Apunte para la historia de Villamartín
II.
Sitio de la Plaza de Abastos
En
la mañana del 29 de mayo de 1859,
cuando Villamartín aún conservaba ese silencio tibio que precede a las
decisiones importantes, el Ayuntamiento se reunió con una claridad poco
habitual: la villa necesitaba una plaza de abastos. No era un capricho ni una
idea improvisada. Era una urgencia que venía creciendo entre las calles, en los
mercados improvisados, en la preocupación de los vecinos y en la mirada
vigilante de la autoridad.
La
corporación municipal, “penetrada de la necesidad”, lo expresó con una
solemnidad que dejaba ver que aquel acuerdo no era uno más. Una plaza de
abastos no era solo un edificio: era policía
urbana, era higiene pública,
era control de los alimentos,
era la posibilidad de que la autoridad pudiera “convencerse de su salubridad”.
En una época en que la salud dependía tanto de la inspección como de la
costumbre, la plaza se convertía en un símbolo de modernidad.
Por eso, el Ayuntamiento dio un paso decisivo: consignar en el presupuesto municipal de 1860 la cantidad de 20.000 reales. Una suma considerable, destinada “al menos para los más precisos gastos”. Era la primera vez que la villa reservaba dinero para una obra que no existía aún más que en la intención.
Y
entonces llegó la resolución que marcaría el rumbo del proyecto: la plaza debía
levantarse en el solar del antiguo
convento-hospital de San Juan de Dios, en la calle de la Concepción (hoy
San Juan de Dios). Aquel lugar, que había sido refugio, hospital, convento y
finalmente ruina, se convertía ahora en la esperanza de una obra pública.
Pero
había un obstáculo: el solar estaba
incautado por el Estado, incluido entre los bienes afectados por la
desamortización. No pertenecía ya a la beneficencia ni al municipio. Era
propiedad nacional.
El
Ayuntamiento, lejos de retroceder, decidió avanzar con firmeza. Acordó reclamar del Gobierno de Su Majestad,
por medio del Gobernador de la provincia, la cesión del solar. Argumentó que su
precio en venta sería “tan corto, que puede tenerse por insignificante”, y que
el destino —una plaza de abastos— justificaba plenamente la petición.
El
acuerdo debía enviarse con toda su fuerza, con toda su intención, con toda su
urgencia. El documento municipal lo dice con claridad: «a cuyo efecto se dirija la competente reclamación con inserción del
presente acuerdo».
El
10 de noviembre de 1859,
Villamartín amaneció con una noticia que no era un simple trámite
administrativo, sino un nuevo capítulo en la lucha por levantar una plaza de
abastos. El Ayuntamiento, que llevaba meses reclamando la cesión del antiguo
convento de San Juan de Dios para convertirlo en mercado público, recibió una
orden del Gobernador de la provincia. Una orden que no cerraba puertas, pero
que exigía algo más que voluntad: exigía papeles, justificaciones,
expedientes.
La
corporación municipal escuchó la comunicación con la seriedad de quien sabe que
cada paso cuenta. El Gobernador mandaba que, para lograr la cesión del
edificio, el Ayuntamiento debía instruir
el oportuno expediente. No bastaba con la necesidad, ni con la
intención, ni con el acuerdo del cabildo anterior. Había que solicitar
formalmente al Gobierno de Su Majestad la quita de la renta que la ley imponía a los bienes desamortizados.
Había que demostrar, con argumentos y documentos, que la plaza de abastos era
una mejora “conveniente y oportuna”.
La
orden era clara: si Villamartín quería el antiguo convento, debía justificar
por qué. Y justificarlo bien.
La
corporación quedó “enterada”, palabra que en las actas suena a aceptación
disciplinada, pero también a un compromiso silencioso. Había que cumplir, y
había que hacerlo pronto. La plaza de abastos no era un proyecto cualquiera:
era una necesidad que la villa llevaba tiempo sintiendo en su pulso diario.
Fue
entonces cuando el síndico, don Benito
Álvarez, dio un paso al frente. Con la naturalidad de quien entiende el
peso de la responsabilidad, ofreció presentar en el cabildo provincial la moción correspondiente. Su intervención no
fue un gesto menor: significaba llevar la voz de Villamartín más allá de sus
límites, hacer que la reclamación resonara en instancias superiores, activar el
mecanismo administrativo que podía convertir un solar desamortizado en un
espacio público.
