedo, esperanza. Es la vida de Villamartín escrita
en madera y oro.
Primer cuerpo: San León Magno y San Juan Nepomuceno,
los santos que hablan. Aquí entramos en la parte más delicada y más
reveladora del retablo: la
identificación correcta de las imágenes.
Durante
años, muchos creyeron que la imagen de la derecha era San Carlos Borromeo. Otros, que la de la izquierda era San Pedro Apóstol. Pero el mismo
retablo desmonta esas interpretaciones y aporta pruebas iconográficas
contundentes.
1. San Juan Nepomuceno (derecha).
El retablo lo explica con claridad: «Encima de la hornacina de San Juan Nepomuceno se encuentra una talla de ángel con el dedo índice puesto sobre los labios, señal inequívoca del sigilo sacramental de la confesión, motivo del martirio de Nepomuceno».
Ese
gesto —el dedo en los labios— es universal en la iconografía del santo. Es su
atributo. Es su historia. Es su identidad. No hay duda: la imagen es San Juan Nepomuceno.
2. San León I Magno (izquierda).
Durante años se dijo que era San
Pedro. Pero el propio retablo corrige esa afirmación: «Se trata del papa San
León I Magno con sus atributos de santo: tiara papal, ropas de papa, cruz
patriarcal y llave, y encima de su hornacina se encuentra una talla de ángel
con la tiara pontificia.
La
tiara. La cruz patriarcal. La llave. El ángel con la tiara.
Todo
encaja. Todo coincide con la iconografía del papa León Magno, el gran defensor
de la primacía de Roma, el hombre que frenó a Atila, el pontífice cuya doctrina
fue confirmada en el Concilio de Calcedonia.
La hornacina central.
La
imagen central es la Virgen del Rosario, una talla de policromía exquisita, con
el Niño integrado en la misma pieza. Hasta el tiempo presente se desconoce el autor, pero la imagen
es una obra de altísima calidad: rostro sereno, manos finas, pliegues suaves,
equilibrio perfecto entre solemnidad y ternura.
El
camarín actual está rematado con un arco angelado y coronado por el anagrama de María, símbolo barroco de
devoción mariana.
En el segundo cuerpo, el documento
describe: cuatro pilastras, cuatro florones, una hornacina central con Dios Todopoderoso en alto relieve, y
en las calles laterales, óvalos con
Corazones de Jesús.
Es
un mensaje teológico claro: María
conduce a Cristo, y Cristo conduce al Padre. El retablo es una
catequesis vertical.
De
las visualizaciones antes citadas, dedicamos unas palabras para corregir errores
difundidos durante años. Y lo hacemos con argumentos sólidos, con pruebas
iconográficas, con citas de manuales especializados.
La conclusión es clara: No es San Carlos Borromeo: es San Juan
Nepomuceno. No es San Pedro: es San León Magno.
Y
las observaciones de las imágenes lo confirman: la tiara, la cruz patriarcal,
el gesto del ángel, los atributos… todo coincide con la descripción de la
iconografía.
El
retablo no es una pieza muerta. Es un organismo vivo. Ha cambiado, ha sido
restaurado, ha sido reinterpretado, ha sido estudiado.
Pero
sigue siendo lo que fue en 1660: un
espacio de devoción, de belleza, de identidad.
Las
imágenes que vemos en él —Dios Padre, San León Magno, San Juan Nepomuceno, la
Virgen del Rosario— muestran un retablo que respira, que conserva su
policromía, que mantiene su equilibrio barroco, que sigue siendo uno de los
grandes tesoros de la iglesia de Santa María de las Virtudes.
Conclusión:
El retablo de la Virgen del Rosario
es: una obra de 1660, tallada
por Matías Navarro, encargada
por la Cofradía del Rosario y la
Hermandad de San Pedro Advíncula,
compuesta por banco y dos cuerpos,
con San León Magno y San Juan Nepomuceno como acompañantes,
con un altar donado en 1763, con
un camarín coronado por el anagrama de María, con Dios Padre y los Corazones de
Jesús en el segundo cuerpo, y con una Virgen del Rosario de autor desconocido
pero de calidad excepcional.
Es
un retablo que ha sobrevivido siglos. Es un retablo que ha sido interpretado,
malinterpretado, corregido, estudiado. Es un retablo que sigue hablando.
Y
hoy, gracias a la conservación del retablo y a las imágenes que vemos en él,
podemos escucharlo con claridad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.