La
Iglesia de San Francisco
El
corazón secreto donde Villamartín juró su historia
Villamartín
guarda silencios que pesan más que las palabras. En la confluencia de la calle
San Francisco y la calle Encrucijadas, donde hoy pasan coches y conversaciones
distraídas, se alza un templo que ha visto juramentos, devociones, restauraciones
y siglos enteros de vida: la Iglesia de
San Francisco, heredera directa de la antigua ermita de la Santa
Veracruz.
Su
origen se hunde en el siglo XVI, cuando sobre aquella humilde ermita se levantó
un templo que aún hoy conserva la huella de su primera vocación. Los documentos
históricos lo dicen con claridad: “La iglesia fue construida en el siglo XVI
sobre la ermita de la Santa Veracruz, a quien fue consagrada”. Desde
entonces, su presencia ha sido un faro espiritual y, en momentos clave, también
político. No es un detalle menor que aquí
se jurara la Constitución de 1812, un gesto que convirtió a este espacio
sagrado en escenario de la historia nacional.
Entrar
en San Francisco es sentir cómo la luz se posa sobre la bóveda de medio punto,
donde los arcos formeros lucen una policromía que sorprende por su viveza. En
uno de ellos, una frase parece hablar directamente al visitante: “ESTA ES LA
CASA DEL SEÑOR”. No es solo una inscripción; es una declaración de
identidad.
El
coro, protegido por un muro de madera labrada, conserva la intimidad de un
tiempo en que el culto exigía recogimiento. Al fondo, el presbiterio se abre
bajo una cúpula gallonada decorada con motivos florales, coronada por un
pequeño cupulín que parece sostener el cielo.
Presidiendo el templo, un retablo neoclásico costeado por Fernando VII en 1828 —según reza la lápida— acoge al Santo Cristo de la Veracruz, una imagen que se remonta al final del siglo XVI o comienzos del XVII. A ambos lados, San Rafael Arcángel y San Juan de Dios, procedentes de antiguos hospitales, completan una escena que mezcla solemnidad y memoria.
La
iglesia es un pequeño museo vivo. A la derecha, un retablo neoclásico oscuro y
dorado guarda un óleo de las Ánimas Benditas del Purgatorio. Cerca, la
hornacina de Nuestra Señora de la Soledad recuerda la devoción popular que ha
acompañado a generaciones.
La
capilla del Sagrario, hoy en proceso de recuperación de su imagen titular,
muestra un conjunto heterogéneo y fascinante: un lienzo de San José María
Escrivá, otro de la Coronación de la Virgen, un grabado decimonónico de la
Virgen de las Montañas y un crucifijo del siglo XVI que sobrevive como un
testigo silencioso del tiempo.
Los
documentos históricos lo señalan con precisión cuando menciona que en la
capilla del Sagrario “deberíamos encontrar una imagen policromada del
Titular… que ya no está porque se está restaurando”. Ese “deberíamos” es
casi un diagnóstico urbano: deberíamos cuidar más, deberíamos planificar mejor,
deberíamos entender que la identidad no se improvisa.
A
la izquierda, la Virgen de la Candelaria y la talla de Jesús de la Humildad y Paciencia, del siglo XVII, preparan al
visitante para uno de los tesoros del templo: el retablo de San Antonio. Tallado en madera oscura y dorada, de
forma triangular, alberga una imagen de San Antonio de Padua con ropajes
estofados y un Niño de vestir que descansa sobre el libro que lo distingue como
Doctor de la Iglesia. A su alrededor, la Virgen del Carmen coronada y San José
con el Niño completan la escena.
Cada
pieza es un recordatorio de que el patrimonio no es un museo muerto, sino un
organismo que respira. Y sin embargo, la realidad es tozuda: la imagen titular
de San Francisco está en restauración, algunas piezas han desaparecido
temporalmente, y la conservación depende más de la voluntad de unos pocos que
de una estrategia municipal sólida.
La
Iglesia de San Francisco no es solo un edificio antiguo: es un organismo vivo.
Ha sido ermita, refugio espiritual, escenario histórico y guardiana de un
patrimonio artístico que Villamartín ha sabido conservar con celo. Cada
restauración, cada imagen recuperada, cada misa celebrada mantiene encendida la
llama de un lugar que ha acompañado a la ciudad durante más de cuatro siglos.
En
tiempos donde lo efímero domina, San Francisco permanece. Y en su silencio,
sigue recordándonos que la historia no solo se escribe: también se habita.

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