El
acta lo recoge con sobriedad, pero detrás de esas líneas se intuye el
movimiento: un representante dispuesto a defender la causa, un Ayuntamiento
decidido a no dejar caer el proyecto, una villa que empezaba a construir su
futuro con palabras, acuerdos y expedientes.
Aquel
10 de noviembre de 1859, Villamartín
no levantó muros ni trazó planos. Pero dio un paso imprescindible: puso en marcha la maquinaria administrativa
que podía convertir un antiguo convento en la plaza de abastos que tanto
necesitaba.
El
13 de noviembre de 1859,
Villamartín vivió uno de esos momentos en que la historia local parece
concentrarse en una sola mesa, en un solo papel, en una sola voz. El síndico don Benito Álvarez, que dos días antes
había ofrecido llevar la causa de la plaza de abastos al cabildo provincial,
regresó al Ayuntamiento con la moción ya preparada. No venía con promesas, sino
con un documento que podía cambiar el destino de un solar y, con él, el pulso
urbano de la villa.
La
moción era clara, directa, ambiciosa: solicitar al Gobierno de Su Majestad que cediera el antiguo convento de San Juan de
Dios, exceptuándolo de la venta obligatoria que la ley imponía a todas
las fincas desamortizadas. No se pedía un privilegio, sino una excepción
razonada: el edificio debía servir para levantar una plaza de abastos, una obra que la corporación consideraba
necesaria, conveniente y urgente.
El
17 de noviembre de 1859,
Villamartín volvió a mirar hacia el solar del antiguo convento-hospital de San
Juan de Dios, ese espacio que durante años había sido depósito de inmundicias, establo
improvisado y recuerdo desmoronado de tiempos mejores. Pero aquel día, por
primera vez, el Ayuntamiento lo contempló no como un problema, sino como una
oportunidad.
La
corporación recibió el expediente que comenzaba a instruirse para solicitar al Gobierno
de Su Majestad la cesión del edificio
con un propósito claro: levantar allí la plaza de abastos que la villa necesitaba. No era una idea nueva,
pero sí era la primera vez que el proyecto llegaba acompañado de dos voces
técnicas que coincidían sin reservas: la comisión municipal de ornato y obras públicas y el alarife de la villa.
Ambos
dictámenes eran contundentes. El antiguo convento-hospital era “el más oportuno y a propósito” de
todos los lugares posibles. No había otro edificio que reuniera tantas
condiciones favorables. Su valor en venta era “insignificante”, su renta
mínima, y su estado —un receptáculo de escombros y suciedad— clamaba por un
destino más digno que servir de establo.
El
Ayuntamiento, al escuchar estos informes, no dudó. Acordó continuar en sus anteriores resoluciones,
avanzar sin retrocesos y terminar el expediente con la certificación del
acuerdo. El documento debía enviarse original
al Gobernador de la provincia, para que lo remitiera con su “influyente
apoyo” a la superioridad correspondiente. Era un gesto político y
administrativo: Villamartín pedía, con toda la formalidad posible, que el solar
fuera exceptuado de la venta y
cedido al municipio.
El
15 de marzo de 1860, Villamartín
recibió una visita que, sin saberlo, iba a alterar el destino de la plaza de
abastos. Aquel día llegó a la villa el arquitecto
de la provincia, enviado por orden del Gobernador para reconocer las
obras públicas necesarias y preparar los pliegos de condiciones y los planos
correspondientes. Era una jornada de inspección técnica, pero también de
expectativas: el Ayuntamiento acompañaría al arquitecto para mostrarle los
lugares donde se soñaba con construir, mejorar y ordenar la vida urbana.
Entre
esos lugares estaba el solar del antiguo
convento-hospital de San Juan de Dios, que durante meses había sido el
candidato natural para levantar la plaza de abastos. El Ayuntamiento ya había
reclamado su cesión al Estado, había instruido expedientes, había defendido su
conveniencia. Parecía que el proyecto tenía un rumbo claro.
