El Archivo Histórico Parroquial
Cuando un pueblo siente que le
arrancan algo suyo
Hay
historias que no necesitan grandes gestos para doler. A veces basta una puerta
cerrada, unas cajas apiladas y un silencio incómodo para que un pueblo entero
sienta que algo esencial se ha perdido. Eso es exactamente lo que ha ocurrido
con el Archivo Histórico Parroquial de Villamartín.
No
estamos hablando de un simple conjunto de documentos. Estamos hablando de un
latido. De un hilo que une a generaciones enteras. De un lugar donde nuestros
apellidos, nuestras casas, nuestras bodas, nuestros duelos y nuestras pequeñas
victorias quedaron escritos para que nadie pudiera borrarlos.
Y,
sin embargo, un día desapareció de su sitio.
Durante
siglos, la parroquia de Santa María de las Virtudes guardó un tesoro que pocas
localidades pueden siquiera imaginar:
- Libros completos
de bautismos desde 1525
- Libros completos
de matrimonios desde 1622
- Libros completos de defunciones desde 1638
- Todos los libros
de Fábrica desde 1528
- Y un sinfín de libros de visitas, protocolos, fundaciones, cabildos, patronatos y legajos varios que cuentan la vida del pueblo con una precisión que ningún historiador podría inventar.
Como
dice el vecindario, «…cada legajo, cada acta y cada expediente constituye
una pieza del relato cívico que ha dado forma al pueblo». Y es verdad.
Quien ha consultado alguna vez un libro de bautismos sabe que no está leyendo
tinta: está leyendo raíces.
En
2015, tras la jubilación del párroco que durante décadas cuidó este archivo
como quien cuida un jardín, llegó un relevo que no compartía esa sensibilidad.
Y ante la petición de trasladar el archivo a Jerez, la decisión fue rápida:
empaquetarlo y enviarlo lejos.
Sin
preguntar. Sin explicar. Sin pensar en lo que significaba para la gente.
La
gente lo resume con una frase que duele por su sencillez: «…los empaquetó y
se los quitó de en medio».
Y
así, de un día para otro, Villamartín se quedó sin su memoria más íntima.
No
todo el mundo puede desplazarse a Jerez para resolver un trámite familiar,
investigar su genealogía o simplemente reencontrarse con la historia de los
suyos. Para muchos vecinos, ese archivo era un lugar cercano, accesible, casi
cotidiano. La distancia se ha convertido
en una barrera. La burocracia, en un muro. Y la historia, en un privilegio para
unos pocos.
Un espacio donde uno podía entrar y sentir que
pertenecía a algo más grande que su propia vida.
Mientras tanto, Villamartín pierde un recurso cultural, educativo y turístico que debería estar generando actividad, conocimiento y orgullo local. Y un pueblo que pierde acceso a su memoria pierde también una parte de su identidad.
Vivimos
en una época en la que los archivos —municipales, eclesiásticos, públicos— se
están transformando. Digitalización, transparencia, participación ciudadana.
Como recuerda el que suscribe, «Su función se extiende más allá de la
custodia: es un servicio activo, dinámico».
Entonces,
¿cómo encaja esconder un archivo lejos de su comunidad? No encaja. Es un paso
atrás. Un gesto que contradice todo lo que hoy entendemos por patrimonio vivo.
Cuando
un archivo se aleja, no solo se pierden documentos. Se pierde autonomía. Se
pierde memoria. Se pierde voz.
Por
eso la reclamación es tan clara, tan legítima y tan necesaria: el Archivo Histórico Parroquial debe volver a
Villamartín.
No
por capricho. No por romanticismo. Sino porque pertenece aquí. Porque nació
aquí. Porque aquí lo necesita la gente que lo creó sin saberlo, generación tras
generación.
Un
archivo no es un almacén. Es un espejo. Y un pueblo sin espejo corre el riesgo
de no reconocerse.
Villamartín
merece recuperar el suyo.

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