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04 abril 2026

Historia Nº 41 El corazón secreto donde Villamartín juró su historia

 

La Iglesia de San Francisco

El corazón secreto donde Villamartín juró su historia

 

          Villamartín guarda silencios que pesan más que las palabras. En la confluencia de la calle San Francisco y la calle Encrucijadas, donde hoy pasan coches y conversaciones distraídas, se alza un templo que ha visto juramentos, devociones, restauraciones y siglos enteros de vida: la Iglesia de San Francisco, heredera directa de la antigua ermita de la Santa Veracruz.

          Su origen se hunde en el siglo XVI, cuando sobre aquella humilde ermita se levantó un templo que aún hoy conserva la huella de su primera vocación. Los documentos históricos lo dicen con claridad: “La iglesia fue construida en el siglo XVI sobre la ermita de la Santa Veracruz, a quien fue consagrada”. Desde entonces, su presencia ha sido un faro espiritual y, en momentos clave, también político. No es un detalle menor que aquí se jurara la Constitución de 1812, un gesto que convirtió a este espacio sagrado en escenario de la historia nacional.

          Entrar en San Francisco es sentir cómo la luz se posa sobre la bóveda de medio punto, donde los arcos formeros lucen una policromía que sorprende por su viveza. En uno de ellos, una frase parece hablar directamente al visitante: “ESTA ES LA CASA DEL SEÑOR”. No es solo una inscripción; es una declaración de identidad.

          El coro, protegido por un muro de madera labrada, conserva la intimidad de un tiempo en que el culto exigía recogimiento. Al fondo, el presbiterio se abre bajo una cúpula gallonada decorada con motivos florales, coronada por un pequeño cupulín que parece sostener el cielo.

          Presidiendo el templo, un retablo neoclásico costeado por Fernando VII en 1828 —según reza la lápida— acoge al Santo Cristo de la Veracruz, una imagen que se remonta al final del siglo XVI o comienzos del XVII. A ambos lados, San Rafael Arcángel y San Juan de Dios, procedentes de antiguos hospitales, completan una escena que mezcla solemnidad y memoria. 

          La iglesia es un pequeño museo vivo. A la derecha, un retablo neoclásico oscuro y dorado guarda un óleo de las Ánimas Benditas del Purgatorio. Cerca, la hornacina de Nuestra Señora de la Soledad recuerda la devoción popular que ha acompañado a generaciones.

          La capilla del Sagrario, hoy en proceso de recuperación de su imagen titular, muestra un conjunto heterogéneo y fascinante: un lienzo de San José María Escrivá, otro de la Coronación de la Virgen, un grabado decimonónico de la Virgen de las Montañas y un crucifijo del siglo XVI que sobrevive como un testigo silencioso del tiempo.

          Los documentos históricos lo señalan con precisión cuando menciona que en la capilla del Sagrario “deberíamos encontrar una imagen policromada del Titular… que ya no está porque se está restaurando”. Ese “deberíamos” es casi un diagnóstico urbano: deberíamos cuidar más, deberíamos planificar mejor, deberíamos entender que la identidad no se improvisa.

          A la izquierda, la Virgen de la Candelaria y la talla de Jesús de la Humildad y Paciencia, del siglo XVII, preparan al visitante para uno de los tesoros del templo: el retablo de San Antonio. Tallado en madera oscura y dorada, de forma triangular, alberga una imagen de San Antonio de Padua con ropajes estofados y un Niño de vestir que descansa sobre el libro que lo distingue como Doctor de la Iglesia. A su alrededor, la Virgen del Carmen coronada y San José con el Niño completan la escena.

        Cada pieza es un recordatorio de que el patrimonio no es un museo muerto, sino un organismo que respira. Y sin embargo, la realidad es tozuda: la imagen titular de San Francisco está en restauración, algunas piezas han desaparecido temporalmente, y la conservación depende más de la voluntad de unos pocos que de una estrategia municipal sólida.

          La Iglesia de San Francisco no es solo un edificio antiguo: es un organismo vivo. Ha sido ermita, refugio espiritual, escenario histórico y guardiana de un patrimonio artístico que Villamartín ha sabido conservar con celo. Cada restauración, cada imagen recuperada, cada misa celebrada mantiene encendida la llama de un lugar que ha acompañado a la ciudad durante más de cuatro siglos.

         En tiempos donde lo efímero domina, San Francisco permanece. Y en su silencio, sigue recordándonos que la historia no solo se escribe: también se habita.