Pero
aquel día, mientras recorrían la villa, el arquitecto provincial observó,
midió, calculó… y discrepó.
Con
la autoridad que le daba su oficio, afirmó que el antiguo convento no era tan conveniente ni oportuno
como se había creído. Señaló otro lugar: un espacio de terreno baldío, de 25 varas de largo por 30 de ancho, situado a espaldas de las casas capitulares. Para habilitarlo habría que
tomar “dos o tres casas pequeñas y de valor insignificante” y el corral llamado
del Consejo. Pero, según su criterio, aquel espacio reunía mejores condiciones
para la plaza.
La
corporación escuchó. Y, sorprendentemente, aceptó.
El
Ayuntamiento, que durante meses había defendido el solar del convento-hospital,
decidió renunciar a él. No por
falta de voluntad, sino porque la opinión técnica del arquitecto provincial
pesaba más que cualquier convicción previa. Si el experto decía que el terreno
detrás del Ayuntamiento era mejor, entonces ese sería el lugar.
Aquel
15 de marzo de 1860 fue un día
decisivo, silencioso y técnico. Un día en que una sola opinión profesional
bastó para mover el proyecto de lugar. Un día en que la plaza de abastos dejó
de pertenecer al pasado del convento-hospital y empezó a buscar su sitio en el
corazón administrativo de la villa.
El
14 de julio de 1861, Villamartín
volvió a encontrarse frente a la misma necesidad que llevaba años persiguiendo:
la construcción de una plaza de abastos.
Era una obra que el Ayuntamiento consideraba “una de las más útiles e
indispensables”, una mejora que la villa necesitaba para ponerse a la altura de
sus propias aspiraciones y de su crecimiento material. Pero aquel día, más que
avanzar, la historia quedó suspendida en un gesto de espera.
El
Ayuntamiento recordó que la plaza de abastos no supondría “ningún dispendio”
para el fondo de propios, pues estaba incluida en el programa de obras públicas
que ya se había formado. Ese programa, elaborado el año anterior, contemplaba
también la continuación del nuevo matadero que se estaba montando. Todo parecía
encajar: matadero y plaza, higiene y abastecimiento, orden y progreso.
Pero
había un obstáculo silencioso: el arquitecto
provincial.
El
programa estaba en sus manos desde hacía un año, y sin embargo la obra no
avanzaba. La plaza seguía sin planos, sin estudio, sin impulso. La corporación,
consciente de que el tiempo pasaba y la necesidad persistía, acordó dirigir un
oficio al Gobernador de la provincia,
rogándole que “estimule el celo” del arquitecto. No era una queja abierta, pero
sí una llamada urgente: Villamartín necesitaba que el proyecto se activara, que
el arquitecto atendiera por fin las obras que la villa consideraba esenciales.
El
acta deja ver la mezcla de paciencia y determinación: la corporación deseaba
que el arquitecto, “cuando sus atenciones le permitan”, pusiera en marcha la
obra “en obsequio” de una población que quería colocarse “a la altura que
reclaman circunstancias especiales y su crecimiento”.
El
30 de abril de 1865, Villamartín
recibió una visita que llevaba tiempo esperando: el arquitecto del distrito, don Ildefonso del Castillo, llegó a la villa para estudiar varias
obras públicas y, sobre todo, para decidir de una vez por todas dónde debía levantarse la plaza de abastos.
Era un proyecto que se arrastraba desde 1859, un deseo que había cambiado de
lugar, de forma y de ritmo, pero que seguía siendo una necesidad urgente para
la población.
Ese
día, el arquitecto recorrió la villa, observó sus calles, midió sus espacios,
escuchó a la corporación. Y cuando terminó su estudio en Cádiz, envió un oficio
al Ayuntamiento con una conclusión que nadie esperaba: el lugar más aceptable para levantar la plaza
de abastos era el solar del antiguo
convento-hospital de San Juan de Dios, hoy perteneciente al Estado.
El
mismo solar que años atrás había sido defendido, luego descartado y finalmente
olvidado. El mismo solar que había sido ruina, establo, escombro. El mismo
solar que el arquitecto provincial había rechazado en 1860.
Ahora,
el arquitecto del distrito lo señalaba como el mejor.
La
corporación municipal, al recibir el oficio, no dudó. Acordó aceptar gustosa la propuesta. Y lo
hizo con una sinceridad que revela la historia reciente del proyecto: aquel
solar había sido la primera elección del Ayuntamiento, la primera esperanza, la
primera ubicación soñada. Solo se había renunciado a él por las dificultades de
acceso y por las objeciones técnicas que entonces parecían insalvables.
Pero
ahora, con un arquitecto que lo consideraba idóneo y con la posibilidad de obtener
la cesión del Estado, el solar recuperaba su lugar en el proyecto. La plaza de
abastos volvía al punto de partida.
El
Ayuntamiento razonó con claridad: si el edificio estaba incautado por el Estado
como bien de comunidad religiosa, no podía usarse sin una cesión previa del
Gobierno. Pero esa cesión —decían— no sería difícil de conseguir, tratándose de
una obra “de tan indiscutible utilidad local”, tan necesaria, tan exigida por
el crecimiento y la importancia de la población.
Por
eso, la corporación acordó por
unanimidad instruir el expediente “sin levantar mano”. Había que oír al
síndico, a la comisión de plaza y abastos, a la de ornato público. Había que
solicitar formalmente la cesión del solar. Había que preparar todo para que,
cuando el arquitecto del distrito enviara los planos, la obra pudiera comenzar
sin demora.
El
4 de noviembre de 1866,
Villamartín volvió a encontrarse ante el mismo obstáculo que llevaba años
interponiéndose entre la villa y su ansiada plaza de abastos: el solar del
antiguo convento-hospital de San Juan de Dios no era suyo. Pertenecía a la Nación. Y para obtenerlo, ya no
bastaban expedientes provinciales, dictámenes técnicos ni acuerdos municipales.
Había que ir más arriba. Mucho más arriba.
Aquel
día, el Ayuntamiento recibió un oficio del Gobernador de la provincia, fechado el 28 de octubre. El mensaje
era claro, casi solemne: si la corporación quería construir la plaza de abastos
sobre el solar del antiguo convento, debía solicitarlo directamente al Excmo. Sr. Ministro de Hacienda. La
instancia, una vez redactada, sería remitida por el propio Gobernador para
seguir “el curso correspondiente”.
Era
un paso decisivo. La plaza de abastos, que durante años había sido un proyecto
local, debía ahora cruzar el umbral de la administración central. Debía viajar, en forma de solicitud,
desde Villamartín hasta Madrid. Debía convencer a un ministerio que no conocía
las calles de la villa, ni sus necesidades, ni el estado ruinoso del solar que
tanto se deseaba transformar.
La
corporación escuchó el oficio y tomó una decisión que revela tanto la urgencia
como la carga de trabajo que pesaba sobre la secretaría municipal: la solicitud
se redactaría cuando calmaran “algún
tanto” los trabajos de secretaría, que en ese momento eran “tan crecidos
como laboriosos y complicados”.
No
era una excusa. Era la constatación de una realidad: el Ayuntamiento trabajaba
al límite, pero aun así no renunciaba a su objetivo.
La
solicitud debía ser redactada “por las mismas manos que sirvieron para
fundamentar el citado expediente”, una frase que encierra confianza y
continuidad. Quien había defendido el proyecto hasta entonces debía ser quien
lo llevara, con precisión y convicción, ante el Ministerio de Hacienda.
El
acuerdo final del cabildo lo dice con una mezcla de esperanza y determinación:
la instancia, una vez vista y aprobada por el Ayuntamiento, se enviaría al
Gobernador para que la elevara al Ministerio, con el fin de conseguir una cesión que “viene siendo hace
ya tiempo objeto del más vivo deseo” de la corporación municipal.
Después
del 4 de noviembre de 1866, la
historia de la plaza de abastos quedó suspendida en un silencio largo, casi
inquietante. Los acuerdos, las mociones, los dictámenes y las reclamaciones al
Estado se detuvieron como si la villa hubiera quedado atrapada en una pausa
administrativa. Durante años, nada se oyó en los cabildos sobre aquel proyecto
que había movilizado a arquitectos, síndicos y gobernadores. La plaza de abastos,
tan discutida, tan deseada, desapareció de las actas.
Ese
silencio se prolongó hasta el 9 de
octubre de 1887, cuando, en un cabildo ordinario, el presidente ordenó
al secretario leer un “expuesto sobre la plaza de abastos”. Aquella lectura
rompió de golpe dos décadas de quietud. No era un expediente, ni una reclamación,
ni un dictamen técnico. Era, simplemente, una exposición que defendía el sitio en donde está ubicada actualmente.
No
había ya debates sobre el antiguo convento-hospital. No había menciones al
solar detrás del Ayuntamiento. No había discusiones sobre la Plaza de Oriente
ni sobre terrenos baldíos.
Solo
una afirmación escueta, casi seca, pero definitiva: la plaza debía estar donde
finalmente se ubicó.
El
antiguo convento‑hospital de San Juan
de Dios ya no conserva su fisonomía original ni su función histórica:
el espacio que ocupó se integra hoy en la trama de la calle San Juan de Dios
como un lugar sin identidad arquitectónica propia, sin claustro, sin muros
reconocibles, sin el cordón franciscano que antaño marcaba su entrada. Lo que
fue convento, hospital, establo y proyecto frustrado de plaza de abastos es
ahora un punto más del tejido urbano, un vacío lleno de memoria pero sin
presencia monumental, donde solo el recuerdo —y los documentos— permiten
reconstruir la historia de un edificio que desapareció sin dejar cuerpo, pero
no sin dejar huella.
La
historia de la Plaza de Abastos de Villamartín es, en el fondo, la historia de
una aspiración colectiva: la de dotar a la villa de un espacio digno,
higiénico, moderno, capaz de ordenar el pulso cotidiano de la alimentación y la
vida pública. Durante casi treinta años, el Ayuntamiento persiguió ese objetivo
con una tenacidad admirable, moviéndose entre solares, dictámenes, arquitectos,
expedientes y reclamaciones al Estado. Pero el tiempo, siempre más lento que la
voluntad, terminó escribiendo un desenlace distinto al que soñaron aquellos
cabildos del siglo XIX.
La
plaza que finalmente se levantó —tras renuncias, rectificaciones y silencios
administrativos— llegó a ser durante décadas un punto de referencia para el
vecindario. Un lugar donde el bullicio de los puestos, el olor de la fruta
fresca, el eco de las voces y el trasiego de compradores componían una escena
que parecía destinada a durar para siempre.
Sin
embargo, la historia urbana nunca es estática. Las costumbres cambian, los
comercios se desplazan, las necesidades se transforman. Y aquella plaza, tan
deseada, tan peleada, tan defendida en los documentos municipales, fue
perdiendo su función original.
Hoy,
la Plaza de Abastos ya no es plaza de abastos. El edificio permanece, pero su
propósito se ha ido desvaneciendo con los años. De todo aquel proyecto que
movilizó a síndicos, arquitectos y gobernadores, solo queda un eco mínimo: una pescadería, la última
superviviente de un pasado que fue mucho más amplio y vibrante.
El
resto es silencio. Silencio de puestos que ya no están, de mercancías que
dejaron de llegar, de voces que se apagaron. Silencio de un edificio que, como
el antiguo convento-hospital que casi llegó a albergarla, ha cambiado de piel
sin cambiar de lugar.
Y,
sin embargo, ese silencio no es vacío: es memoria. Memoria de una villa que
luchó por modernizarse. Memoria de un Ayuntamiento que quiso ordenar su vida
urbana. Memoria de un proyecto que, aunque hoy reducido a una sola pescadería,
sigue siendo testimonio de la voluntad de progreso de Villamartín.
La
Plaza de Abastos ya no abastece. Pero sigue contando una historia. Una historia
que empieza en 1859, atraviesa décadas de insistencia y termina, discretamente,
en el presente. Una historia que, como tantas en Villamartín, permanece en los
edificios aunque haya cambiado en las costumbres.
Fuentes
consultadas:
Archivos Municipales de
Villamartín
(Actas Capitulares de los años:
1859, 1860, 1861, 1865, 1866 y 1887).

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